Las crónicas del outback, parte 1


Tras abandonar Melbourne, el gran dilema era a qué ciudad le jugaríamos nuestras fichas para vivir y trabajar los últimos cinco meses en Australia. Después de arduas deliberaciones la ganadora fue Perth, capital del estado de Western Australia y aislada del resto del país como único centro urbano del oeste. Antes de continuar tengo que advertirles que la nota quedó bastante larga, con lo cual la dividí en dos partes para hacer más amena la lectura. 

Perth está a unos 3500 kilómetros de Melbourne, y aunque parecía una locura, nos atraía la idea de hacerlo en auto para poder recorrer un poco y conocer algunos lugares icónicos de este país, como Uluru, la gran piedra roja que se erige solitaria en medio del desierto. Para esto necesitábamos dos cosas: un vehículo, claro, y la voluntad de recorrer una ponchada de kilómetros en poco tiempo.

Lo segundo estaba. Después de trabajar seis meses sin parar, volver a las rutas era lo que más queríamos. Y para lo primero lo que hicimos fue recurrir nuevamente (como en Nueva Zelanda cuando se rompió nuestro auto), a una relocación, es decir, ofrecernos a devolver un vehículo de alquiler desde una ciudad a otra sin costo para nosotros excepto por la nafta. Tras unos días de búsqueda encontramos lo que necesitábamos, una campervan que había que llevar de Melbourne a Perth en doce días. El destino quiso que fuera el mismo modelo que alquilamos en Nueva Zelanda durante nuestros últimos días de travesía, una Toyota Lucida 1997.

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La van, alias El Abuelo, se la bancó como un campeón

Si bien se trataba de un viaje largo, sabíamos que en el camino no había demasiadas cosas de interés para ver. Por eso los primeros dos días nos tomamos nuestro tiempo para recorrer la Great Ocean Road, una ruta bordeando el mar entre Melbourne y Adelaida por la que se alarga un poco pero que es muy famosa en Australia y renombrada como uno de los recorridos más lindos del país.

Este tramo nos dio la posibilidad de ver canguros por primera vez desde que estamos acá. No fue ni en el zoológico ni en la ruta, sino en una cancha de golf de un pequeño pueblo llamado Anglesea. Estaban a un par de metros de la cerca, e incluso en el club un hombre se ofreció a dejarnos entrar y llevarnos en su carrito para verlos más de cerca a cambio de unos dólares. Seguramente los canguros dejan más dinero que el golf hoy en día.

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Canguros en la cancha de golf

Un poco más adelante, llegando al pueblo de Apollo Bay, se encendió la señal de falta de aceite en el tablero y agitó todos los fantasmas del pasado. Ante mí se sucedieron imágenes confusas de un auto varado en el medio de La Pampa, otro encendido fuego en un parque de Rosario y un tercero echando humo bajo la lluvia en algún lugar de Nueva Zelanda.

La mayor indignación pasaba porque apenas habíamos realizado 200 kilómetros y el tipo de la agencia nos aseguró que todos los líquidos estaban al cien por ciento. Tras medir el aceite chequeamos que estaba al mínimo y fuimos a comprar más, previa llamada a la compañía de alquiler para informarles que deberían pagar por todos los gastos en que incurriéramos. Finalmente, después de renegar por demás para abrir una tapa de aceite que probaba no haber sido tocada en mucho tiempo, cargamos el líquido y a rezar. Afortunadamente, comprobamos que no había nada roto y que sólo fue flojera de un empleado, porque no nos dio problemas durante el resto del viaje.

Terminamos la Great Ocean Road visitando los 12 Apóstoles (unas curiosas formaciones rocosas sobre el mar producidas por la erosión), e intentando ver ballenas en el pueblo de Warrnanbool, cosa que no fue posible, a menos que se considere un avistaje una mancha negra a 300 metros de la costa.

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Los doce apóstoles

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El London Bridge

Nuestro camino siguió entonces pasando por Adelaida, la cuna del tenista Lleyton Hewitt, hasta el pueblo de Port Augusta, donde antes de llegar tuvimos una importante revelación. Resulta que nuestra idea era manejar hasta Uluru, ubicado literalmente en el centro del país, y de allí seguir hacia al oeste hasta Perth por una ruta que marcaba el Google Maps. Pero por esas casualidades en la van había un atlas de viaje de Australia con información detallada de todos los caminos, y allí descubrimos que la ruta que pensábamos seguir de Uluru a Perth no estaba asfaltada en su totalidad. Al menos mil kilómetros de piedra, arena o lo que fuera. Menos asfalto. Un baldazo de agua fría.

