La era de hielo


Rasgos duros, miradas frías, caracteres inentendibles, veinte grados bajo cero… Sí, definitivamente estamos en Rusia. Volamos a Vladivostok con un solo anhelo: tomar el mítico tren Transiberiano que cruza el país más extenso del mundo de punta a punta. Y lo hicimos en pleno invierno, como para que no queden dudas de que sea una verdadera aventura.

Nada más salir del pequeño aeropuerto de Vladivostok nos encontramos con algo que no esperábamos ver en una potencia mundial: caranchos. Muchos individuos se nos acercaron ofreciéndonos transporte a la ciudad, distante a unos 50 kilómetros, bajo condiciones poco claras. Fueron más que insistentes y poco les importó nuestras constantes negativas y predisposición para tomarnos un colectivo.

A través de couchsurfing habíamos contactado a una pareja para que nos alojara la única noche que íbamos a estar en la ciudad antes de tomar el tren. Más que por el dinero (Rusia es un país muy barato) lo hicimos pensando en que sería de gran ayuda poder interactuar con dos rusos que hablaran inglés para que nos despejaran algunas dudas antes de emprender nuestra travesía. Fueron ellos los que nos recomendaron tomar el colectivo desde el aeropuerto a la estación de trenes en Vladivostok, donde nos estarían esperando. El número que debíamos esperar era el 107, todo parecía claro y sencillo.

Aunque estábamos bastante preparados para el frío extremo, estar a la intemperie con veinte grados bajo cero nunca puede ser una sensación agradable. Al principio parecía que no nos afectaba, pero a medida que pasaba el tiempo y el colectivo no llegaba lo empezamos a sentir. Primero en las fosas nasales, donde cada vez que respirábamos podíamos notar el aire congelándose literalmente. Después en las manos y en los pies, que al cabo de varios minutos se convirtieron en sendos bloques de hielo.

Mientras aguardábamos el bus 107 llegó el número 7, que nos hizo dudar, pero que al fin de cuentas no era el que los rusos de couchsurfing nos habían recomendado. Pasó media hora sin noticias y nos empezamos a preocupar porque la otra gente que esperaba con nosotros en la parada empezó a desistir y a caer en manos de los caranchos devenidos taxistas para alejarse de allí. Realmente teníamos que ser muy optimistas para pensar que si ellos que eran rusos y dominaban el idioma no podían tomar el colectivo, nosotros que nunca en la vida habíamos pisado Rusia íbamos a tener éxito.

A todo esto, usando el deficiente wifi del aeropuerto le íbamos explicando a nuestros anfitriones los inconvenientes, ya que nos habían pedido que les avisáramos al momento de tomar el transporte para así salir hacia la estación de trenes. La idea era comprar un chip de teléfono ruso para poder comunicarnos de forma más sencilla, pero el hecho de llegar a un aeropuerto poco importante como el de Vladivostok, un domingo y a las 7 de la tarde hizo imposible lo que era una noble intención.

Al borde del congelamiento decidimos tomar un taxi, pero en ese preciso momento apareció en el horizonte otro colectivo. De nuevo era el 7. Dudamos. La vez anterior había pasado a la misma hora que se suponía que debía venir el 107, y nuevamente se repetía el patrón. La gente que quedaba en la parada se abalanzó sobre el vehículo como si viniera a rescatarnos de la guerra y una amable señora rusa intentó darnos a entender que debíamos tomarnos ese.

La charla fue una mezcla de ruso, español e inglés, de la que realmente no sacamos nada en limpio, pero prácticamente nos arrastró a que nos subiéramos. Aunque no era el momento más oportuno, el wifi público decidió no funcionar y no pudimos avisarle nada a los rusos que nos esperaban. Nos resignamos a que posiblemente tuviéramos que buscarnos un hotel para esa noche. Les habíamos dicho que nuestro vuelo llegaba a las siete y recién pudimos irnos del aeropuerto ocho y media.

El colectivo era, cómo decirlo, un pedazo de chatarra digna de los peores pueblos de Indonesia. Una mezcla de autobús escolar de los años sesenta con el Falcon de mi abuelo después de llevarlo a un desarmadero. Oscuro, desvencijado, pequeño y sin calefacción. ¡Sin calefacción! En pleno invierno, en Rusia, con veinte grados bajo cero y el transporte público sin calefacción. ¡Volvé Stalin, te perdonamos!

Como no teníamos ni idea de a dónde estábamos yendo íbamos controlando con el GPS del celular si efectivamente era la dirección correcta. Por un par de kilómetros todo fue bien, hasta que llegó el momento de la verdad: una intersección y dos opciones posibles, derecha a la ciudad, e izquierda hacia lo desconocido. El colectivo dobló a la izquierda.

