La vuelta a Escocia


La miré y no podía creerlo, debía haber algún error. Cuando alquilamos una campervan para recorrer Escocia esperábamos recibir un vehículo un poco más grande que un auto pero más pequeño que una camioneta, con dos asientos adelante y en la parte de atrás una mesa rebatible que se desarma para convertirse en una cama. Bueno, por dentro esencialmente era eso. Pero por fuera…

La empresa Wicked, a la que le alquilamos la van en cuestión, se caracteriza por pintar a sus vehículos de un modo estrafalario, que roza lo escandaloso. Supongo que tienen esta idea de que esas cosas gustan al público joven, a los viajeros independientes, a los neo hippies o vaya uno a saber a quién. Nosotros la elegimos sencillamente porque era lo más barato en el mercado. Y si bien sabíamos que nos darían algo extravagante, no esperábamos de ninguna manera… eso.

Era negra, y de un lado tenía pintada una enorme calavera amarilla con bigote estilo mexicano y lentes de sol, dentro de cuya cabeza podía leerse “Eagles of Death Metal”. A la altura de la puerta del conductor añadía la frase “death by sexy” (muerto por sexy), rodeada de pequeños corazones. El otro lado era aun peor. Un cuarentón de melena se llevaba una manzana a la boca en una forma algo sugerente, mientras que el “Eagles of Death Metal” se repetía, esta vez consumiéndose en las llamas. Miramos los otros vehículos disponibles para alquilar y entendimos que podría haber sido peor. Al menos no nos había tocado la que exhibía la leyenda “drop acid not bombs” (sería algo así como “tomá drogas alucinógenas, no tires bombas”, una frase muy de los sesenta). Hubiéramos tenido unas charlas muy interesantes con la versión británica de la DEA.

Nuestro recorrido por Escocia había empezado en la capital, Edimburgo, la segunda ciudad más visitada del Reino Unido después de Londres. Tras andar un poco entendimos por qué en su momento nos había gustado tanto Dunedin, en Nueva Zelanda, ciudad que obtiene su nombre de la derivación de Edimburgo en gaélico escocés. Los mismos edificios victorianos, las mismas pequeñas calles llamadas closes, las mismas colinas verdes a su alrededor.

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Edimburgo

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Por supuesto que el Edimburgo original le suma algunas cosas, como un impresionante castillo sobre la ciudad vieja, que llama la atención no tanto por su arquitectura como por su emplazamiento, en lo alto de una montaña de piedra en el medio de la ciudad que en sus orígenes fue un volcán. Desde allí, una calle empedrada conocida como la Royal Mile desciende la colina hasta el palacio de Holyrood, residencia de la reina Isabel durante algunos días al año. La Royal Mile es el epicentro de la movida en la capital, llena de pubs, tiendas de recuerdos y artistas callejeros. Para darle al ambiente un tono bien escocés el sonido de las gaitas flota en el aire, impulsado por algún que otro músico que sopla su instrumento en una esquina o por cualquier puesto de ventas que busca atraer turistas con la música tradicional.

Edimburgo fue la cuna de importantes escritores como Arthur Conan Doyle, Robert Louis Stevenson, Walter Scott y Robert Burns. Y aunque no nació en Escocia, JK Rowling escribió el primer libro de la saga de Harry Potter en la ciudad, dándole fama a una serie de lugares que antes del joven mago quedaban fuera del radar turístico. El principal beneficiado fue sin dudas el pequeño bar Elephant House, donde Rowling solía pasar algunas tardes dándole forma a su primer libro. A pesar de ser un bar como cualquier otro, hoy en día presume de ser el lugar de nacimiento de Harry y recibe clientes de todo el mundo. Cruzando la calle, el cementerio de Greyfriars también ha ganado reconocimiento, ya que habría servido de inspiración para la batalla entre Harry y Lord Voldemort al final de El Cáliz de Fuego, cuarto libro de la saga. Además, si se camina entre las tumbas es posible encontrar lápidas con los nombres de Thomas Riddell y William McGonagall —proclamado el peor poeta de la historia del Reino Unido—, quienes inspiraron los nombres de Tom Riddle y Minerva McGonagall en los libros.

