Por los pasillos de Oxford


Una de las consecuencias de vivir en un mundo globalizado es el hecho de que se puede hacer casi cualquier cosa desde prácticamente cualquier lugar. Podemos estudiar chino desde un monoambiente en Caleta Olivia o ver en vivo el estreno del último capítulo de esa serie lituana que tanto nos gusta sin movernos del sillón. Pero, y esto es una opinión muy personal, no es lo mismo. Hay lugares identificados especialmente con ciertas cosas. No es lo mismo comerse una pizza en una trattoria de Nápoles que hacerlo en un lujoso restaurante italiano de Palermo. No es lo mismo ir a la cancha en Rosario que asistir a un partido de beisbol en Toronto. No es lo mismo hacer un curso de reparación de PC en Auckland que estudiar en la Universidad de Oxford.

Puede sonar clasista, pero Oxford tiene en nuestro imaginario un aura especial asociada a su prestigio como casa de altos estudios. De ahí a que verdaderamente lo sea hay un largo trecho —por lo pronto sabemos que ha sido el hogar predilecto de los hijos de la clase acomodada por casi 800 años—, pero sus imponentes edificios de piedra, sus calles adoquinadas y sus grandes jardines cubiertos por un césped que parece una alfombra provocan más ganas de leer un libro que de comerse una triple de queso en McDonald´s.

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Oxford

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Equivalente al Puente de los Suspiros de Venecia en Oxford

Tanta fama proviene, por supuesto, de la Universidad de Oxford, la universidad de habla inglesa más antigua del mundo, que aunque no se sabe con certeza cuándo fue fundada se supone que sucedió en algún momento del siglo XIII. No es exactamente la idea de universidad que nosotros tenemos en mente, sino que es una institución que agrupa colegios autónomos, con sus propios edificios, empleados y presupuesto. Hay 38 colleges en la Universidad de Oxford y todos ellos proveen a sus estudiantes de alojamiento, comida, bibliotecas, actividades deportivas y sociales. Aunque de una probada excelencia académica, son excesivamente caros y para alguien de la clase baja es casi imposible llegar a estudiar allí.

Para aquellos que, aunque esté fuera de sus posibilidades económicas o académicas, quieren decir que estudian en Oxford, existe la Universidad Oxford Brookes, cuyos requisitos de ingreso son mucho menos exigentes. También hay un importante número de “colegios independientes” que no están relacionados con ninguna de las dos universidades pero que son bastante populares, especialmente entre los estudiantes extranjeros.

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Christ Church college

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Oriel college

Entre las personalidades más conocidas que salieron de la Universidad de Oxford original podemos nombrar a los escritores Lewis Carroll —autor de Alicia en el país de las maravillas—, C. S. Lewis —Las crónicas de Narnia—, Oscar Wilde —El retrato de Dorian Gray— y J. R. R. Tolkien —El señor de los anillos. También el economista Adam Smith, los filósofos John Locke y Thomas Hobbes, cuarenta y siete ganadores del Premio Nobel y veintiséis primeros ministros del Reino Unido —Margaret Thatcher, Tony Blair y David Cameron entre ellos.

Incluso Bill Clinton asistió a Oxford en 1968, según algunos de sus detractores para evitar el servicio militar obligatorio —y la posibilidad de ir a la Guerra de Vietnam— por encontrarse en el extranjero. De cualquier manera, en la ciudad se lo recuerda más por sus memorables jornadas de cerveza y cigarrillos en el Turf Tavern, un típico bar inglés. Fue también en ese lugar donde un joven Bob Hawke —quien se convertiría en primer ministro de Australia entre 1983 y 1991— entró en el libro Guinness de los récords al beber una yarda de cerveza en sólo once segundos. La yarda es una medida inglesa que equivale a 1.4 litros, así que ya podemos apreciar la magnitud de tal logro. El mismo Hawke sugirió en sus memorias que ese simple hecho contribuyó más a su éxito político que cualquier otra cosa.

Otro famoso que se paseó por Oxford fue Harry Potter, el joven mago creado por la escritora inglesa JK Rowling. Si bien es cierto que Harry estudió en la ficticia escuela de Hogwarts, las escaleras de mármol, los impresionantes techos abovedados y las viejas bibliotecas de largos pasillos que se utilizaron para dar vida en el cine al colegio de magia tienen su origen la ciudad universitaria. Además, el enorme comedor del Christ Church, uno de los colleges con más tradición de Oxford, fue recreado en un set de filmación en Londres para representar el salón de los banquetes de Hogwarts.

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El comedor que inspiró al de Hogwarts

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Las escaleras de Harry

La biblioteca Bodleiana, el principal centro de investigación de la Universidad de Oxford, también formó parte de la filmación de las películas de Harry. El salón Divinity School se utilizó para representar la enfermería en Harry Potter y la piedra filosofal y era el lugar donde los alumnos aprendían a bailar en Harry Potter y el cáliz de fuego. A su vez, la sala principal en la que se encuentran los libros más importantes era en la ficción la propia biblioteca de Hogwarts.

En la vida real, la biblioteca Bodleiana alberga más de 12 millones de ejemplares, entre los cuales están todas las publicaciones que tengan copyright británico. Dentro de su fantástica colección hay verdaderas joyas, como la primera biblia impresa por Guttemberg en 1455, dibujos originales de Tolkien y C.S. Lewis, un manuscrito de la Carta Magna, notas personales de Franz Kafka y un libro de Shakespeare editado en 1623.

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El Divinity School, o la enfermería mágica de Harry Potter

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La biblia de Guttemberg

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Mapa de Lewis y dibujo de Tolkien

Pese a la fama y el prestigio que la universidad le da la pequeña ciudad de Oxford —150 mil habitantes—, las relaciones entre los estudiantes y los habitantes de la localidad no siempre han sido cordiales. Especialmente en la edad media eran muy comunes los enfrentamientos entre ambas clases, derivados de una incomprensión mutua y de ciertas actitudes por parte de los académicos que irritaban sobremanera al pueblo. Por caso, los estudiantes de la universidad gozaban de algunas excepciones a la jurisdicción de los tribunales civiles ordinarios, con lo cual tenían vía libre para romper las leyes casi con impunidad. Sumado a esto, el hecho de que muchos de ellos fueran extranjeros, con costumbres y vestimenta ajenas al lugar, y que en algunos casos ni siquiera hablaran inglés, sino latín, contribuyó a que las relaciones entre los estudiosos y la gente del pueblo se deteriorara gradualmente: de un lado sólo veían arrogancia y del otro, resentimiento.

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La tensión estalló definitivamente en febrero de 1355, luego de que dos alumnos de la universidad se quejaran con un tabernero local por la mala calidad de sus bebidas. La discusión se fue acalorando hasta que los dos jóvenes terminaron por vaciar sus vasos en la cara del tabernero, iniciando un fuerte conflicto general en los cuales se enfrentaron los estudiantes y los residentes de Oxford armados con palos, piedras y cadenas. Tras dos días de batalla en las calles se apaciguaron los ánimos, dejando un triste saldo de 63 escolares y 30 habitantes del pueblo muertos.

Con el correr de los años las relaciones fueron mejorando y el gobierno fue terminando lentamente con los privilegios de los académicos. Los taberneros desarrollaron mejores cervezas, todos bebieron en el Turf Tavern, brindaron por el récord de Hawke y fueron felices para siempre. O al menos hasta que un mago tenebroso llamado Lord Voldemort decidió gobernar el mundo. Pero esa es otra historia.

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