Japón, un país bielsista


A mediados de 2010 Marcelo Bielsa sonó como candidato para dirigir a la selección de fútbol de Japón tras el mundial de Sudáfrica. Según consta en una de sus biografías, al Loco le atraía la idea pero veía como un gran impedimento para desarrollar su tarea la barrera idiomática. Fue una lástima, porque se podrían haber alcanzado importantes logros, ya que después de haber estado en Tokio caí en la cuenta de que el entrenador rosarino y los japoneses tienen muchas cosas en común: la honestidad, la educación, la responsabilidad, la obsesión por el trabajo, la organización y el bajo perfil, entre otras.

Nos dimos cuenta de que Japón era otra cosa nada más bajar del avión: el oficial de migraciones sonreía, decía por favor y en mi caso hasta hablaba español! No había largas colas de espera ni nadie corría para adelantarse unos metros en la fila. En pocos minutos ya estábamos listos para dejar el aeropuerto y un amable vendedor de billetes de subte nos explicó unas tres veces sin perder la paciencia cómo hacer para tomar las combinaciones necesarias hasta la zona de nuestro hotel.

Cuando nuestro tren llegó casi nos largamos a llorar. En China era regla que la gente se abalanzara sobre el vagón sin esperar a que nadie baje, creando así un pandemonium de empujones entre los que querían salir y los que querían entrar. Pero en Japón los que estaban en el andén aguardaron tranquilamente hasta que el último pasajero abandonó el tren y recién ahí comenzaron a subir. Por supuesto que sin correr, pidiendo permiso y dándonos paso.

Tokio

La Torre Tokio, casi igual a la Eiffel

La habitación que teníamos reservada en el hostel era para doce personas, pero estaba tan bien diseñada y aprovechado el espacio que todos tenían lugar para su equipaje y un poco de privacidad, porque cada cama estaba equipada con cortinas individuales. El baño era otra maravilla de Japón, ya que el inodoro tenía unos botones para calentar la silla y activar y controlar la presión de agua del bidet, incorporado en el mismo artefacto. Esto nos hizo acordar inmediatamente al capítulo de Los Simpson en que viajan a Tokio, donde Homero queda fascinado con la tecnología del inodoro. En el mismo episodio a su vez hacen referencia a la dureza de los concursos televisivos, algo que también es real ya que en el hostel durante el desayuno ponían un canal donde vimos a unos japoneses pasar de una pileta de agua helada a otra hirviendo y viceversa, y deslizarse por un tobogán a un estanque con cocodrilos, entre otras cosas bizarras.

A medida que empezamos a recorrer la ciudad nos seguimos sorprendiendo a cada paso. En todos los negocios los vendedores te saludan al entrar, pero no en plan de venderte algo, sino por puro respeto. Una vez adentro no te molestan para nada y cuando te acercás a la caja a pagar siempre te atienden con una sonrisa y van relatando cuánto sale cada cosa, cuánto dinero les das y cuánto es el vuelto. Obviamente que esto en japonés, de lo cual no entendíamos una goma, pero ellos tienen por costumbre hacerlo igual.

Intentando hacerme pasar por ponja

Salvo raras ocasiones, los subtes que tomamos tenían siempre asientos disponibles y nunca fuimos abarrotados, ni siquiera en horas pico en los distritos más comerciales. La frecuencia de trenes es tan alta que nunca se producen aglomeraciones de gente en las estaciones. En la calle pasa lo mismo, ya que pocas veces se ven embotellamientos de vehículos. Sí hay muchas personas en determinados lugares (especialmente los distritos de compras), donde se camina en fila india a ritmo cansino, pero increíblemente nos alejábamos apenas dos cuadras y nos encontrábamos completamente solos con la calle desierta. No exagero, a pesar de ser una metrópoli de 18 millones de habitantes, Tokio tiene infinidad de lugares donde no hay nadie y tenés la ciudad a tu disposición. En algunos momentos nos llegamos a sentir como en la película Soy Leyenda (la que Will Smith se queda solo con los zombis), en medio de una desolación y un silencio absolutos.

No es un pueblo del interior, es una de las cinco ciudades más grandes del mundo!

