Un tren en Siberia: el lago Baikal


Veinticuatro horas después de haber llegado al país buriático tomamos otro tren para viajar apenas diez horas hasta Irkutsk, nuestra siguiente parada. Si bien es una ciudad interesante, nuestra principal razón para detenernos allí era trasladarnos a su vez a la pequeña isla de Olkhon en el lago Baikal, la mayor reserva de agua dulce del mundo y posiblemente uno de los lugares más extraordinarios que hayamos visto en nuestras vidas.

Esta vez, y como en el resto del viaje, nuestros asientos eran de tercera clase. La diferencia era clara: asientos más duros, lugar abierto al paso, sin enchufe ni luz individual. Como contrapartida, no había sentimiento de incomodidad ya que no estábamos encerrados con extraños.

Cada vez que viajamos en tercera durante el recorrido transiberiano nos dio la sensación de que se interactúa menos que en segunda. Cada cual parecía estar en la suya sin hacer demasiado caso de los demás y las actividades predilectas eran leer, hacer crucigramas, pasar el rato con algún dispositivo electrónico, comer, dormir o simplemente contemplar el paisaje. A pesar de que Olga nos había dicho que los rusos eran gritones y ruidosos, en los vagones de tercera muy poca gente hablaba y cuando lo hacían apenas era un susurro.

Una de las tantas noches que pasamos en el tren fuimos despertados por diferentes motivos. Primero fue un tipo que llamó la atención de Ro, quien dormía en la litera de arriba de la mía. Le dijo algo en ruso y al no encontrar respuesta se fue sin más. Todavía intentamos descifrar qué quería. Por mi parte, cerca de las cinco de la mañana me despertó una de las mujeres que trabajaban en el vagón, para decirme algo del baño (lo deduje porque “toilet” fue la única palabra que adiviné). No dejó de sorprenderme que únicamente a mí me sacara del sueño. Delicias de viajar por un país sin entender una palabra del idioma local.

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Estación de trenes de Irkutsk

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El emblema de Irkutsk: un tigre siberiano con una marta en la boca

Volviendo al lago Baikal, todavía teníamos que llegar, porque Irkutsk está a más de 200 kilómetros de allí, y aunque a la salida de la estación no faltaron los caranchos ofreciéndonos todo tipo de servicios, nos negamos porque la encargada del hotel que teníamos en la isla se había comprometido a reservarnos dos lugares en un colectivo.

Resultó que la mujer había confundido las fechas, o al menos eso dijo. Se olvidó, bah. Como sea, quedamos varados en la estación de trenes de Irkutsk con la urgencia de buscar una forma de ir a Olkhon por nuestra cuenta. Una rápida búsqueda en internet en el bar más cercano nos llevó a tomarnos un tranvía para ir a la terminal de ómnibus, desde donde supuestamente salían los colectivos a la isla.

El tranvía iba hasta el tope y fue una proeza subir con nuestras mochilas. Cuando por fin Ro pudo ocupar un asiento libre chocó de lleno con la antipatía rusa. El hombre que cobraba los pasajes, con muy malas maneras le hizo entender que le dejara el asiento a una mujer mayor. Lo cual no está mal, pero por todos lados se veían hombres jóvenes mucho más aptos para tener ese gesto. Fue más fácil para él gruñirle a la turista, hacernos sentir que estábamos en un sitio al que no pertenecíamos.

Tras bajarnos del tranvía y caminar varias cuadras hasta la terminal experimentamos de nuevo el cliché de “rusos = hostilidad”. Le mostramos a una empleada en la ventanilla de venta de boletos el nombre en cirílico (alfabeto ruso) de Olkhon y meneó con la cabeza. Volvimos a intentarlo y escribimos Khuzhir, la principal localidad de la isla donde teníamos hotel, y su única respuesta fue “no bus”. Nada de indicaciones, señas o algo que nos ayudara a encaminarnos.

Algo preocupados salimos y empezamos a dar vueltas por la ciudad hasta que medio de casualidad vimos la oficina de turismo. Entramos con la esperanza de que alguien hablara inglés y así era. Una amable joven nos explicó que no había colectivos a la isla, pero que podíamos ir en una de esas marshrutka. Así que la llamó para nosotros y nos pasó a buscar por allí mismo.