Ro, sentada dos filas más adelante, se dio vuelta con tal cara de pánico que todos los pasajeros lo notaron. Yo me sentía igual, pero el nivel de frío glaciar que había alcanzado me impedía articular cualquier gesto. Por lo menos tres personas llamaron nuestra atención al mismo tiempo para indicarnos que nos bajáramos allí mismo, que había una “estación de colectivos”. Ya teníamos claro que el 7 no era el 107, así que obedecimos y nos bajamos. Era una avenida oscura, desolada y resbaladiza por la nieve congelada. Enfrente se veían dos postes de luz que iluminaban un bus. En cuanto cruzamos la calle arrancó y se fue.

La “estación de colectivos” seguía lo que al parecer eran las normas del sistema de transporte de Vladivostok: pequeña, sin información, completamente cerrada y con un par de caranchos dispuestos a ganarse un extra. De esperar en un lugar calefaccionado ni hablar. La temperatura ya andaría por los -22. Como había dos personas más nos quedamos a ver qué pasaba.

Lo único que pasaba era la hora, ya más de las nueve, y mientras hacíamos un estimativo de que parte del cuerpo se nos desprendería primero vimos como los otros dos que esperaban caían en las garras de un carancho. Nosotros primero nos habíamos negado, pero antes de subirse al auto el tipo nos miró otra vez como diciendo “vengan que no quiero leer mañana en el diario sobre dos turistas congelados”, y aceptamos. Nos rendimos, no había más que hacer. Dimos lo mejor y perdimos, a veces no sale.

Así que terminamos en un auto con tres rusos con cara de pocos amigos que no hablaban una palabra de inglés. Después de muchas deliberaciones el carancho entendió que queríamos ir a la estación de tren. No es que tuviéramos muchas esperanzas de que nuestros anfitriones estuvieran esperándonos allí, pero al menos les debíamos el intento, y en el peor de los casos era mejor alojarse por esa zona para ya estar cerca al día siguiente.

Los dos rusos se bajaron primero y nosotros quedamos para lo último. Cuando llegamos y le preguntamos al chofer cuánto nos iba a doler ese traslado de más de cuarenta kilómetros nos hizo una seña de que pusiéramos nosotros el precio. Escribimos en la calculadora del celular un número que nos pareció razonable y se lo mostramos. El carancho hizo una mueca de “es inadmisible pero soy tan buen tipo que acepto” y agarró la plata.

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Estuvimos unas doce horas en Vladivostok y tan a las corridas que no pudimos sacar muchas fotos. Al menos nos quedó esta de la estación de trenes

Nos dirigimos a la entrada de la estación a toda velocidad pero nada más pasar la puerta tres policías nos detuvieron en seco. Nos hicieron pasar el equipaje por el escáner, nosotros también, sonó todo y nos hicieron pasar de nuevo, nos pidieron los pasaportes y nos hicieron mil preguntas en ruso que no pudimos contestar antes de finalmente dejarnos entrar. Ya eran las diez de la noche, por supuesto que los de couchsurfing no estaban allí y tampoco había wifi.

Pusimos en marcha el plan de emergencia denominado “Entremos al primer hotel que veamos antes de convertirnos en el venerable hombre de las nieves” y salimos de la estación. Caminamos unas cuatro cuadras con nuestras últimas reservas de glóbulos rojos hasta que vimos algo parecido a un alojamiento. No eran los precios que esperábamos de Rusia pero tampoco una locura. Digamos que era la misma plata que pagamos en el inmundo hostel de Darwin pero por una habitación privada y mucho más agradable.

Lo primero que hicimos fue usar el bendito wifi para ver si nuestros truncos anfitriones nos puteaban en inglés, ruso u otro idioma desconocido. Lo que vimos fue mucho peor de lo que esperábamos: después de que les dijéramos que seguíamos esperando el colectivo llamaron a información de no sé qué, donde les dijeron que el 107 por razones misteriosas no estaba circulando ese día. ¡Entonces no se les ocurrió mejor idea que hacer los 50 kilómetros para irnos a buscar al aeropuerto! Para cuando nos mandaron el mensaje avisándonos ya estábamos deambulando en la chatarra por las afueras de Vladivostok, sin posibilidad alguna de darnos por enterados.

Los rusos se quisieron pasar de amables y no esperaron una respuesta afirmativa de nuestra parte. Al final les terminó saliendo todo mal porque hicieron un viaje re largo por dos desconocidos al divino botón. Al menos espero que les sirva de consuelo el hecho de que nosotros tampoco bailamos la macarena en nuestra llegada a Rusia.

Nos queda como aprendizaje que no podemos volver a llegar a un país desconocido quedándonos sólo con la información que te da alguien por el único hecho de vivir allí. Hay que chequear todo de nuevo. También que si no sabemos con qué nos vamos a encontrar cuando vamos a un lugar mejor no tener a un tercero esperando e ir directamente a un hostel la primera noche. Todas cosas que intentaremos recordar la próxima vez, aunque más de uno que lea esta nota estará esperando que se nos olviden para poder seguir deleitándose con nuestras aventuras.

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