Relatos Salvajes


Al mejor estilo de la última película de Damián Zsifrón, en esta entrega voy a deleitarlos con tres historias cortas que no tienen nada en común más que sucedieron en mi última aventura laboral. ¿De qué se trata? Estoy trabajando en el depósito de Smiths City (una especie de Garbarino kiwi), cargando el camión y haciendo el reparto a domicilio de las boludeces los artículos que compra la gente. Obviamente yo no conduzco, sólo cargo, descargo y hago el contacto telefónico con los clientes. Ese es el contexto en el que se desarrollan estos relatos.

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El warehouse (depósito), lugar de donde provienen tantas historias

Heladera

Me mandaron a buscar una heladera gigante, como de 500 litros. La cargué como pude en el carrito y empecé a desandar el camino hacia el camión. La ruta estaba llena de obstáculos en forma de cajas y otros muebles, así que me las arreglaba como podía para maniobrar con cuidado porque el tamaño bestial de esa cosa no me permitía ver casi nada.

La venía llevando bastante bien, podía divisar la línea de llegada cuando… ¡crack! Se la di a una mesa, que no debía estar ahí según me dijeron, pero se la di. A la heladera le quedó un pequeño rayón en la parte inferior de adelante, con lo cual tras un sesudo análisis mi compañero dijo que había que buscar otra porque no se podía entregar así.

Hasta ahí buena onda y parecía que quedaba ahí. Pero de la nada apareció el jefe Lino con cara de pocos amigos y le dijo a mi compañero:

—A partir de ahora cargá vos las heladeras —se giró para mirarme a mí—. Nos acabás de costar 2500 dólares y es un gasto que no nos podemos permitir.

Algunas dudas pendientes: ¿Un pequeño rayón y la heladera ya no sirve más? ¿La empresa factura millones pero no se puede permitir un gasto de 2500 dólares? ¿Cuánto tardó algún empleado vigilante en ir a botonearme con el jefe? ¿Menos de cinco minutos?

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El famoso camión

Sillón

Cargamos dos sillones pesadísimos (uno de tres cuerpos y otro de dos), a lo largo de una entrada de autos muy larga y a través de una puerta estrechísima, por la cual tuvimos que maniobrar un montón para que pase dejándome los brazos a la miseria.

Cuando finalmente logramos depositar los dos sillones en el living y estábamos listos para irnos la señora dueña de casa se los quedó mirando un rato antes de firmar el recibo y dijo:

—Me parece que ese no tiene el color correcto.

“Ese” era el sillón más grande y más pesado, por supuesto. Mi compañero, Anton, trató de explicarle que sí, que era el mismo color que el de dos cuerpos, pero no hubo caso.

—Es por las sombras de la casa que se ve distinto —le dijo Anton en un intento desesperado porque firmara y pudiéramos irnos.

La idea hizo dudar a la señora, quien amablemente nos pidió que moviéramos el sillón nuevamente afuera para que pudiera observarlo bien a la luz del sol.

Con lágrimas en los ojos, levanté como pude esa mole de cuero rojo y lo llevamos afuera, pero como si lo depositábamos en el suelo las sombras de la casa lo cubrían tuvimos que mantenerlo alzado para que le diera el sol y la clienta pudiera decidir si lo quería o no.

Aproximadamente un minuto después se decidió. No lo quiso y lo tuvimos que volver a cargar al camión.

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Listo para descargar…

Estantería

Con Johnny, mi nuevo compañero rumano, teníamos que entregar como diez muebles en una casa, uno más grande y pesado que el otro. Estanterías varias, camas, mesas, de todo. Cuando llegamos, la buena noticia fue que la entrada era bastante amplia, con lo cual parecía cosa de descargar, apilar todo ahí nomás en el living de la dueña e irnos.

Pero tan solo bajar el primer mueble oímos una vocecita detrás de la mujer:

—Mamá —dijo una nena que no tendría más de doce años—, ese va a arriba.

“Arriba” era un primer piso al que se llegaba subiendo una escalera empinadísima y muy estrecha. Pero como la nena tenía todo el aspecto de mandar obedecimos fielmente esa y las dos o tres veces más que nos hizo cargar sus muebles al primer piso.

Pero eso no fue todo, después de cargar una cama gigante que era para su habitación y cuando ya nos íbamos la escuchamos otra vez:

—¡Mamá, esa no es la cama que compraste!

No, no era la cama que compró. Era una mucho más chica y si se hubiera callado la boca tendría una más grande por el mismo precio. Pero no se calló y tuvimos que arrastrar otra vez el somier pesadísimo de vuelta al camión.

Despues de unos 45 minutos de cargar, descargar y mover muebles enormes, y cuando ya nos estábamos yendo de la casa escuchamos atrás:

—Mamá, ¿para qué compraste tantos muebles?

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