Para completar las musas de Rowling, no muy lejos del cementerio y el bar está el colegio George Heriot, fundado hace más de 400 años para que los niños huérfanos pudieran recibir educación gratuita. Las similitudes con el colegio Hogwarts de Harry Potter no residen en las murallas y los pasadizos, sino que en el George Heriot sus alumnos también se dividen en cuatro casas de estudio y suman puntos para una competencia anual a través de distintas actividades.

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No podía faltar

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Con mi ídolo personal, Sherlock Holmes

Agotado nuestro tiempo en la capital escocesa fuimos a retirar la campervan de alquiler y nos llevamos esa monstruosidad. En un primer momento la apodamos Paolo, por el personaje hippie Paolo el Rockero de la película argentina Los bañeros más locos del mundo, pero al fin y al cabo estábamos en el Reino Unido, por lo que creímos más adecuado renombrarla como Sir Paul. Se llame como se llame, no dejaba indiferente a nadie. En cada semáforo que nos deteníamos éramos el blanco de todas las miradas, con reacciones que iban desde la risa hasta la repulsión. Salimos cuanto antes de la ciudad, deseosos de tomar la ruta y alejarnos de la humillación pública, aunque nuestro calvario no había hecho más que empezar.

Poco más de una hora después llegamos a nuestro primer destino, The Kelpies, dos colosales cabezas de caballo construidas con planchas de acero, con una altura de 30 metros y un peso de más de 300 toneladas cada una. Estas esculturas rinden homenaje a los kelpies, criaturas sobrenaturales que según la mitología escocesa rondan los lagos, ríos y riachuelos y son capaces de cambiar de forma para atraer a sus víctimas. Se dice que suelen adoptar el cuerpo de un caballo y que quien intenta montarlo es arrastrado por el kelpie hacia el fondo del lago o río y es devorado. Sobrecogedor, pero nada comparable con la expresión de la mujer que cobraba el estacionamiento de The Kelpies al vernos llegar.

—Esa es una van muy… interesante —dijo, sin salir de su asombro.

—Sí, la odio. ¿Cuánto el estacionamiento?

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Los enormes kelpies

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Fácil de encontrar en cualquier estacionamiento

Dejamos atrás las criaturas mitológicas y las miradas indiscretas y nos dirigimos a Bannockburn, sitio histórico donde los escoceses obtuvieron una trascendental victoria contra los ingleses en 1314, durante las Guerras de independencia de Escocia. El lugar estaba bastante tranquilo y la poca gente que había se congregaba en una cafetería dentro del centro de visitantes. Fuera, una bandera de Escocia flameaba en el medio de un solar y a pocos metros se levantaba una estatua de Robert the Bruce, el rey escocés que más hizo por la independencia de su territorio. Curiosamente, el monumento a la independencia de Escocia fue inaugurado por la reina Isabel II, cuyos ancestros se opusieron terminantemente a la autodeterminación de los pueblos de la isla.

A pocos kilómetros de Bannockburn llegamos a Stirling, otro lugar importante en la historia escocesa, ya que fue allí donde el caudillo William Wallace derrotó a los ingleses —varios años antes que Robert the Bruce—, en un momento donde tal tarea parecía imposible. El monumento a Wallace tenía una significativa mayor cantidad de visitantes que el de Bruce lo cual es entendible, dada la popularidad que el caudillo ganó con la película Corazón Valiente protagonizada por Mel Gibson.

