El Londres de ayer y hoy


Cuando se viaja frecuentemente se es víctima ocasional de la pregunta —a veces realizada por uno mismo—: ¿cuál es tu lugar favorito? Con tantos sitios recorridos me llevaría un buen rato repasarlos mentalmente a todos y encontrar una respuesta consistente. Hasta hace no mucho, sin embargo, hubiera dado el nombre de Londres sin dudarlo. A su favor estaba el hecho de ser el destino de mi primer viaje a Europa, con todos esos contrastes que a uno lo deslumbran la primera vez que cruza el charco. Pero, ¿seguiría siendo así después de haber visto tanto? Tenía que volver para comprobarlo.

La frontera de Inglaterra —perdón Su Majestad, Gran Bretaña— tiene fama de complicada. El reino atrae trabajadores de todo el mundo ansiosos por escapar de sus respectivas crisis, muchos de los cuales no tienen los papeles en regla para una estadía como la ley manda. Sumado a ello está el inherente nacionalismo británico, tendiente a desconfiar de todo lo que venga del exterior y, cuanto más lejos, peor. Si hacían falta pruebas basta con ver el resultado del referendum sobre la permanencia o no en la Unión Europea.

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Las Casas del Parlamento, el Big Ben, el Támesis y las nubes, una típica postal londinense

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Taxis negros, colectivos rojos, banderas británicas… Ya no quedan dudas

Llegamos en colectivo de línea al puerto de Calais, Francia, donde se encuentra la entrada al famoso Eurotúnel que cruza debajo del Canal de la Mancha y conecta con Gran Bretaña. Allí nos bajamos para atravesar los controles migratorios de salida de Europa —aunque los británicos formaban parte de la UE no adherían a su acuerdo de fronteras libres— y entrada en el reino. El oficial que controló la salida no se tomó mas de quince segundos y nos despachó sin darle importancia.

La entrada fue otra cosa. Nos preguntaron cuánto tiempo nos íbamos a quedar, qué íbamos a hacer, por dónde íbamos a viajar, cómo nos íbamos a ir, de qué trabajábamos, cuándo nos volvíamos a nuestro país y dónde nos íbamos a alojar, entre muchas otras cosas. Después de sudar la gota gorda durante un rato nos pusieron el bendito sello y nos dejaron pasar. La magia de las fronteras es que aunque uno esté completamente en regla te hacen sentir como un peligroso terrorista internacional. En retrospectiva no nos fue tan mal. De los aproximadamente cuarenta pasajeros que veníamos en el mismo colectivo tres tuvieron que bajar sus pertenencias y quedarse allí mismo porque no los dejaron pasar. No sabemos de qué nacionalidad eran, aunque dos de ellos hablaban inglés con un ligero acento sudamericano.

Londres nos recibió como mejor sabe: cielo gris plomizo, nubes desplazándose a gran velocidad y fuertes chaparrones intermitentes. Es la ciudad más molesta del mundo a la hora de vestirse. No importa cómo esté el clima cuando vayas a salir, siempre hay que agarrar, por si acaso, la campera de lluvia —pero no muy gruesa que da calor—, lentes, una gorra, algún abrigo liviano por si refresca y una malla, no vaya a ser cosa que salga el sol y tengamos que correr todos a la playa —bueno, no hay playa en Londres, es un decir.

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The Shard, el rascacielos más alto de Gran Bretaña

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El London Eye, la rueda gigante a orillas del Támesis

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Tower Bridge, el puente más famoso de Londres

La capital de Gran Bretaña es grande y cara. Alojarse en el centro es sólo para ricos o visitantes que no van a quedarse más que unos pocos días. Para nuestra estadía planificada de un mes tuvimos que buscar en los alrededores, y así encontramos un amplio departamento en el barrio de Deptford, en la zona 2 de Londres. Teniendo en cuenta que la ciudad está dividida en nueve zonas concéntricas que se alejan progresivamente del centro, nuestra ubicación no está tan mal.

Las calles de Deptford son la muestra exacta de lo que son los barrios londinenses de hoy: las construcciones típicas inglesas, abundantes en paredes de ladrillo rojo y adornos en hierro, se mezclan con un sinfín de locales de venta originarios de todos los países de Medio Oriente. Es parte del encanto de Londres, que casi no pertenece a Inglaterra, sino que es una ciudad del mundo. Se ha convertido en un lugar tan multicultural que ya no puede decirse que un pakistaní o un hindú sean menos londinenses que un jubilado de cara pálida y pelo canoso que toma champán mientras mira la qualy de Wimbledon en Roehampton. Incluso el alcalde de Londres es musulmán.

