Un salto de fe: a trabajar en el outback


Durante el último tiempo en Melbourne dedicamos varias horas por semana a enviar mails a todos los hoteles, moteles, roadhouses y derivados a lo largo y a lo ancho de Australia ofreciéndonos para trabajar. Si bien no era nada seguro, nos pareció una buena idea tener la posibilidad de conseguir trabajo de antemano y no tener que mudarnos a otra ciudad a ciegas, como suele pasar. Pero la búsqueda no dio resultados y fue así como decidimos probar suerte en Perth.

No hizo falta. Menos de veinticuatro horas después de llegar a la ciudad recibimos un llamado de Kerryn, la dueña de un motel en un pueblo de mil habitantes llamado Halls Creek, ubicado al norte del estado de Western Australia y a unos 2200 kilómetros de Perth. Nos dijo que tenía dos vacantes para trabajar, que era un lugar remoto y sin nada para hacer, pero que se podía ahorrar buena plata y no pagaríamos alojamiento. De casualidad ella estaba de paso por Perth y se iría en tres días en un vuelo hacia Broome, desde donde manejaría los últimos 700 kilómetros hasta Halls Creek. Si nos interesaba, teníamos que comprar el mismo vuelo que ella y después podíamos ir en su auto hasta el pueblo.

Lo pensamos y lo dudamos bastante, pero al fin y al cabo era lo que estábamos buscando y un trabajo concreto para empezar en breve, contra la incertidumbre que nos brindaba Perth, donde era imposible saber cuánto tiempo nos llevaría encontrar algo. Así que compramos el vuelo y acordamos con Kerryn conocernos en el aeropuerto antes de subir al avión. Le explicamos nuestra situación al italiano que nos alquilaba el cuarto y si bien no protestó se mostró poco colaborativo para devolvernos la plata de la semana de alquiler que le habíamos adelantado.

Preparamos nuestras mochilas y el viernes bien temprano estábamos en el aeropuerto listos para embarcarnos rumbo a lo desconocido. Al principio no vimos a Kerryn pero no nos preocupó, ya que normalmente los vuelos domésticos no necesitan que la gente esté mucho tiempo antes. Pero cuando llamaron a embarcar y seguíamos sin verla comenzamos a sentir una leve inquietud. Además, ninguno de los dos tenía crédito en el celular porque acabábamos de cambiarnos de compañía a la única que tiene cobertura en el outback. Nos acercamos a la puerta de embarque y le preguntamos a la empleada de la aerolínea si podía informarnos si un pasajero estaba a bordo, pero nos dijo que no era posible. Nos miramos con Ro sin saber qué hacer aunque los dos sabíamos la respuesta: nuestras mochilas ya estaban en el avión y no nos quedaba nada en Perth, así que embarcamos.

Por supuesto que el vuelo no fue muy placentero. Las dudas nos asaltaban a cada instante y la idea de llegar a un pueblo perdido en algún lugar de Australia del que apenas conocíamos el nombre no nos entusiasmaba precisamente. Es que Broome, a donde se dirigía el avión, apenas tiene quince mil habitantes, con lo cual no es que ofrece muchas oportunidades laborales para los viajeros.

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El cartel de bienvenida a Broome era alentador…

Al llegar a destino bajamos lo más rápido que pudimos del avión, recogimos nuestro equipaje y le cargamos crédito al celular para llamar a Kerryn. Tras unos segundos que se hicieron interminables, finalmente atendió la llamada.

―Ustedes están en Broome y yo en Perth ―dijo secamente.

―¿Qué?

Por un instante Ro, que estaba al teléfono, no supo si llorar o insultar. Simplemente se quedó sin reacción. Tras eso sobrevino una catarata de explicaciones confusas y desordenadas por parte de la dueña del motel, algún que otro pedido de disculpa y la promesa de que tomaría el siguiente vuelo a Broome, programado para dos horas más tarde. Según lo que pudimos entender, el novio/marido había hecho la reserva por ella y había confundido el horario. El por qué no nos avisó en cuanto se dio cuenta del error era un misterio.

Así que cargamos las mochilas a nuestras espaldas y comenzamos a caminar bajo un sol infernal y una temperatura que sobrepasaba los 30 grados. A pesar de que seguía siendo invierno el frío había quedado sepultado en el sur y ahora estábamos bien al norte de Australia, casi casi en Indonesia.

Kerryn nos había dicho que había un McDonald’s no muy lejos del aeropuerto y que la esperáramos allí. La idea de cercanía es relativa cuando se cargan dos mochilas cada uno que sumadas en su peso conforman unos 20 kilos, pero tras algunas paradas para descansar las vértebras logramos llegar al local de comida rápida. Nos acomodamos en una mesa de afuera y esperamos pacientemente las cuatro horas hasta la llegada de nuestra nueva jefa.

Cuando finalmente la vimos nos sorprendió, porque no era lo que esperábamos para alguien que trabaja y vive en el outback. Tenía el cabello lacio y rubio, llevaba las uñas de los pies pintadas, uñas postizas de color rosa en ambas manos y una apariencia en general muy cuidada. Nada de jeans viejos, pelo revuelto o ropa llena de polvo. Nos indicó cuál era su camioneta 4×4 para que nos acomodáramos y emprendimos el viaje junto a su hermana Julie, que vivía en Perth pero iba a instalarse una temporada en Halls Creek.

A todo esto ya eran casi las tres de la tarde, con lo cual era de esperar que gran parte del trayecto lo hiciéramos de noche, algo no muy recomendado en el outback por el peligro de los animales que cruzan la ruta. Además, algunas frases que Kerryn pronunció al teléfono con una empleada en Halls Creek no nos ayudaron a estar más tranquilos.

―Es peligroso manejar de noche y yo tengo muy mala vista.

Y también:

―Mi hermana Julie sólo puede manejar de día, de noche empieza a ver cosas.

En fin. Por suerte el viaje pasó sin sobresaltos y sin demasiada interacción. Apenas algunas preguntas sobre nuestra experiencia laboral, lo que esperaba que hiciéramos en el motel y un especial énfasis en advertirnos sobre los aborígenes que constituían aproximadamente el 70% de la población de Halls Creek. Que eran vagos, que vivían del Estado, que no podían tomar alcohol, que no eran peligrosos para nosotros pero sí para ellos mismos, que podían robar nuestra ropa o calzado si la dejábamos afuera de la habitación, que ella en el motel no servía a esa clase de gente, entre muchas otras delicias por el estilo.

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Nuestro nuevo hogar

Poco más de siete horas después llegamos al pequeño Halls Creek, atravesado de lado a lado por la ruta a lo largo de un kilómetro y extendido hacia adentro no más de cuatro cuadras.

―No pestañeen o se le perderán ―nos avisó Kerryn.

Eran las once de la noche del viernes 4 de septiembre. La idea es quedarnos hasta el final de nuestra visa, a mediados de enero. ¿Será esto posible? ¿Qué tipo de vida nos aguarda en Halls Creek? Eso lo veremos en el próximo capítulo.

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