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Sutil

Pero Stirling quedará en nuestro recuerdo por algo que nada tiene que ver con la independencia de Escocia. Resulta que queríamos comprarnos unas bolsas de dormir para las frías noches escocesas, así que nos dirigimos al único shopping de la ciudad. La entrada al estacionamiento era un estrecho camino cuesta abajo de unos 50 metros de largo. Al principio había una de esas barras que miden la altura de los vehículos y nuestra van la rozó levemente al pasar, pero no le dimos mayor importancia y bajamos por la pendiente. No sé qué pensábamos. Que si pasábamos ahí ya estábamos adentro, que era una señal sin importancia, que nuestro auto no era tan alto.

Nada de eso. Al llegar abajo, a la entrada del edificio del estacionamiento, nos dimos cuenta de la cruda realidad: la barra del principio no estaba ahí de adorno, era la altura del techo del estacionamiento, ergo, no podíamos entrar porque el techo era muy bajo para nuestro vehículo. Mientras llegábamos a esta conclusión notamos que otros autos habían descendido la pendiente detrás nuestro, por lo que nos vimos completamente encerrados. Adelante, el techo bajo; a los costados, un paredón de hormigón; y atrás, una fila de al menos diez impacientes conductores que esperaban entrar al estacionamiento.

Nos miramos con Ro sin saber qué hacer y convinimos en contener el pánico. Nada más terminar de decir esto, yo entré en pánico. Ella, por suerte, mostró mejor temple, se bajó del auto y empezó a caminar cuesta arriba explicándoles uno por uno a todos los conductores lo que nos había sucedido y pidiéndoles por favor que hicieran marcha atrás para que pudiéramos salir. Increíblemente sólo recibió condolencias, nadie la insultó ni se enfureció. Verdaderamente los escoceses son gente muy comprensiva. Luego de unos minutos que parecieron horas la fila empezó a retroceder y finalmente pudimos dar marcha atrás y alejarnos de allí a toda velocidad.

Todavía nerviosos por el desmadre que habíamos causado en Stirling volvimos a la ruta para seguir nuestro camino hacia el norte, entrando en la región de las Tierras Altas de Escocia (Highlands, en inglés), una zona montañosa con baja densidad de población y fuerte influencia de la cultura celta. Rápidamente nos vimos inmersos en el impresionante Glen Coe, un valle de altas montañas cubiertas por prados verdes, alimentados por las intensas lluvias que caen periódicamente en Escocia. Nos detuvimos en un mirador a contemplar el sobrecogedor paisaje del Glen Coe y mientras estacionaba vi por el rabillo del ojo a una mujer gesticular con la boca a través del vidrio de un motorhome, sin quitarnos los ojos de encima. Casi que podía imaginar lo que decía:

—Jesus Christ, Peter —en mi cabeza los británicos siempre se llaman Peter—. What in the name of God is that? —. Significaría “por Dios, qué es eso”. También los imagino muy religiosos al hablar.

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Glen Coe

Sacamos algunas fotos del impresionante valle y, todavía con la vista de la mujer clavada en nuestras espaldas, subimos a la van y volvimos a la ruta. Algunos kilómetros más adelante llegamos al pequeño pueblo de Callander, muy pintoresco con sus casas de piedra y sus flores en los balcones. Repuestos del susto de Stirling decidimos intentar de nuevo conseguir las bolsas de dormir, pues la noche se acercaba y el cielo gris presagiaba frío. Estacionamos a Sir Paul en una calle lateral, lejos de los ojos inquisidores, y caminamos por la pequeña calle céntrica de Callander en busca de alguna tienda. Tras caminar unos pocos metros encontramos un negocio que ofrecía equipo de camping, aunque lamentablemente había vendido las últimas bolsas de dormir en el transcurso de la tarde.

—¿De dónde son? —nos preguntó el vendedor, un hombre de alrededor de 70 años, al notar nuestro acento evidentemente extranjero.

—Argentina.

—¡Argentina! ¡Me encanta Argentina! ¿Cómo era el nombre de él? Ese famoso futbolista que tienen ustedes.