Es cierto que tanta gente mantiene la ciudad al borde del colapso. La basura se amontona peligrosamente en las veredas, los vehículos circulan a paso de hombre por la mayoría de las estrechísimas arterias de la ciudad y subirse a un vagón del Metro en hora pico equivale al intento de colarse en una fila de hinchas argentinos que esperan para sacar una entrada para ver a su equipo en la final del campeonato. Pareciera que sólo se necesita un mal día para que todo vuele por los aires.

Personalmente, creo que ese día estuvo muy cerca el miércoles que quisimos ir a Roehampton a tomar champán con los ancianos vitalicios, cuando viajamos en un total de ¡nueve! trenes entre la ida y la vuelta. Quizás hayamos errado nosotros en uno o dos de ellos, pero el servicio en general era un caos, con demoras, interrupciones y cancelaciones por razones tan variadas como desperfectos técnicos, una huelga de conductores y arreglos en las vías. Por supuesto que al llegar no había champán para nosotros, nos pidieron identificación para entrar al club—aunque era gratis— y los señores mayores ocupaban los mejores lugares, con lo cual tuvimos que sentarnos en una empinada cuesta natural al lado de las canchas. Sospecho que el resto de los espectadores ni siquiera utilizaba el transporte público.

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Codeándonos con la elite en Wimbledon

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El coqueto club de Roehampton

Para mezclarnos con un ambiente más popular también fuimos a ver a Las Leonas jugar contra Australia en el Champions Throphy, en el residencial barrio de Leyton. Es una zona abundante en parques y espacios recreativos —allí se ubica el Parque Olímpico que albergó los Juegos de 2012— en los márgenes del East End londinense. Antaño el East End configuraba el límite de la ciudad y era hogar por igual de malechores, vagabundos, pobres, prostitutas y asesinos. Una de sus más famosas celebridades pasó a la posteridad con el simpático apodo de Jack El Destripador.

Jack —que no se llamaba Jack, sino que fue un apodo inventado por los medios. De hecho nadie sabe cómo se llamaba ni quién era— asesinó de forma violenta a cinco mujeres en 1888. Su sombra sembró terror en las neblinosas noches del barrio de Whitechapel y cautivó el interés sensacionalista de los ricos y acomodados del oeste. Tal fascinación no dejó inmune siquiera a grandes personalidades como Arthur Conan Doyle, autor de los relatos de Sherlock Holmes, quien incluso llegó a ser consultado por Scotland Yard —la policía de Londres— sobre su opinión del caso.

La idea era simple: el escritor que había creado al mejor detective de todos los tiempos tenía que saber algo sobre investigar crímenes complejos. Lamentablemente, lo mejor que a Conan Doyle se le ocurrió fue la hipótesis de que el culpable se vestía como mujer para acercarse a las víctimas sin despertar sospechas. También sugirió a la policía que sus agentes se disfrazaran de prostitutas y actuaran como carnada para atraer al Destripador y detenerlo. Policías con falda y peluca persiguiendo a un travesti desconocido, sin dudas la imaginación de Conan Doyle daba para todo.

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Leonas en acción en el East End

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Lo tradicional y lo moderno se unifican en el Whitechapel contemporáneo

De Deptford al coqueto Roehampton, de Leyton atravesando el East End hasta Whitechapel, ninguna recorrida por Londres puede quedar completa sin llegarse hasta Piccadilly Circus, el centro neurálgico de la ciudad. La concentración de calles en ese punto en medio del Soho, Chinatown, Covent Garden y otros forman una especie de rotonda gigantesca en cuyo centro se levanta una estatua en honor de los esfuerzos filantrópicos de Lord Shaftesbury. El símbolo distintivo de Piccadilly son los enormes carteles publicitarios de neón que se alzan sobre la gente, colocados por primera vez en 1910 cuando la apertura de una nueva avenida y la demolición de varios edificios dejaron al descubierto las fachadas de otros bloques de viviendas, cuyos habitantes recibieron generosas ofertas para instalar anuncios luminosos sobre sus casas.

En un primer momento el ayuntamiento se opuso a la iniciativa, considerándola una “exhibición de mal gusto”, pero los publicitarios, respaldados por el dinero de sus anunciantes, ganaron la batalla legal por su derecho a instalar los anuncios. Las primeras marcas en estar presentes sobre Piccadilly Circus fueron Schweppes, el concentrado de carne Bovril y la ginebra Gordons. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial los letreros luminosos sólo fueron apagados en dos ocasiones: por el funeral de Winston Churchill en 1965, y por el de Lady Di, en 1997.

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Piccadilly Circus

Es demasiado pronto para decidir si Londres es la respuesta definitiva a la cuestión inicial de la mejor ciudad conocida hasta el momento. Pero apenas una semana después de haber llegado, es suficiente para constatar que sigue estando entre mis favoritas.

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