La ciudad es completamente segura a toda hora aunque casi no se ven policías ni cámaras (en contraste con Singapur), y una prueba de ello son las máquinas expendedoras de bebidas no alcohólicas que hay en casi todas las calles sobre la vereda, las cuales no tienen ni un rasguño a pesar de que algunas se encuentran en lugares bastante oscuros. Ya hemos visto estos niveles de seguridad antes, en Nueva Zelanda por ejemplo, pero en ese caso a consecuencia de un aburrimiento hartante. Tokio, en cambio, es tan animada y con vida como Buenos Aires.

Peleando con las máquinas de bebida en la calle

Encima de todo esto, los japoneses nunca gritan ni levantan la voz, y si estás en un lugar concurrido apenas se percibe un apasible murmullo de voces que suena casi como una melodía. Tampoco se te quedan mirando raro por ser occidental como hacen en el resto de Asia y aunque no hablan mucho inglés se esfuerzan en ayudarte con indicaciones simples y concisas. Definitivamente deberían ser ellos y no los yankis (mucho menos los chinos!) los que dominen el mundo.

Estación central de la ciudad

Pasando a nuestra recorrida, los días en Tokio incluyeron visitas a un montón de lugares interesantes, empezando por el distrito geek por excelencia, Akihabara, y desde ahora mi barrio favorito en el mundo. Por todos lados únicamente se ven negocios que venden la tecnología que puedas imaginar, desde versiones exclusivas de la Play Station 4 que sólo se ofrecen en Japón hasta la viejísima Family Game, pasando por computadoras, tablets, celulares, cámaras y un montón de artilugios que ni siquiera pudimos llegar a imaginar qué eran. Todo original y a muy buen precio.

Akihabara

Además de centro tecnológico, Akihabara es la meca de los fanáticos del manga y el anime (comics y dibujos animados japoneses respectivamente), ya que cuenta con edificios enteros dedicados a la venta de todo tipo de estas historietas, series, películas, música, coleccionables, videojuegos y cualquier merchandising imaginable por los fanáticos del mundo. Si no fuera por el idioma, no me hubieran alcanzado los días en Tokio para recorrer esta zona a gusto, pero aun así le dí un buen vistazo.

Otro distrito interesante que conocimos fue Odaiba, en una pequeña isla artificial enfrente de Tokio, lleno de veredas y pasarelas sobre el nivel de la calle, escaleras mecánicas al aire libre y edificios modernos que le dan a todo el lugar un aire futurista. Nos llamó particularmente la atención la réplica de la Estatua de la Libertad (aunque un poco más pequeña), el puente Rainbow que se ilumina de noche con energía solar acumulada durante el dia y el robot a escala 1:1 de Gundam, héroe animado de más de quince metros de altura que era muy popular en nuestra infancia.

Luces navideñas y el puente Rainbow de fondo

Gundam tamaño real

En Odaiba también conocimos el Museo Nacional de Ciencias Emergentes e Innovación, que tiene un piso donde se ven cosas que uno sólo puede imaginar o a lo sumo ver en alguna película. Había un robot tipo androide con forma humana, que reproducía gestos y hablaba con la gente, y también una serie de dispositivos hápticos que te permitían sentir cosas con el tacto que en realidad no estabas tocando. Por ejemplo, había un sector donde cada uno de nosotros agarró un vaso de plástico conectados entre ellos por un cable. Uno estaba lleno de bolitas y el otro vacío. Mientras Ro sacudía el que tenía las bolitas yo sentía en el otro como si las bolitas estuvieran en el que estaba sosteniendo. Una locura.

Las calles futuristas de Odaiba

Shibuya fue otra zona que nos gustó mucho, con sus enormes locales con brillantes carteles de neón y el Cruce de Shibuya, una esquina donde confluyen tres calles muy anchas que en determinado momento tienen el semáforo en rojo al mismo tiempo, habilitando el paso de los peatones desde todos los extremos y creando el cruce peatonal más concurrido del mundo. Además está la estatua de Hachiko, un perro que es leyenda en Japón tras esperar a su dueño más de nueve años en la misma estación de trenes, después de que un día el hombre se fuera y no volviera al atardecer como hacía siempre. El amo, claro, había muerto, pero el perrito nunca se enteró y lo esperó siempre fiel en la estación.