“Cómo puede ser -nos preguntábamos-, que el único camino que conecta la cuarta ciudad más grande del país con la mayor atracción turística no sea de asfalto?”. Nunca lo habíamos imaginado, ni se nos ocurrió algo así porque simplemente no tenía sentido. Encima la ruta se llama Great Central Road. Con ese nombre te esperás casi una autopista como mínimo.

Ante ese panorama las opciones se reducían a tres: olvidarnos de Uluru y seguir hacia Perth por el sur, ir a Uluru y aventurarnos en la ruta del desierto o ir a Uluru, volver a Port Augusta y desde allí dirigirnos a Perth. Esta última era la opción más larga pero también la que más cerraba. Seguíamos viendo Uluru (una de las razones principales de hacer el viaje) y no nos arriesgábamos a tomar la Great Central Road, la cual en numerosos foros de internet desaconsejaban hacer sin un vehículo 4×4.

Así que lamentamos decepcionarlos queridos lectores a los que les encanta leer sobre nuestras desventuras en la ruta pero por una vez nos adelantamos a los problemas y decidimos que no estábamos preparados para el desafío. Escogimos seguir hasta Uluru y a la vuelta volver por el camino largo, aun a costa de alargar unos 1500 kilómetros.

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Desayunando al lado del camino

Tras salir de Port Augusta empezamos a transitar por el extenso, desolado y desértico territorio del centro del país que los australianos denominan outback. Un paisaje que se extiende a través de miles de kilómetros, con escasa población, vegetación e infraestructura y muy similar al sur de La Pampa y a la meseta patagónica.

En este lugar la nafta empieza a cotizar más que el oro porque hay estaciones de servicio cada unos 200 kilómetros, con lo cual aumenta el precio al menos un 50 %. Allí empiezan también a aparecer los paradores en la ruta, conocidos en Australia como roadhouses, que ofrecen además de combustible comida, espacio para acampar, duchas y hasta habitaciones completamente equipadas.

Si bien el outback rara vez te bendice con señal de teléfono o precios accesibles, a cambio ofrece unos atardeceres espectaculares y unas vistas del cielo nocturno estrellado mejores que en cualquier observatorio. Además, de día también está la posibilidad de ver canguros, camellos, koalas y caballos salvajes.

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Camellos deambulando al lado de la ruta

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Las ventajas de estar en el medio de la nada

Contrariamente a lo que pensábamos, las rutas del outback son bastante transitadas. Cada poco tiempo nos cruzábamos con algún motorhome, camionetas llevando casas rodantes o imponentes roadtrains, enormes camiones de hasta tres acoplados que transportan mercadería entre los puntos más aislados del país. Al cruzar un roadtrain de frente te sacude el auto de una manera tan fuerte que parece un avión en plena turbulencia.

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Roadtrain con una carga tan ancha que tuvimos que tirarnos a la banquina para que pudiera pasar

Una de las paradas destacables que hicimos fue en un pequeño pueblo minero llamado Coober Pedy, que supo de épocas mejores a través de la extracción del ópalo, que aun hoy representa gran parte de su economía. También venden artesanías y lucran con sus museos, hoteles e iglesias construidos en las minas para protegerse del extremo calor que hace en verano. Es un lugar horrible y a la vez encantador, de esos que harías todo lo posible para no tener que vivir allí en tu vida, pero a la vez impregnado de un magnetismo especial que te deja cierta nostalgia al abandonarlo. Un lugar tan pero tan desértico que hicieron un monumento de lata para conmemorar el primer árbol plantado allí.

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Entrada al pueblo

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En Coober Pedy también vimos por primera vez indígenas originarios de Australia, de los que los colonizadores ingleses mataron a montones durante las primeras décadas de su asentamiento. Su tez era oscura, eran de complexión física más bien pequeña y deambulaban sin rumbo fijo por el pueblo con la mirada perdida y sin demasiada percepción de lo que los rodeaba. Cada vez que volvimos a ver indígenas durante este viaje (siempre en lugares pequeños, casi nunca en las ciudades) actuaban de esta manera.

Hasta acá llega la primera parte de nuestro viaje por el interior remoto de Australia. En la próxima entrega les cuento cómo llegamos a Uluru, por qué el outback es más grande de lo que creíamos y algunas otras cosas curiosas de la parte menos conocida del país.

Continuará…

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4 comentarios en “Las crónicas del outback, parte 1

  1. Néstor K. (desde el refugio con Julio Lopez) dijo:

    Que imagen la del 19 en Oroño y Pelegrini, hoy malos momentos pero gratos recuerdos. Excelente relato, estupendos caminos, miles de imágenes (sobresaliente la de las estrellas). Hermoso viaje chicos, que continúen los éxitos. Saludos

    • Facu dijo:

      No puedo evitar cuando manejo mirar de reojo la temperatura cada 10 kilómetros. Que curtido estoy en temas mecánicos. Gracias por los elogios y la buena onda. Abrazo!

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