Destinos inesperados


El colectivo se sacude una vez más y me despierto con mi cabeza rebotando contra el aire como una pelota de ping pong, consecuencia directa de dormir sentado en un autobús que no destaca por sus comodidades. Son cerca de las tres de la mañana y me toma un momento recordar dónde estamos. Tantos países diferentes, tantos idiomas, tantas culturas… Me despabilo un poco y acomodo mis ideas: estamos en algún lugar de Croacia, yendo hacia Dubrovnik, en el sur. Venimos de Italia y atravesamos brevemente Eslovenia, que quedaba de paso. Teníamos pensado ir directamente a Austria, pero nos parecía una pena saltearse los Balcanes, así que nos desviamos. Bien, ya recuerdo. Puedo volver a dormirme tranquilo.

Me vuelvo a despertar, ya de día, con una voz gruesa que dice algo en un idioma ininteligible. Es el chofer del colectivo y larga un discurso de tres minutos en croata. Cuando termina lo resume en inglés: “frontera, control de pasaportes”. ¿Frontera? ¿Otra vez? Es que las sucesivas guerras que desmembraron a la ex Yugoslavia han trazado curiosas delimitaciones en esta región. Tanto es así que en poco más de un kilómetro el bus se detiene dos veces, y en ambas oportunidades suben oficiales de inmigración a chequear nuestros pasaportes. Es un punto en el mapa donde Croacia se parte para darle salida al mar a Bosnia.

Cumplidos los trámites migratorios tenemos la primera oportunidad de apreciar Croacia de día y la visión es impresionante. De un lado de la ruta, altas montañas pobladas de bosques; del otro, el mar Adriático, de un asombroso color turquesa que discurre en medio de infinitas islas. Tras unos pocos kilómetros, llegamos a Dubrovnik y el panorama no es menos espectacular: miles de casas que no superan los tres pisos, pintadas de color crema y con techos de tejas rojas, desperdigadas a lo largo de una hermosa península bañada por el mar. No en vano se conoce a esta ciudad como “La perla del Adriático”.

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Dubrovnik

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Placa, la calle principal

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Todo muy bonito, pero llueve a baldazos. Por suerte Miroslav, nuestro anfitrión de Airbnb (plataforma online para alquilar departamentos o casas por períodos breves), nos está esperando en su auto a escasos metros del bus. Un gesto que agradecemos, porque si tuviéramos que caminar terminaríamos más empapados que si nos lanzáramos al mar.

Nos ponemos en marcha de inmediato y atravesamos pulcras y pintorescas calles, amplias avenidas flanqueadas por palmeras y un puerto repleto de yates y algún que otro crucero. Es difícil pensar que hace poco más de 20 años se desarrolló aquí una de las guerras más duras de los últimos tiempos en el mundo Occidental. Hoy se conoce a Dubrovnik por cosas más mundanas, por caso, como una de las principales locaciones donde se filma la exitosa serie de televisión Game of Thrones.

A pesar de la belleza de la localidad y sus alrededores, la joya del lugar es la ciudad vieja, un conjunto de callejuelas de piedra rodeadas por altas murallas, donde predominan edificios señoriales e iglesias. Hoy toda la zona ha devenido en atracción turística y muy poca gente vive dentro del perímetro de los muros. En cambio, abundan los bares, restaurantes, heladerías y agencias de viajes, que si bien le quitan algo de magia no llegan a dañar la espectacularidad del casco histórico.

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Como disponemos de varios días podemos recorrer Dubrovnik a gusto y visitar parte de sus alrededores. Vamos a la Península de Lapad, donde se asientan impresionantes hoteles, y a la cercana isla Lokrum, que exhibe una deslumbrante naturaleza y está deshabitada. Al volver de la isla, y como todavía tenemos reserva de energía, subimos los 412 metros del monte Srd para disfrutar de una maravillosa vista de la ciudad desde arriba. Llegamos literalmente con la lengua afuera, pero el paisaje bien vale el esfuerzo.

