El lejano oriente


Japón está en las antípodas de Argentina, y no sólo geográficamente hablando. En el país oriental casi todo es diferente. Los vehículos circulan por la izquierda, el colectivo se paga al bajar, no se puede usar calzado dentro de la casa, las máquinas expendedoras están en plena calle, la gente se saluda haciendo hasta tres o cuatro reverencias, los taxistas usan traje, corbata y guantes blancos, casi no hay supermercados, se escribe de derecha a izquierda y en forma vertical, hablan de ellos mismos en tercera persona, tienen cafeterías donde se comparte la bebida con gatos, se acostumbra llegar una hora antes al trabajo y comen el pescado crudo, entre muchas otras cosas.

Dieciocho días después dejamos atrás el territorio nipón con la sensación de que será otro “hasta luego”, pero esta vez por más tiempo. Nos fuimos con la nostalgia inevitable de abandonar algo que te gusta, pero también con la sensación de la misión cumplida, de haber hecho y visitado todo lo que queríamos, algo que quizás en nuestra primera visita no habíamos sentido así.

La última semana la pasamos en Tokio, ciudad inagotable que te sorprende en cada esquina y se renueva día a día. Quizás no tan rápido como Singapur, por ejemplo, pero todavía a un ritmo vertiginoso muy diferente al de países como Australia, Nueva Zelanda y el mismo Argentina.

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Tokio

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Una primera percepción que cambió respecto al año pasado fue sobre el transporte. Seguía igual de puntual que siempre, pero notablemente más concurrido y, sobre todo, complicado. Lo primero tiene una explicación lógica: nuestra primera visita fue en la semana de año nuevo, con lo cual era de esperar que mucha gente estuviera de vacaciones y la ciudad no viviera a su ritmo habitual. Lo segundo quizás tenga que ver con el hecho de que esta vez variamos más los tipos de transporte que utilizamos, ya que en mayor medida optamos por los trenes y no por el subte.

En cualquier caso, el sistema japonés es muy difícil de entender. Los mapas con las diferentes líneas son jeroglíficos, tienen varias compañías operando al mismo tiempo, los recorridos cambian sobre la marcha y muchas veces no aparecen indicados en las estaciones, hay distintos tipos de trenes y algunos no se detienen en todas las paradas y en las máquinas que se compran los boletos sólo se puede poner cuánto querés pagar y no se puede buscar por destino. Muchas veces hasta los mismos japoneses se ven con cara de perdidos intentando entender la lógica del servicio. Pese a todo, andando con cuidado nunca nos perdimos. Bueno, una vez tomamos un subte que no era y nos pasamos un par de estaciones, pero nada grave.

Durante nuestro tiempo en la capital pudimos volver a recorrer nuestros barrios favoritos, como Akihabara, el distrito geek, Shibuya, el comercial, y Ginza, el sofisticado. Y conocimos otros, como el curioso Kawasaki, nombrado por los propios japoneses como “el peor barrio de Tokio”. Nuestros anfitriones de couchsurfing en ese lugar no tenían reparos en darle esa mención, según ellos debido a una calle llena de prostitutas y locales de mala fama. Miyu, nuestra amiga de Toyama, al comentarle donde nos estábamos alojando ubicó a Kawasaki en la misma categoría porque “está lleno de yonkis” (drogadictos).

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Caminando a lo Beatle por la zona de Ginza

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La infaltable vista aérea

Nosotros no apreciamos nada de esto. En su lugar vimos una zona muy comercial, distante pero accesible del centro de Tokio, con interesantes atracciones, como el museo de Toshiba con sus últimas invenciones y una especie de centro cultural con la historia del barrio, donde sin mediar palabra disfrazaron a Ro de japonesa tradicional para que pudiera sacarle fotos.

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Jugando con energía estática en el museo Toshiba

Si bien repetimos lugares que ya conocíamos, tratamos de aprovechar el tiempo en recorrer zonas nuevas. Dos días tomamos el tren y nos fuimos a pueblos cercanos; Kamakura y Nikko respectivamente.

