Los últimos kilómetros


Nuestra llegada a la isla norte de Nueva Zelanda no tuvo mucho glamour. Fue a las doce de la noche, después de tres horas interminables de ferry, a una Wellington en pleno sábado por la noche con sus calles llenas de pibes borrachos y gritones. O al menos todo lo llenas que puede permitirse este país.

Así que después de dormir algunas horas en un hostel de la ciudad al otro día abandonamos la capital, previo paso por Weta Cave, un famoso estudio de utilería para cine con una especie de mini museo nerd lleno de cosas del Señor de los Anillos y otras películas menos taquilleras.

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Con el amigo Lurtz en Weta Cave

El destino inmediato era el Parque Nacional Tongariro, donde se encuentra según muchas guías de viaje la mejor caminata de un día de Nueva Zelanda, la Tongariro Alpine Crossing. Se trata de un recorrido de 20 kilómetros a través de un valle y un volcán, muy conocido porque fue la locación que usaron en El Señor de los Anillos para ambientar Mordor (si no cazan una de las películas, es donde viven los malos).

La verdad es que pese a que conocimos mucha gente que lo había hecho y que nos decía que no era la gran cosa, fue matador. Habrá sido por la interminable subida del principio, o la cuasi escalada que nos llevó a través de un estrecho sendero hacia arriba con un viento huracanado y una niebla que no nos dejaba ver más allá de nuestras narices, o el frondoso sendero del bosque al final que no terminaba nunca, pero la cosa es que nos aniquiló.

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Valió la pena por la satisfacción moral de terminar tan arduo recorrido, por los lagos verdes que se ven arriba entre las montañas y por el volcán humeante que nunca habíamos presenciado, pero la realidad es que esperábamos algo más. Quizás después de recorrer a fondo la isla sur nuestra capacidad de sorpresa quedó disminuida.

Desde allí seguimos viaje al día siguiente hacia Rotorua, donde entramos al parque geotermal Wai-O-Tapu, un lugar que no está mal pero cuyo precio de entrada excesivo lo convierte rápidamente en prescindible. Básicamente se ven pequeñas lagunas de colores, de acuerdo al mineral que albergan en su interior. Y al final del recorrido hacen estallar un géiser natural por métodos artificiales, para que te asegures de verlo con lo que pagaste.

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La siguiente parada fue Auckland, pero sólo para devolver justo a tiempo el auto que habíamos conseguido para relocación y retirar una van que alquilamos para los últimos días en Nueva Zelanda. Fue la opción más económica y más redituable para poder completar el recorrido que teníamos planeado con la menor erogación de divisas posibles.

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Relajando en la van

Tras una noche en la ciudad más grande del país continuamos hacia el norte, entrando en la región de Northland (se mataron con la imaginación), una zona semi tropical llena de playas, bosques, montañas no tan altas y praderas.

Como se alteraron los planes originales del viaje por razones mundialmente conocidas, dispusimos de más días de los que teníamos en mente al principio para recorrer esa parte, por lo que pudimos hacerla más tranquilos y visitando mayor cantidad de lugares.

De esta manera pasamos por Whangarei, la ciudad más grande de Northland (unos cien mil habitantes), donde nuestra segunda noche en la van fue un fiasco ya que tras unos minutos de empezar a cocinar fideos el anafe se quedó sin gas (no teníamos repuesto, claro) y después al ver una película en la tablet el aparato se quedó sin batería y no pudimos ver el final. Por lo demás, muy lindo lugar.

Siguiendo hacia arriba en el mapa pasamos por la calma y paradisíaca playa de Matapouri (lástima que el clima no acompañó para poder meternos al agua), el pequeño pueblo de Russell (que increíblemente fue capital de Nueva Zelanda por un año, durante 1840), y nos desviamos un poco para contemplar las extensas playas de dunas blancas de la Península de Karikari.

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Desde allí avanzamos todavía más al norte para hacer una parada en las dunas gigantes de Te Paki, un lugar que vale la pena con verdaderas montañas de arena. Allí alquilamos unas tablas para deslizarnos panza abajo por las inclinadas laderas, lo cual fue muy divertido mientras tuvimos energía para subir esas cuestas y aguantar el fuerte viento que soplaba.

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El punto más al norte de Nueva Zelanda que alcanzamos fue Cape Reinga, el cual no tiene mucho para ver más que la unión del mar de Tasmania y el océano Pacífico, un faro y, en un día soleado (cosa que no tuvimos), un bello atardecer, según dicen. Contrariamente a lo que muchos creen, el punto más al norte del país no es Cape Reinga, sino un lugar llamado Surville Cliffs, el cual está 4 kilómetros más arriba en el mapa y es mucho menos accesible.

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Cumplida la misión de recorrer Nueva Zelanda de punta a punta emprendimos el descenso, yendo hacia al sur paralelamente a una extensa zona de playas denominada Ninety Mile Beach (playa de las noventa millas), la cual en realidad sólo tiene 64 millas. Y en este punto quiero destacar la inevitable tentación neozelandesa de exagerar, dándole un aire a todo de ser lo ¨más¨, lo ¨mejor¨o lo ¨extremo¨. Tienen un lindo país, es cierto, pero no me parece que sea nada que no se pueda ver en otras partes del mundo.

En fin, el recorrido de regreso no fue muy interesante, porque ya no teníamos mucho para ver y estábamos algo cansados, con lo cual quizás lo único destacable fue las hamburguesas que cocinamos en un parking del pueblito de Dargaville una noche, donde no había camping y no estábamos dispuestos a pagar un hostel.

Finalmente, la última parada del road trip fue Auckland, donde pasamos los últimos dos días en Nueva Zelanda para hacer trámites, devolver la van, asearnos un poco, disfrutar de nuestras últimas comidas occidentales por un tiempo y cargar pilas para lo que viene. Y qué viene? No se pierda el próximo capítulo de Flojos de Mochila…

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