Cruce de Shibuya

Hachiko

Shibuya

Una noche fuimos con Ro al karaoke, ya que gracias a mi gusto por los mangas y el anime cuando era chico sabía que estos lugares en Japón son privados, con lo cual disponés de una sala sólo para vos y las personas que quieras, donde además de cantar se puede pedir comida y bebidas. Así que pasamos una hora muy divertida entonando a todo pulmón las canciones en inglés que tenía el karaoke en su repertorio y hasta algunos clásicos latinos.

Ensayando para Cantando por un Sueño

Lo único que nos decepcionó un poco de Tokio fue la fiesta de año nuevo, o mejor dicho la no-fiesta. Nosotros pensábamos que íbamos a ver fuegos artificiales de ciencia ficción, con dragones voladores y cosas por el estilo pero no, nada, ni un triste chasquibum. Nos enteramos de que para los japoneses el cambio de año es un momento muy espiritual e íntimo, por lo que prefieren ir a los templos (y lo hacen masivamente), a pedir salud y prosperidad y a comprar una especie de horóscopo de validez anual que es tradicional. Así que el 31 a las doce de la noche nos encontró en un templo a reventar de gente mirando hacia la cercana Torre Tokio, curiosa construcción igual a la Torre Eiffel pero roja y blanca, con la esperanza vana de que hubiera algún espectáculo de luces o al menos una cuenta regresiva. Hasta nos aprendimos cómo contar en japonés!

Las únicas luces que vimos en año nuevo

Al día siguiente los japoneses llenaban los templos en busca de su horoscopo anual

En contrapartida, por viajar en esa fecha vivimos dos cosas muy particulares que ni siquiera muchos japoneses pueden experimentar. El primero de enero vimos nevar en Tokio, algo que no es habitual y sucede cada cuatro o cinco años, y el día 2 vimos en vivo y en directo al mismísimo Emperador de Japón, que sólo sale a saludar desde el balcón del Palacio Imperial dos días al año (el otro es su cumpleaños). Por supuesto que estaba llenísimo de gente y tardamos un rato en llegar, pero siempre con las constantes japonesas del orden y el respeto, con lo que nada de empujones, gritos ni colados. El Emperador apareció en el balcón a la hora estipulada, momento en que todos los presentes desplegaron pequeñas banderas japonesas, demostrando su respeto hacia esta importante figura política, tal cual como también se muestra en Los Simpson, donde Homero va preso por atacar al principal líder del país en un torneo de sumo.

Esperando al Emperador

Nuestro paso por la capital nipona nos dejó varias cosas más: visitamos el jardín Koishikawa Korakuen, que aunque se veía muy pintoresco no tenía ni una flor ya que estábamos en pleno invierno; nos tuvimos que colar dos veces en el subte por no entender bien cómo se hacían los cambios de línea; y caminamos por el barrio tradicional de Yanesen, donde a diferencia de lo que creíamos no vimos samurais ni paredes de papel como en Los Simpson, sino apenas una zona más tranquila y residencial que el resto de la ciudad. Es que los turistas tendemos siempre a asociar ¨lo local¨ con lo histórico, olvidándonos de que Japón también está en el siglo XXI y una casa de ladrillos y puerta de madera no representa menos la cultura local que un dojo ninja. Sería como pensar que en Argentina lo único que identifica a la sociedad son los gauchos y los que que bailan tango en La Boca.

Koishikawa Korakuen

En fin, por si a esta altura no quedó claro, nos gustó Tokio, cumplió todas nuestras expectativas y se lleva el Flojos de Mochila de Oro en este viaje. No pensábamos volver a Asia, pero la realidad es que no pudimos ver los cerezos florecidos, ni el interesante Museo de la Publicidad, ni asistir a una pelea de sumo, ni comer en el restaurante argentino de la zona de Roppongi, ni ver el Centro Panasonic que estaba de vacaciones, y hay muchas otras ciudades interesantes que conocer en el país. Así que por si acaso, sólo por si acaso, miraremos de reojo alguna oferta de vuelos que pudiera surgir. Japón siempre estuvo cerca.

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4 comentarios en “Japón, un país bielsista

  1. Ana Inés dijo:

    Aguante Japon chicos!!! Se nota que les gusto mucho porque lo han vendido muy bien… dan ganas de pegarse una vuelta! Feliz año!

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