Kamakura está hacia el sur, y la razón de ir fue más que nada poder ver el Monte Fuji, la montaña más alta de Japón con una particular forma cónica, que es además un volcán. Esta pequeña localidad tenía más cosas para ofrecer, como sus calles y pasadizos estrechos en forma de laberinto, llenos de casas tradicionales, y el bonito templo Hase-Dera en la montaña, hogar de una estatua de la diosa budista Kannon de casi diez metros de alto.

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Kamakura

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Esperamos y esperamos y finalmente pudimos contemplar el imponente Monte Fuji

Nikko, por su parte, fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad por su cantidad y calidad de templos antiguos. Además, el estar emplazada en la montaña y cubierta de nieve le daba un atractivo natural. El santuario Toshogu es el más importante y tiene con qué. Tiene casi 400 años de antigüedad y gran cantidad de torres y edificios construidos en madera, todos grandilocuentemente adornados con tallados de animales y religiosos. Probablemente el más famoso de ellos es el de los Tres Monos Sabios, que se tapan con las manos los ojos, los oídos y la boca respectivamente, significando que no ven, no oyen y no hablan el mal. Después hay otro de un gato del cual muchos dicen que parece de verdad y te hacen pagar un precio extra para verlo, aunque personalmente sólo reconocí un gato de madera…

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Nikko

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Santuario Toshogu

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Los tres monos sabios

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El famoso gato

Pero más allá de todas las ciudades, los templos y paisajes que conocimos, lo que más nos fascinó de Japón fueron sus baños. Parece una broma o una ridiculez, pero no lo es. Sus inodoros parecen del futuro. Tienen botones que te permiten calentar la silla (ideal para el invierno), activar el bidé (que está incorporado en el mismo dispositivo), controlar la fuerza del chorro de agua y la temperatura y hasta prender un ventilador para secarte. Todo sin moverte de la comodidad del trono.

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¿Cuánto falta para que empecemos a importar esto desde Argentina?

Además, en algunos lugares tenían ¡televisión en la ducha! Sí, una pantalla de unas diez pulgadas  con todos los canales y control remoto resistente al agua. Y no es considerado un objeto de lujo, sino que se puede encontrar en muchos baños de lugares normales, como el hotel que reservamos en Kioto, que fue el más barato que encontramos.

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Otra cosa positiva para destacar son las panaderías japonesas. Parece extraño en un país que no se caracteriza por tener plantaciones de trigo y donde es más común desayunar arroz que pan, pero las panaderías son bastante comunes de encontrar y sus productos son muy ricos. Quizás sea por la lejanía en el tiempo, pero debo decir que sus rosquitas rivalizan mano a mano con las argentinas. Que el Papa me perdone.

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¿El futuro? En Japón McDonald´s sacó las papas fritas con chocolate

En cuanto a la personalidad de los japoneses, no sé muy bien de dónde lo sacamos pero la verdad es que en general teníamos un prejuicio de que son unos ermitaños y anti sociales. También funcionaba como una especie de consuelo: “Bah, estos tienen el mejor país del mundo pero se mueren de aburrimiento”. Bueno, ya no estoy tan seguro de eso.

En Australia convivimos bastante tiempo con dos japoneses que, a nuestro parecer, rompían el molde. Simpáticos, caraduras, medio vagos e improvisados. Todo lo que su país parecía no ser. Al parecer no éramos los únicos que lo veíamos así, porque nuestra loca jefa Kerryn dijo una vez, mientras se quejaba sobre el trabajo de uno de ellos:

—No sé que pasa con este chico, por qué es tan flojo. El es japonés.

“El es japonés”, es decir, él debería ser organizado, meticuloso, rápido y eficiente, todo lo que evidentemente no era.

Por supuesto que conocimos otros que parecían adaptarse más al molde, como Yuya, nuestro anfitrión en Kawasaki. Un tipo de nuestra edad que se levantaba a las seis de la mañana, viajaba una hora en subte para llegar al trabajo, terminaba siempre después de las nueve de la noche y llegaba a su casa cerca de las once.