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Impresionante. Dubrovnik desde las alturas

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Una desde la isla Lokrum

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Lokrum

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Otro día, sin haberlo planificado demasiado, terminamos en una trafic rumbo a Montenegro, el último de los países en independizarse de la ex Yugoslavia. No teníamos muchas referencias, pero en muchos blogs de internet lo nombraban como una visita imprescindible. De más está decir que esto no implica ninguna certeza, porque más de una vez hemos tenido nuestras diferencias con esa buena gente que emite sus opiniones como si fueran hechos consumados. Pero en fin, no teníamos nada mejor que hacer y estaba a menos de cien kilómetros de Dubrovnik, así que decidimos ir.

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Montenegro

A pesar de estar en tiempos de paz, las rispideces entre las dos naciones son evidentes. Especialmente los croatas, no olvidan que los montenegrinos fueron aliados de los serbios durante la guerra que dividió los Balcanes. La guía que nos acompaña desde Dubrovnik los critica sistemáticamente: los tilda de vagos y de mafiosos, y los acusa de no respetar las normas de tránsito y de sobornar a la policía, entre otras delicias.

Montenegro es un país relativamente nuevo. Se independizó en 2006 de Serbia mediante un plebiscito nacional, y desde entonces pugna por ingresar a la Unión Europea. Incluso utiliza el euro como moneda oficial. Una curiosidad, ya que Croacia sí forma parte de la Unión Europea pero tiene su propia moneda, la kuna.

En el área de los Balcanes se habla el mismo idioma, aunque los nacionalismos tan fuertes que imperan en la zona llevan a que en cada territorio se lo denomine de manera diferente. En Croacia hablan “croata”, en Montenegro “montenegrino”, en Serbia “serbio” y así sucesivamente. La verdad es que apenas varían los acentos y algunas expresiones, tal como sucede con Argentina y España, por ejemplo.

La primera parada en Montenegro la hacemos en Kotor, un pequeño pueblo medieval enclavado a la orilla de un espléndido fiordo rodeado de las altas y oscuras montañas que dan nombre al país. A pesar de ser una localidad pintoresca, el turismo está sobrexplotado y todas las construcciones dentro de las murallas están convertidas en negocios relacionados con los visitantes. Si bien en Dubrovnik pasa lo mismo, aquí es más chocante por ser más pequeño y tener incluso más tiendas. Para nosotros lo mejor está por fuera del casco histórico, en un hermoso y apacible sendero a la vera del mar que se encuentra inexplicablemente abandonado.

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Kotor

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Seguimos viaje unos kilómetros más y llegamos a Budva, una ciudad un poco más grande y moderna que Kotor. A los locales les gusta decir que la película de James Bond Casino Royale se filmó allí, y yo mismo recordaba haber visto que la trama decía desarrollarse en Montenegro, pero esto es falso. Aunque desconozco los motivos de mentir sobre la locación en el argumento, la realidad es que ni una simple toma fue rodada en los Balcanes. Por si acaso, en Budva hay un casino Royale que atrae a los despistados.

Esta segunda parada no nos resulta tan impactante como la primera, pero el entorno natural sigue siendo increíble. El agua tiene un color perfecto, es transparente y las montañas pobladas de árboles se reflejan en el mar como en un espejo. Los paisajes de este país nos remiten de manera ineludible a  nuestro año en Nueva Zelanda.

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Budva

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En el camino de vuelta a Dubrovnik, le preguntamos a la guía, una joven croata que no supera los 30 años, por sus sensaciones respecto a la ex Yugoslavia. Si bien ella dice no recordar prácticamente nada al respecto (Croacia se independizó en 1992), nos cuenta que su abuelo habla con nostalgia del pasado.

—Él dice que en Yugoslavia había trabajo, vivienda y vacaciones para todos —explica en un buen español—. Ahora falta empleo y a la gente grande no le alcanza para vivir. Con mi familia compartimos todos la misma casa.

Interesante punto de vista, aunque por supuesto no será el único que recogeremos en este viaje ni alcanzará para que logremos entender la compleja situación política y social de los países que componían la otrora gran república balcánica. No importa, por lo pronto brindemos por la buena decisión de aplazar Austria unas semanas y venir al sur a descubrir esta región. Y mejor pongámonos cómodos que todavía nos queda más de un trayecto en colectivo.

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