Vacaciones de las vacaciones


Viajar, aunque sea por placer, cansa. No voy a ser tan caradura de decir que es lo mismo que trabajar, pero después de dos meses y medio yendo y viniendo sin lugar fijo por más de una semana necesitábamos un descanso antes de llegar a Australia y volver al circuito laboral. Además, salía la misma plata volar directo desde Tokio a Melbourne que hacerlo en escalas y quedarse una semana en Indonesia haciendo nada. Justo Indonesia, nuestro país preferido…

Las razones para elegir este país y no otro para la semana bonus track del viaje fueron las de siempre: es barato y es el más cercano a Oceanía. Además le teníamos algo de fe a Lombok, una isla al sur de Bali de la que habíamos escuchado que era más tranquila y tenía lindas playas. Lo primero resultó ser cierto, aunque sólo por la considerable menor cantidad de población, y lo segundo fue muy relativo. Pero vamos por partes.

Llegar de Tokio a Lombok fue un verdadero rally. Salimos un lunes a las ocho de la mañana y llegamos el martes al mediodía, tomando cuatro vuelos distintos y haciendo escala en Bangkok, Singapur y Denpasar. En total fueron treinta horas de traslado de las que únicamente pude dormir una, ya que descansar en aviones no es mi fuerte. Como dato de color, el último vuelo era un pequeño avión a hélice, pero contra todo pronóstico fue el mejor de todos, ya que hizo un despegue y aterrizaje armoniosos y no se movió casi nada mientras estábamos en el aire.

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Los aviones a hélice todavía existen

El aeropuerto de Lombok nos recibió con todas las delicias que no extrañábamos de Indonesia: caranchos por doquier cruzándose en nuestro camino y preguntando insistentemente a dónde íbamos, ofreciéndonos alojamiento, transporte y qué sé yo cuántas cosas más. Como siempre, caminamos con la mirada al frente sin detenernos en busca del único colectivo público que sabíamos que salía del aeropuerto y llegaba hasta Senggigi, el pueblo donde teníamos reservado hotel. Milagrosamente lo encontramos rápido y fácil, costaba lo que esperábamos y salió enseguida. La alegría no era sólo brasileña.

Desgraciadamente la buena racha no iba a durar mucho. Cuando llegamos a lo que parecía ser una calle principal del pequeño Senggigi, el último pasajero indonesio del colectivo se bajó y el chofer se detuvo. Aún quedábamos cuatro turistas arriba. Los otros dos eran una pareja de gente más grande con los que tuvo una discusión porque quería venderles una excursión para llevarlos a las islas Gili y el matrimonio no quería saber nada. Cuando el colectivero desistió con ellos nos encaró a nosotros y nos ofreció llevarnos en el colectivo hasta nuestro hotel, distante a poco más de mil metros, por 35 mil rupias extras (lo mismo que habíamos pagado por llegar del aeropuerto hasta el pueblo que estaba a cincuenta kilómetros). A ver si se entiende, el chofer del colectivo público había decidido cancelar su recorrido y cobrarnos a cambio dos pasajes más directos a su bolsillo para ¨hacer de taxi¨. Nos negamos rotundamente, bajamos nuestras mochilas mientras otros caranchos en la calle nos rodeaban y nos alejamos de allí caminando bajo unos infernales 45 grados. Definitivamente estábamos de vuelta en Indonesia.

Por suerte el hotel era todo lo que esperábamos, ya que me había ocupado personalmente de que, aunque no fuera de lujo, tuviera todas las comodidades para no salir de él en caso de que Lombok no nos gustara. Además, como le debía el regalo de navidad a Ro y ella siempre quiere ir a los alojamientos más baratos, decidí hacerme cargo de la estadía y salirme un poco del presupuesto. A cambio obtuvimos pileta con camastros para tomar sol, desayuno completo y variado y habitación tranquila con aire acondicionado. Agradecimos tener un lugar así, y más después de ver la horrible playa de Senggigi: sucia, de agua fría y con arena negra. Y pensar que en todos los blogs que habíamos leído decían que era uno de los mejores balnearios del país. Bastardos!

Una de las horribles playas de Lombok
El resort que nos sirvió de guarida

Aparte de algunas idas al supermercado, la única vez que dejamos el hotel fue para ir a las islas Gili, una de las más renombradas de Indonesia que nos habían quedado pendientes de nuestra primera visita. En total son tres y están muy cerca de Lombok, y habíamos barajado la posibilidad de quedarnos en la más grande de ellas, Gili Trawangan, pero leímos algunos comentarios muy negativos sobre el ambiente así que decidimos ir sólo a pasar el día y ver de qué nos habíamos perdido.

