Estambul: la ciudad de los mil y un matices


—Damas y caballeros, bienvenidos a Constantinopla —anunció en griego la azafata de Aegean Airlines.

Constantinopla. Desde la época en que leía manuales escolares que no escuchaba ese nombre. Los griegos, sin embargo, nunca dejaron de llamar de esa manera a la actual Estambul. Es una forma de declarar un utópico interés por recuperar lo que en sus orígenes hace varios cientos de años era una colonia de Grecia bajo la tutela del Imperio Romano.

Se llame como se llame, Estambul es una ciudad vibrante. Tiene de todo para ver. Desde los vestigios romanos y otomanos hasta su privilegiada ubicación en las colinas junto al estrecho del Bósforo (que conecta el Mar de Mármara y el Mar Negro), pasando por algunas de las mezquitas más hermosas del mundo.

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Estambul, Constantinopla, Bizancio… Dime quién te conquista y te diré cómo te llamas

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Además, los turcos son una atracción en sí mismos. Conducen de manera absolutamente temeraria, circulando a gran velocidad por calles estrechas donde entra un solo vehículo. A su vez, los peatones cruzan a su antojo y nadie se molesta en apurar el paso aunque un auto se le venga encima. Los que están al volante ni atinan a bajar la velocidad y a lo sumo dan un bocinazo de advertencia. En este contexto, las luces de los semáforos parecen apenas una sugerencia.

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Una postal que describe perfectamente el caos de tránsito

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Un jugo al paso en una calle menos ajetreada

Otro momento donde los turcos despliegan todo su arte es a la hora de vender algo. Agudizan el oído al ver pasar a los turistas y se meten en la conversación con alguna propuesta, muchas veces en tu propio idioma. No hay lugar donde esto quede más de manifiesto que en el Gran Bazar de Estambul, un laberinto de pasadizos llenos de tiendas que venden ropa, telas, carteras, relojes, joyas, especies y gran variedad de souvenirs.

Un ejemplo: mientras dábamos una vuelta por los pasillos yo le comentaba a mi papá que difícilmente consiguiera algo de marca en un lugar así. A lo que un vendedor que estaba en la puerta de su negocio respondió en un rústico pero entendible español:

—Aquí tenemos marcas. Vengan a ver.

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El Gran Bazar

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Entramos al bazar y salimos para contarlo

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El Bazar de Especies, con sus particulares colores

En el Gran Bazar, como en prácticamente todo Estambul, los precios nunca son fijos, regatear es casi una obligación para no sentirse estafado. Personalmente no me siento cómodo haciéndolo, muy a mi pesar no tengo ese don. Pero mi mamá resultó ser una hábil negociadora, obteniendo importantes reducciones en los precios incluso sin hablar prácticamente inglés, cosa que ayuda en estos casos ya que desactiva cualquier argumento que intenten utilizar los vendedores. De esta manera, cosas que primero le ofrecieron a 50 liras turcas las terminó pagando a 25, y de 120 logró bajar a 70.

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En plena batalla con los caranchos

Estambul es un lugar singular además porque es una de las pocas ciudades del mundo que está en dos continentes, en este caso Europa y Asia, cuya frontera delimita el Bósforo. También es la segunda población más grande del planeta, sólo por detrás de Shanghai, con 15 millones de habitantes. Y tiene más de 3 mil mezquitas que cinco veces al día llaman a los fieles por altoparlantes para que vayan a orar. De todas ellas nosotros visitamos las dos más famosas, Santa Sofía y la Mezquita Azul.

El caso de Santa Sofía es curioso porque fue construida en el año 537 por el emperador romano Justiniano como una catedral ortodoxa, por ese entonces la más grande del mundo. Pero tras la caída de Constantinopla en 1453 fue convertida en una mezquita por los otomanos hasta que en 1931, con la fundación de la República de Turquía, fue secularizada y transformada en un museo. Todos estos cambios se notan en su interior, adornado tanto con figuras propias de la religión ortodoxa, como la virgen María o Jesucristo, y mosaicos y caligrafías típicos del Islam.

