Fin de semana de locura


Hace casi diez meses publiqué en este mismo blog un artículo titulado “El factor humano” donde, en una primera impresión, describía a los australianos como tacaños, faltos de sentido común, irresponsables, desconsiderados y, hasta en algunos casos, decididamente delincuentes que no pagan por tu trabajo. Hoy, a poco más de dos semanas de dejar atrás este país para siempre, no puedo hacer más que confirmar lo relatado en primera instancia.

Uno de los últimos fines de semana en Halls Creek fue surrealista. Este pueblo de mil habitantes perdido en el desierto (y en particular el motel donde trabajamos) ya nos tiene acostumbrados a los cambios inesperados, pero nunca deja de sorprendernos. Como le dije un día a Raymond, un australiano de unos 35 años que se sumó hace dos meses al staff: “En Argentina los pueblos chicos son todo lo contrario a este: tranquilos, aburridos, predecibles, seguros…”.

El viernes la cosa empezó torcida cuando, en medio de una cena de fin de año de 60 personas que teníamos en el restaurant, se cortó la luz. Un caos de proporciones, especialmente porque sin aire acondicionado que enfriara el lugar rápidamente se convirtió en un caldo. Por supuesto que no le aflojaron ni un centímetro al chupi, y al no poder cargar lo que iban consumiendo en el sistema tuvieron (digo tuvieron porque yo no estaba trabajando detrás de la barra) que anotar los gastos en papel.

12366953_10153179251437027_1412119277_nSe ve tan lindo y tan inofensivo así

12400309_10153179160767027_664025115_oY después, el caos

Al día siguiente, uno de los que tenía que pagar de la noche anterior vino a saldar la deuda. A pesar de haber pasado 24 horas, la manager Khelia no había pasado los datos de los papeles al sistema, con lo cual yo no sabía cuánto debía cobrarle. Tras llamarla para explicarle la situación su respuesta me dejó sin palabras: “Preguntale al cliente si se acuerda qué tomó”.

Como tamaña idiotez no merece ninguna reflexión, paso a contarles que el cliente, en un acto de tremenda buena voluntad, recordó algunas de las cosas que había consumido y le cobré en consecuencia. Horas después, cuando apareció el papel con todos los gastos reales, comprobé que en realidad debería haber pagado 80 dólares más. Linda forma de administrar un negocio.

La noche del sábado pasó con otra cena de fin de año, aunque con menos gente. Cuando todos se fueron nos pusimos rápidamente a limpiar porque a Kerryn, la dueña del motel, le duele horrores tener que pagarnos extra los fines de semana. Veníamos a buen ritmo hasta que a Raymond se le ocurrió amontonar todas las mesas y sillas en un lado del restaurant para poder limpiar mejor los pisos. Generalmente lo que hacemos es aspirar entre las patas o a lo sumo subir las sillas sobre las mesas, pero ese caos de moverlas todas iba a llevar horas arreglarlo, especialmente porque no todas las mesas son iguales y hay un orden bastante estricto y sin sentido que seguir.

Como si fuera poco el desastre que había dejado Raymond dijo: “Bueno, me parece que no me necesitan más acá”. Y se fue! A los 20 minutos volvió: “Dijo Kerryn (por teléfono) que terminen en quince”. Con ganas de agarrar todo a las patadas, acomodamos las mesas lo mejor que pudimos y dejamos el resto así nomás.

Para cerrar un fin de semana de locura, el domingo desayunamos con la noticia de que a la una teníamos una reunión de empleados en la oficina. Después de maquinar durante horas sobre el posible temario de la reunión (aunque todos coincidíamos en que no era nada bueno) nos presentamos. Nos esperaban Khelia, y Kerryn, mediante llamada telefónica en altavoz desde Perth.

Por supuesto que no era nada bueno. Empezó con un discurso de que iba a haber muy pocos clientes en el motel durante las fiestas, que además el restaurant iba a estar cerrado y que no íbamos a poder trabajar las horas que queríamos. “Por eso -siguió-, me parece que alguno de ustedes deberían irse antes o tomarse dos semanas de vacaciones, porque no es viable para el motel tener empleados que gastan agua y luz y no hacen nada todo el día”.

Como nadie respondía arremetió con un: “Facundo, qué pensás en este momento?”. Intentando no responderle la verdad balbuceé algo sobre lo inesperado de la situación y que necesitábamos tiempo para ver qué hacer porque ya teníamos los pasajes para irnos comprados.

Kerryn continuó: “Quizás Ken y, y…”

“Lynn” -la ayudó Khelia, refiriéndose a la chica taiwanesa que trabaja acá hace cuatro meses.

“Eso, quizás podrían tomarse dos semanas ahora y después volver, y María y Facundo irse después. Y en cuanto a Ryo (el chico japonés), me parece que debería irse ahora porque no hay trabajo para él”.

“Pero ya tengo un vuelo comprado a Melbourne para enero”, objetó él.

“Podés trabajar allá, es una ciudad grande”.

“Es que sólo voy a ver el torneo de tenis, el Australian Open”.

Aunque parezca un dialogo sacado de una película de Stanley Kubrick, realmente sucedió así.

Además, Kerryn se vio en la necesidad de justificarse ante el joven japonés por las pocas horas que había tenido en los últimos meses (recordemos que acá te pagan por hora trabajada, con lo cual menos horas es igual a menos ingresos).

“Si yo hubiera estado allí te hubiera esclavizado, Ryo. Pero Khelia no es como yo”.

Suponemos que se trató de un elogio a la manera de Kerryn. Y para hacerlo más bizarro aun finalizó con un: “Ryo, te quiero mucho”.

Todos seguíamos callados, porque además de que la llamada era un baldazo de agua fría nadie es bilingüe con el inglés y es muy difícil hablar con alguien como Kerryn, no había demasiado para decir. Mientras tanto ella seguía en el teléfono insistiendo con lo mismo.

“Entonces Ken y, y… la chica que no recuerdo el nombre, se pueden ir dos semanas y después volver, y Maria y Facundo irse cuando lleguen. Pero lo que sea que hagan necesito saberlo antes de esta noche porque me voy a Estados Unidos por quince días”.

Nuevamente, lo sinsentido de la situación no requiere mayores comentarios de mi parte, sobre todo porque todos tenemos un contrato firmado con la fecha que nos vamos desde que llegamos, y porque esta situación de que “baja el trabajo” la debería tener prevista desde siempre ya que cada fin de año sucede lo mismo.

Para resumir, hicimos lo que Kerryn quería. Ken y Lynn se van dos semanas a Broome (una pequeña ciudad a 6oo kilómetros), pero si consiguen trabajo allá no piensan volver. Ryo se queda hasta mediados de enero, aunque en realidad no está seguro de nada. Y en cuanto a nosotros, adelantamos nuestro pasaje de colectivo y nos vamos el 29 de diciembre a Darwin, capital del Territorio del Norte de Australia. Desde allí adelantamos también nuestro vuelo a Singapur para el 4 de enero, donde nos quedaremos poco más de una semana para después volar a Osaka, Japón, el 12.

En fin, después de todo el material que Halls Creek ha provisto para este blog creería que ustedes lo van a extrañar más que nosotros. Espero que el próximo artículo lo esté escribiendo desde un lugar menos cálido, más poblado y con McDonald’s. Hasta la próxima!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s