Un viaje de ida y vuelta


Después de 22 meses de estar fuera de casa, volví a visitar mi país. El vuelo fue largo, con escalas en Nueva Zelanda y Chile. Ya desde el trayecto Santiago – Auckland me sentí en terreno familiar, tanto por lo predominante del idioma español como por la ausencia de chinos. La cuestión del lenguaje me hizo dar cuenta que atrás quedaba esa libertad de maldecir y quejarse en voz alta porque ahora sí que todos me iban a entender.Cuando, tras 30 horas de haber salido de mi casa australiana, el colectivo de Tienda León pasó al lado del casino en boulevard Oroño ya pude decir que estaba en mi ciudad. La vista de mi querido Club Provincial me puso una sonrisa en la cara y así me mantuve hasta que unas cuadras después el ómnibus paró en la puerta del edificio donde mis padres aguardaban.

Allí empezaron los reencuentros, que se sucedieron día tras día con familia y amigos. El sentir fue siempre el mismo: una gran emoción seguida de la sensación de que no había pasado casi el tiempo, de que retomábamos una charla que dejamos en espera, más allá de los cambios en uno y en los otros.

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Terreno conocido

Las primeras caminatas por la ciudad me generaron un poco de nostalgia, como si estuviera viendo fotos de mi infancia. Sin embargo, el sentimiento se fue pronto, y enseguida ya me movía al ritmo del lugar. Antes de venir pensé que quizás sería impactante volver, y que todo me parecería extraño. Rápidamente me di cuenta que eso era imposible, porque he pasado casi toda mi vida en Rosario, en Argentina, con lo cual no había forma de sentirme ajena.

Andar por las calles del lugar donde uno se crió y creció tiene la particularidad de sentir que en cualquier momento podés cruzarte con alguien conocido, sensación que había olvidado al moverme en el anonimato de Christchurch o Melbourne, donde rara vez me peinaba o procuraba combinar los colores de la ropa.

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El  boulevard Oroño, antiguo compañero de ejercicio, no me vio correr ni el colectivo en esta visita

A su vez, al vivir en nuevos países es difícil conocer las celebridades locales. Facu ya ha narrado cómo han ido “estrellas” al restaurante donde trabajaba y para él era lo mismo que estar viendo a cualquier hijo de vecino. En Rosario, en cambio, el cholulaje está a la vuelta de la esquina. Por ejemplo, vi a Marcelo Megna en la puerta de su casa charlando con alguien al pasar, y encontré al conductor de Plan A en la cancha con su familia. De todos modos, los únicos famosos con los que me interesa tener una foto son el Diego y George Clooney.

El lunes empiezo la dieta

Las tres semanas que pasé en Argentina podrían contarse no en días sino en platos comidos. Por momentos venía a mi mente la canción de Los Auténticos Decadentes “Tanta alegría seguida me va a hacer mal” porque, cuando llegaba el momento de comer, las opciones eran infinitas, acompañadas siempre de la pregunta “qué querés comer?”. El cielo era el límite. Cuando en la ruta a Rosario el colectivo se detuvo en un parador, al entrar a comprar algo para cenar se me piantó un lagrimón de emoción, esa hermosa sensación de no saber qué elegir.

Imagino que el gusto es una construcción, y que cada persona cree que su país tiene la mejor comida del mundo, pero yo realmente creo que nuestra cocina es de excelencia. En los bares, kioskos, panaderías, mercados, tenés que ponerte a elegir qué querés, y cuesta decidir porque todo parece rico. En Nueva Zelanda y Australia nos paramos en el pasillo de las galletitas en el super, por ejemplo, y demoramos en la elección no por buenas sino por encontrar la menos peor.

Siguiendo con la temática culinaria, fue muy gratificante reencontrarse con la rotisería de la esquina, llena de comida rica para elegir cuando no hay ganas de cocinar y a precios accesibles, no como los “take away” neozelandeses y australianos que tienen platos de dudosa calidad a un costo elevado. Otro negocio que se extraña es la heladería, ya que si bien helado venden en todo el mundo, en nuestro país y particularmente en Rosario es un rubro de gran calidad y de locales amplios. Ver una Yomo o Smart con decenas de gustos disponibles, dos pisos llenos de mesas, y delivery siempre listo es algo bien nuestro.

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Contate algo

Después de casi dos años de vivir, trabajar y viajar por nuevos lugares, es evidente que tenía mil cosas por contar. Sin embargo, cuando llegaba el momento de hablar, era difícil recordar todas esas anécdotas que atravesamos y terminaba comentando cuestiones no tan interesantes, con miedo a sonar cansadora o aburrir.

La recurrente interpelación al “contate algo” fue sin dudas la más complicada de contestar, y me dejó con la sensación de que es necesario llevarse unas anotaciones ayuda-memoria para no quedar mal parado. La realidad es que las historias están en algún rincón de nuestra mente, y hace falta un disparador que nos dé pie para retomarlas. Y si no, para algo tenemos un blog.

El sabor del encuentro

Me tomé unas cuantas Quilmes durante mi visita, pero este apartado busca rescatar la idiosincracia argentina (o más bien latina) que claramente refleja el slogan de esta cerveza. Encontrarse en nuestro país con familia o amigos es algo sencillo, que no requiere mucho más que voluntad, y que da una gratificación enorme.

Ya sea un desayuno, almuerzo, merienda o cena, cualquier día de la semana, sea cual sea la excusa de la reunión, la charla se sucede con naturalidad y las horas se pasan sin notarlo. Parece increíble, pero esa facilidad no está en todas las culturas y es lo que más nos ha costado hallar en este continente. Al hablar con latinos que habitan estas tierras desde hace más tiempo, la reflexión es la misma: no hay juntadas como las de nuestros pagos, y no hay porrón como el de litro.

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Reunión en familia con más comida que gente, como es tradición

Las despedidas son esos dolores dulces

El tiempo se pasa volando cuando uno está disfrutando, y mi visita no fue la excepción, así que antes que pudiera darme cuenta, las bienvenidas se convirtieron en despedidas. En este camino que andamos decimos adiós más seguido de lo que quisiéramos, y si bien nos afecta, seguimos eligiendo conectarnos con nueva gente y llevarnos lo lindo del momento que pudimos compartir, aunque quizás nunca nos reencontremos.

Es por eso que aunque es triste volver a marcharse, la alegría de verlos a todos ha sido mucho mayor. Es hora de reemprender la aventura, y de llevarle un pedazo de Argentina a Facu en forma de comida. Rosario siempre estuvo cerca, así que buena suerte y hasta luego, que Perth nos espera.

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2 comentarios en “Un viaje de ida y vuelta

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