Cuando subimos resultó estar prácticamente llena, y en los pocos lugares vacíos había equipaje de gente que no se mostró muy dispuesta a moverlo para que pudiéramos sentarnos. Fue el día de experimentar el tercer grupo de gente del que hablaba en un artículo anterior: los que parecen irritarse con tu presencia. Pero para no ser injustos hay que decir que es absolutamente minoritario. No me alcanzarían los párrafos para mencionar a todos aquellos que nos ayudaron, nos trataron bien y compartieron con nosotros, casi siempre sin hablar nuestro mismo idioma. Los rusos tienen rasgos duros y parecen enojados todo el tiempo, pero cuando los conocés un poco mejor no son malos en absoluto.

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Khuzhir, en la orilla del lago Baikal

Quizás el origen de la antipatía de algunos hacia los extranjeros provenga de que en su mayoría los que visitan Rusia son chinos, con todos sus problemas para respetar el orden, ser amables, no gritar ni hacer cosas indebidas. Si bien es cierto que comparten una larga frontera, no dejó de llamarme la atención que tuvieran tantos turistas desde allí.

—Ahora estamos en temporada baja —nos explicó la chica de Turismo—, pero todavía vienen algunos turistas, especialmente chinos. Casi ninguno habla ruso, y la mayoría tampoco inglés.

Nos despedimos agradeciéndole otra vez por su ayuda y nos fuimos en la chatrushka rumbo a Olkhon. Cuatro horas después de un viaje sumamente apretados en esa lata de sardinas que se sacudía para todos lados llegamos a la orilla del enorme Baikal y contemplamos uno de los paisajes más imponentes desde que empezamos a viajar: el lago más profundo del mundo (1680 metros) y el de mayor volumen de agua, completamente congelado. Y no estamos hablando de una fina capa de hielo sobre la que caminar unos pasos, sino un robusto piso de entre uno y tres metros de espesor suficiente para aguantar el peso de casi cualquier tipo de vehículo para que circulara por encima.

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Casi, porque según el chofer que nos había llevado el hielo no era lo suficientemente resistente para cruzarnos a todos en la chatrushka, con lo cual tuvimos que bajar y pagar un extra para ir a la isla en una especie de gomón cerrado que se deslizaba sobre la superficie helada. El hecho de que hayamos visto muchos otros vehículos cruzar ese mismo día nos hizo pensar que todo estaba montado como el curro para el tipo del deslizador, pero igual no fue caro y estuvo divertido. Una vez del otro lado, tras una hora más de chatrushka llegamos a Khuzhir.

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Cuidado con las patinadas…

Al día siguiente hicimos una excursión sobre el lago helado con Iger, el buriático que mencioné en la nota anterior, y admiramos la maravilla de esa enorme masa de agua congelada. Un verdadero glaciar por temporadas, tan sorprendente que describirlo con justicia me resulta muy difícil. Su contemplación nos consumió horas, y pasamos largos ratos con la mirada perdida en el horizonte inabarcable del hielo, intentando con todas nuestras fuerzas que esa imagen se grabara para siempre en nuestra memoria.

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Enormemente satisfechos volvimos a Irkutsk, para dedicar nuestro último día en la zona a conocer esta importante ciudad siberiana. Tal cual habíamos leído, el lugar era una mezcla de construcciones soviéticas (los edificios en bloque macizos), siberianas (casas de madera con techo a dos aguas y chimenea) y zaristas (dependencias más ornamentadas, abundantes en cúpulas y colores estridentes). Una combinación extraña como sólo se puede ver en Rusia, fiel reflejo de los últimos 200 años del país.

Irkutsk alberga otras curiosidades, como que su calle principal se llama Lenin y en determinado momento se cruza con la calle Karl Marx, que irónicamente alberga locales de grandes marcas como Adidas, Kodak, Prada y Cartier, entre muchas otras. Además, cerca del río se encuentra la hermosa Catedral Ortodoxa de la Epifanía, que a pesar de su elegancia y ostentación durante el período soviético fue transformada en… ¡una panadería! Crease o no, mientras paseábamos por allí sentimos cierto olor a torta fritas.

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Estatua en honor de los cosacos que fundaron Irkutsk y la famosa catedral/panadería

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Lenin vive en el pueblo en forma de cafetería Starbucks

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