Grecia: un viaje en el tiempo


Viajemos por un momento al pasado y tomemos, por ejemplo, a Aristóteles. Es el año 335 Antes de Cristo. El tipo está en la plenitud de su vida, con casi 50 años, graduado de la Academia de Platón, disertando sobre filosofía y política en el Agora, el espacio público ateniense. Desde donde se encuentra puede ver la Biblioteca de Adriano, con mil ejemplares en sus estanterías, observar a los fieles que asisten al imponente Erecteón, el templo dedicado a Atenea y Poseidón en lo alto de la Acrópolis, y escuchar el discurrir del agua en un acueducto cercano. De la nada y sin previo aviso llegan unos hombres armados y comienzan a saquear y destruir todo a su paso. Son los persas, pero bien podrían ser los espartanos, los romanos, los godos, los otomanos, u otros. En cuestión de minutos lo que era una bella civilización queda reducida a ruinas.

A grandes rasgos, este es el drama de Atenas que se ha repetido innumerables veces en la historia. Los atenienses no eran grandes guerreros, sino intelectuales. Sentaron las bases de la democracia moderna y la filosofía, pero a la hora de defender su ciudad frente a las invasiones extranjeras poco pudieron hacer. Por esta razón lo que hoy en día se puede visitar son apenas restos mínimos que sobrevivieron al pasado. Hay que tener mucha imaginación para pasear por Atenas y apreciar lo que se ve.

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Atenas

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Volvamos ahora al presente. Kostas, el taxista que nos recogió en el aeropuerto, conduce a buen ritmo entre las colinas y el mar Egeo hacia la ciudad. No para de hablar durante todo el trayecto y nos trae a la mente el arquetipo del tachero argento: charlatán, desenfadado, orgulloso, quejoso y algo exagerado. “Los griegos lo inventamos todo” dice sin faltarle razón, aunque reconoce que los últimos años han sido malos y que en la actualidad para sobrevivir tiene que trabajar 17 horas al día. A nosotros los argentinos Atenas nos hace sentir como en casa. El caos de tránsito, las charlas a los gritos, las porciones enormes en los restaurantes y el gusto por el café de la mañana y media tarde nos hacen regresar por unos días a Rosario o cualquier otra ciudad de nuestro país.

Nos alojamos en la zona de Plaka, uno de los barrios más tradicionales y cercanos a las atracciones principales. Es un laberinto de calles estrechas sin planificación lógica donde abundan los restaurantes, las cafeterías y las tiendas de recuerdos. Prácticamente desde cualquier esquina es posible ver en lo alto la Acrópolis, la “ciudad alta”, lo que en su momento fue la Atenas original rodeada de murallas para protegerse, sin éxito, de los invasores.

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Plaka

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El lugar más representativo dentro de la Acrópolis es el Partenón, un templo del año 432 AC en honor de la diosa Atenea, a la que los griegos consideraban su protectora. Lamentablemente, debido al paso del tiempo y los continuos ataques recibidos ha quedado muy poco del edificio original, por lo que ha sido reconstruido numerosas veces e incluso hoy es imposible verlo sin notar las enormes grúas y andamios que trabajan en su mantenimiento.

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El Partenón, o lo que quedó de el

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Acrópolis

Cerca del Partenón se encuentra el Teatro de Dionisio, el más grande de la antigua Grecia con capacidad para unas 15 mil personas. Fue el escenario más importante de la época donde se presentaban obras clásicas de todos esos poetas de nombre gracioso que estudiábamos en la escuela como Sófocles, Eurípides y Aristófanes.

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Retrocedamos nuevamente hacia mediados del siglo V Antes de Cristo. La segunda guerra contra el Imperio Persa acaba de terminar con una sufrida victoria griega, casi pidiendo la hora. Cansados, los atenienses juran que nunca más van a reconstruir los santuarios destruidos por los persas, para dejarlos como recuerdo de la brutalidad de sus enemigos. Pero la promesa dura poco. Con la llegada de Pericles al poder se refaccionan por completo los monumentos dañados y se construyen otros, como el Hefestión, templo en honor a Hefesto, el dios de la metalurgia, y uno de los mejores conservados en la actualidad.

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El Erectión, en lo alto de la Acrópolis

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Pórtico de las Cariátides, estatuas de forma femenina que sirven de columnas

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Al Hefestión no le pasan los años

Casi por la misma época se pone la primera piedra del que se convertiría en el templo más grande de la antigüedad, el Templo de Zeus Olímpico. Su construcción va a demorar casi 400 años debido a los bruscos cambios de gobiernos que se sucederán en Atenas. De las 104 columnas que formaban el majestuoso santuario en el presente sólo quedan de pie 15. La número 16 también está en el predio aunque completamente derrumbada sobre la hierba debido a un terremoto en los tiempos modernos.

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Templo de Zeus Olímpico

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Mientras avanzamos hacia nuestro tiempo hagamos una última parada en 1896, año de los primeros Juegos Olímpicos Modernos. La ceremonia inaugural se lleva a cabo en el magnifico estadio Panathinaiko, construido enteramente en mármol blanco, ante casi 50 mil personas. La competencia fue inspirada por los Juegos Olímpicos antiguos que se realizaron hasta el siglo IV AC (cuando los romanos los prohibieron), denominados de esa manera por celebrarse en la ciudad de Olimpia, donde participaban varias ciudades-estado y reinos de la antigua Grecia.

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La próxima cancha de Germinal la quiero así

De nuevo en la actualidad, un colectivo interurbano nos lleva hacia al Cabo Sunión bordeando las costas del Egeo. En ese lugar quedan los restos del Templo de Poseidon terminado en el año 444 AC, y a diferencia de la mayoría de los edificios que quedaron en la Acrópolis este se encuentra bastante en pie.

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Templo de Poseidón

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Pero no todo es historia antigua en este país. Ninguna visita a Grecia estaría completa sin conocer alguna de sus muchas y famosas islas, reconocidas mundialmente por sus aguas cálidas y sus pequeñas casas de color blanco y estilo oriental. Nosotros nos decantamos por Santorini, una porción de tierra volcánica de 73 kilómetros cuadrados sobre el Egeo que es de las más visitadas por los turistas.

Nos movemos en un auto de alquiler por sus estrechas, empinadas y poco rectas calles que surcan un terreno no muy dócil para la construcción pero que cada vez es más saturado por la industria del turismo. Como es invierno vemos muy pocos visitantes y muchos albañiles. La puesta a punto para la temporada está en su apogeo.

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Uno de los tantos pueblos de la isla

En el pequeño pueblo de Oia, donde nos alojamos, contemplamos uno de los atardeceres más perfectos que hayamos visto en nuestras vidas. El sol, de un naranja radiante, se esconde en un círculo perfecto sobre el mar, como si fuera tragado. El espectáculo es tan grandioso que todos los que lo estamos presenciando aplaudimos.

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Atardecer en Oia

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Hay otros lugares interesantes en Santorini, como la playa negra, cubierta de arena volcánica, o la roja, rodeada de acantilados de ese color, o Acrotiri, los restos de una civilización que se remonta al siglo XVII AC y que fue completamente destruida por la fuerte erupción de un volcán. Pero para ser sinceros, nada de esto nos impacta tanto como esa imagen del sol escondiéndose en el mar del primer día. Quizás presenciemos algo más sublime en esta vida, pero dudo que sea en el corto plazo.

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Playa Roja

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Playa Negra

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