Como siempre en este lugar, cualquier traslado, por corto que sea, es un parto. A pesar de que le pagamos a una ¨agencia¨ para que nos llevara directo a la isla y no renegar, la minivan destruida que nos pasó a buscar a las ocho y media de la mañana nos dejó en un bar. Leyeron bien, no en el puerto o en un muelle, en un bar en otro pueblo de Lombok. Estaba lleno de otros turistas y durante más de una hora nos tuvieron allí sin decirnos nada, intentando infructuosamente vendernos alguna comida o bebida. Finalmente se nos acercó un tipo y nos dijo que teníamos que ir hasta el muelle por nuestra cuenta a tomar el barco. A las puteadas salimos del bar e inmediatamente aparecieron caranchos por todos lados ofreciéndose a llevarnos hasta el muelle en una especie de carruajes tirados a caballo. Muy calientes nos negamos y empezamos a caminar, a pesar de que los estafadores nos seguían y nos aseguraban que el puerto estaba muy lejos. En menos de diez minutos llegamos.

Por qué todo este circo se preguntarán? Por lo que leímos en internet, ese tramo del camino que va del ¨bar¨ hasta el muelle está dominado por una ¨mafia de los caballos¨ que no deja entrar ningún otro tipo de vehículo que transporte turistas para así poder venderles el traslado. Parece sacado de una mala comedia de Jim Carrey pero es real. Es que Indonesia es una anarquía, sus autoridades no se ven reflejadas en ningún lado y en la calle impera la ley del más fuerte, o del más garca. Es, basicamente, tierra de nadie.

Ya en el muelle nos las arreglamos para conseguir los boletos para el barco y esperar. Finalmente nos indicaron al que teníamos que subirnos y hacia allá fuimos. Era una cáscara de nuez de madera crujiente, que en cuestión de segundos se llenó de gente y mercadería, sobrepasando por mucho el peso de los estandares de seguridad. Incluso muchas personas iban paradas en los bordes de la lancha, que se movía más que el Titanic yéndose a pique a pesar de que el mar era de lo más tranquilo. Cerca de las once y media llegamos a Gili Trawangan, tres horas después de haber salido del hotel. Nos habían dicho que íbamos a demorar una.

La isla estaba bien. No era el paraíso terrenal que nos habían descripto pero como ya estábamos curados de espanto con las recomendaciones de la gente no esperábamos gran cosa. Lo cierto es que aunque el agua estaba bastante fría era transparente, la arena relativamente blanca y tenía una calle llena de bares y negocios bastante animada. Al menos de día no vimos nada de ese ambiente tétrico sobre el que habíamos leído. Lo negativo fue que nos robaron las ojotas. Sucedió después de que fuéramos a un lugar sobre la costa a comer y nos descalzáramos. Terminamos y volvimos a la playa, a poco menos de diez metros, y nos las olvidamos en la mesa. Cuando al rato caímos en la cuenta de que no las teníamos volvimos al bar a preguntar y el ladri del mozo nos dijo que no las había visto. En consecuencia, todo el trayecto de regreso hasta Senggigi lo tuvimos que hacer descalzos.

Gili Trawangan

La vuelta fue otra historia aparte, porque de entrada nos quisieron cobrar una fortuna por llevarnos, el doble de lo que habíamos pagado a la ida. Después de averigüar en un par de lugares conseguimos un bote público a buen precio, que era la misma cáscara de nuez que nos había llevado a la isla a la mañana, pero iba un poco más vacía y sin mercadería, por lo que navegamos más rápido. En el muelle de Lombok, como era de esperarse, nos rodearon para ofrecernos traslado a Senggigi y no tuvimos más remedio que entablar conversación con un carancho porque lo necesitábamos. Nos pidió 150 mil rupias y le ofrecimos 50 mil, a lo que bajó a cien. Sin lograr convencernos nos alejamos y empezamos a caminar alejándonos de la costa. Al cabo de unos minutos el tipo apareció en un auto y sin salirse de la calle nos ofreció llevarnos por 70 mil rupias. Cansados y descalzos como estábamos decidimos aceptar, al menos habíamos logrado una buena rebaja.

Cuando parecía que ya volvíamos al hotel sin más inconvenientes el conductor decidió hacer una parada… en el mismo bar que nos habían clavado a la mañana! Era una maldición. Por suerte sólo fue un rato hasta que se subieron otros dos turistas muy calientes y puteando, a los que también habían estafado de alguna manera. Nos solidarizamos de inmediato e intercambiamos impresiones sobre el país, compartiéndolas ampliamente. La chica lo definió de una manera clara y precisa: ¨es una batalla constante¨.

Y no podría estar más de acuerdo. Todas estas cosas que contadas acá parecen graciosas en su momento nos hicieron renegar mucho y plantearnos seriamente si valían la pena los lugares que Indonesia nos ofrecía a cambio de soportar la anarquía de los caranchos. La conclusión a la que llegamos ahora es que no. Si bien la experiencia de las llamas azules del volcán Ijén fue única e irrepetible y los templos de Yogyakarta nos gustaron, la realidad es que el país nos pareció sobrevalorado por los viajeros. Especialmente porque la mayoría de los que lo recomiendan no fueron a ninguno de estos dos lugares que más nos atrayeron. Quisiera ver si Indonesia no fuera tan barato si lo visitarían igual…

En fin, se acabó Asia para nosotros y no tengo muchas conclusiones ni reflexiones al respecto, o tal vez sí pero prefiero guardarmelas para otra nota. Australia puede esperar.

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