—Yuya es el típico japonés —lo definió Nana, su compañera de casa, dándole un poco de sustento a nuestro prejuicio.

Pero la realidad es que ella misma no entraba para nada en esa categoría, ya que admitía que trabajaba lo mínimo indispensable, que no le gustaba hacer horas extras ni fines de semana y que disfrutaba yendo a fiestas y saliendo con sus amigos. Además, por las calles de Tokio vimos un montón de parejas tomadas de la mano y dándose muestras de afecto en público, desterrando también ese mito de que los japoneses son fríos y poco demostrativos.

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¿Qué tiene que ver un panda con esta temática? Nada, ¡pero que lindo que es!

Llegados a este punto cabe preguntarse si existe alguna razón para no largar todo y radicarse en Japón. Bueno, también tienen sus cosas ellos, que no sabría si calificar como malas, pero al menos inentendibles para nosotros. Como por ejemplo su visión sobre Estados Unidos. Por supuesto que nuestra visión se basa en una pequeña muestra de personas, por lo que bien puede tratarse de una casualidad.

Sea como fuere, tratando de no pasarnos de la raya, siempre que pudimos preguntamos con respeto que sentimientos les generaban los yankis, teniendo en cuenta la guerra que los dividió hace no muchos años y de la que los japoneses se llevaron por lejos la peor parte. Para nuestra sorpresa, la respuesta fue siempre positiva. Todos coincidían en que los estadounidenses les caen bien y demostraban consumir mucha cultura norteamericana, como series, películas y comidas, entre otros.

“Pasó hace mucho tiempo” llegó a decirnos nuestro amigo Ryo cuando le recordamos Hiroshima y Nagasaki. Y aunque Miyu albergaba sentimientos similares por los yankis, al menos reconoció que en la escuela no les enseñaban historia y que les habían hecho una especie de lavado de cabeza para reinterpretar los hechos.

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En Osaka (foto) y Tokio hasta tienen réplicas de la Estatua de la Libertad…

No es mi intención fomentar el odio entre los pueblos, y no se lo vas a recriminar a cada norteamericano que conocés, pero es algo difícil para mí de entender que los tipos les bombardearon tres cuartos del país (a ciudades como Toyama las redujeron a cenizas), tiraron dos bombas atómicas y encima los ven como un modelo a seguir. “Me gusta la actitud de los estadounidenses”, nos dijo Nana. ¿¿Qué actitud?? En fin…

Otra cosa extraña que tienen los japoneses es cierta fascinación con las colegialas. Ustedes pensarán que no es tan raro, que viejos verdes hay en todo el mundo, pero la particularidad de los nipones es que están obsesionados con las estudiantes del manga (comics) y el anime (dibujos animados), es decir, chicas que no son reales.

Esta actitud queda de manifiesto en la enorme cantidad de posters, muñecos de todos los tamaños e incluso chicas reales disfrazadas como las del anime que se ven en todas las ciudades. Todas ellas coinciden en el aspecto inocente de sus gestos, en su juventud y en la forma atrevida de vestirse, con grandes escotes y pequeñas minifaldas que simulan ser uniformes de colegio.

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Y sí, los japoneses no son perfectos…

Nuevamente lo repito: no nos vamos a espantar por esto justo nosotros, que tenemos a la Cirio en bolas a toda hora y en cualquier canal, pero al menos en Argentina se puede decir que esas mujeres expresan un estereotipo sacado de la sociedad. En Japón, esas chicas con grandes pechos, caras angelicales y pelos de colores extravagantes sencillamente no existen. No sé a qué responde esta fascinación, y para no pecar de ignorante voy a dejar el tema acá hasta que pueda informarme mejor al respecto.

Lugar raro Japón, tan lejano y diferente a lo que estamos acostumbrados que lo hace sumamente interesante. Esta segunda visita era más que necesaria y cumplió todas nuestras expectativas. No puedo asegurar que no volveremos, aunque seguramente no será en el futuro más cercano. Pero siempre de ahora en adelante prometo recordar que el mundo no termina en Madrid, y que cuando cae la noche en Rosario, un nuevo amanecer sale en Oriente.

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