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Santa Sofía

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La Mezquita Azul se encuentra justo enfrente de Santa Sofía, cruzando la plaza de Sultanahmet, y llama la atención por su imponente aspecto exterior e interior, adornado con más de 20 mil mosaicos fabricados a mano donde predomina el color azul. De allí proviene su apodo, ya que en realidad se llama mezquita del Sultán Ahmed. A diferencia de su vecina todavía funciona como lugar de oración, por lo que hay horarios estipulados de visita y se deben respetar ciertas normas de conducta, como descalzarse antes de entrar y cubrirse el pelo las mujeres.

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La Mezquita Azul

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Al haber sido conquistada por tantos imperios diferentes, Estambul tiene vestigios de todo tipo. Los romanos, que construyeron Santa Sofía, también dejaron para la posteridad la impresionante Cisterna Basílica, una enorme sala subterránea que sirvió como depósito de agua de la ciudad por casi mil años. Es un verdadero palacio bajo tierra, con 336 columnas que sostienen la estructura, muchas de ellas ornamentadas. Destacan especialmente dos de ellas que en su base tienen la forma de la cabeza de Medusa, la criatura mitológica con serpientes en lugar de cabello que transformaba en piedra a quien la mirara directamente a los ojos.

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La cisterna

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La columna de medusa

Los otomanos, por su parte, además de la Mezquita Azul construyeron el elegante Palacio Topkapi, que funcionó como residencia oficial de los distintos sultanes. Hoy en día es un museo prácticamente sin mobiliario de la época, pero destaca por su gran colección de piezas antiguas, especialmente por la espada original del sultán Mehmet II, quien ocasionó la Caída de Constantinopla (y con ella del imperio romano), las reliquias de Mahoma (pequeños cofres con pedazos de su barba y otras partes de su cuerpo), el profeta más importante del islam a quien le fue revelado el Corán, y presuntamente original báculo de Moisés, con el cual abrió las aguas del Mar Rojo.

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A las reliquias no se les puede sacar fotos, por eso nos contentamos con los jardines del palacio

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El té turco es cosa seria, tanto que incluso en la calle se vende en tazas de vidrio y hay un mozo que las junta

Pero no todo es historia antigua en Estambul. Recientemente en Argentina tuvo mucho éxito la novela turca Las mil y una noches, popularizando de esta manera algunos de los rincones menos conocidos de la ciudad. Yo nunca la vi pero mi mamá sí y quería conocer el bar donde Burhan (uno de los personajes de la ficción) tomaba el té en muchos de los capítulos. Tras una breve investigación localizamos el lugar, situado dentro del pequeño bazar Tashan en el barrio de Fatih.

Después de tomarnos unos cafés y tés en las mismas sillas donde reflexionaba Burhan fuimos abordados por un turco que nos miraba desde lejos hacía un rato. Nos habló en español y nos invitó a ver su tienda de camperas de cuero ubicada a pocos metros. Les regaló un clavel a mi mamá y a Ro por el día de la mujer, nos explicó que su negocio aparecía también en la novela y nos mostró fotos de él con los actores. Hasta tenía una remera blanca estampada con una tapa de la revista Pronto donde aparecía Ergün Demir, uno de los protagonistas de Las mil y una noches que además bailó en el programa de Tinelli.

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El bar de Burhan, en la ficción y en la realidad

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Por supuesto tanta generosidad no podía ser desinteresada. Al terminar el paseo de la novela insistió en que le compráramos alguna campera de cuero, las cuales realmente se veían muy lindas pero no bajaban de 150 euros. Tras agradecerle y disculparnos por no gastar una fortuna en uno de sus productos dejamos el bazar. Seguro que alguno de los muchos argentinos que llegan allí buscando el bar de Burhan le compra algo.

Con la sensación de que nos había quedado mucho por ver nos despedimos de Estambul, una ciudad inabarcable y atrapante que amerita futuras visitas. También nos despedimos de mis viejos, que emprendieron el largo regreso a Argentina tras acompañarnos en nuestro recorrido por la última parte de Rusia, Grecia y Turquía. En cuanto a nosotros, nos subimos a un avión que nos llevaría a conocer el único continente que nos faltaba.

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Hasta el próximo reencuentro!

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4 comentarios en “Estambul: la ciudad de los mil y un matices

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