—¿Messi?

—No, no. El otro, el de la mano de Dios.

—¡Maradona!

—¡Sí, Maradona! Me encanta Maradona, es el mejor jugador que he visto en mi vida. Y además humilló a Inglaterra. Aquí en Escocia queremos a cualquiera que humille a los ingleses.

No pudimos menos que sonreír, aunque hubiésemos querido abrazarlo. ¡Esos eran escoceses! Conseguimos las bolsas de dormir en una tienda cercana y llegamos a Fort William, donde dimos por terminada la primera etapa del viaje. Tras un merecido descanso nos despertamos con los primeros rayos del sol y un cielo, para variar, cargado de nubes. Mientras acomodábamos unas cosas en el auto y nos preparábamos para el segundo día de travesía dos mujeres que pasaban por allí se detuvieron sorprendidas, como no, por nuestro lisérgico medio de transporte.

—Disculpen —dijo una de ellas, excusándose por mirarnos con tanta atención—, pero es que somos de Nueva Zelanda y allá son bastante populares este tipo de campervan Wicked.

Lo sabíamos, ya que durante nuestra estadía en Oceanía nos habíamos cruzado innumerables veces con ese tipo de autos y hacíamos chistes sobre sus ocupantes. Maldito karma.

—Actualmente hay una gran polémica en nuestro país sobre este tema —prosiguió la mujer—. Algunos camping han empezado a prohibir este tipo de van por considerarlas de mal gusto.

Que suerte, pensé para mis adentros. Quizás pronto seguirían su ejemplo en el resto del mundo y en el futuro deberían pintarlas de una forma menos sugerente. De negro, por ejemplo. Hablamos durante un rato con las mujeres sobre nuestra experiencia en Nueva Zelanda y al despedirnos nos invitaron a volver pronto a su país.

—Lo haremos —prometimos—. Pero no con una Wicked.

El segundo día de viaje comenzó con un desvío hacia el cercano viaducto de Glenfinnan, donde todos los días a las once de la mañana pasa el Jacobita, un tren turístico a vapor que fue utilizado para filmar todas las escenas del Hogwarts Express —aquel tren que lleva a los niños al colegio de magia— en las películas de Harry Potter. Tuvimos que subir por un sendero cuesta arriba en la montaña y sacar varias veces los pies del barro hasta encontrar un lugar adecuado desde donde ver pasar el Jacobita, pero valió la pena. De alguna manera crecimos viendo esa locomotora echando humo entre las montañas escocesas.

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El Jacobita

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Lagos por doquier

Dejamos atrás Glenfinnan y nos dirigimos a Skye, la segunda isla más grande de Escocia pero con poco menos de diez mil habitantes, de los cuales casi la mitad todavía habla gaélico escocés como primera lengua. Nos encontramos con un dramático escenario montañés, con altos riscos de piedra que se perdían entre las nubes, largos valles de escasa vegetación con riachuelos alimentados por pequeñas cascadas que salían de las montañas y una irregular línea costera con múltiples entradas del mar.

A medida que nos adentrábamos en la isla se acrecentaba la sensación de estar en un lugar donde la naturaleza estaba enojada. Llovía con una fuerza descomunal y soplaba un viento huracanado que sacudía el auto con violencia, a tal punto que el agua parecía venir del costado y no de arriba. De la misma manera, el mar se mostraba embravecido y el sol no era más que una bella utopía, atrapado por nubes oscuras que no le dejaban ni el más mínimo resquicio. Para terminar de recrear un paisaje estremecedor los caminos eran tan estrechos que solo pasaba un auto a la vez. Si se daba el caso que dos vehículos se encontraban de frente uno debía tomar la valiente decisión de retroceder marcha atrás hasta encontrar una saliente y dejar suficiente espacio para el otro. A pesar de haber estado en Siberia con 25 grados bajo cero y en el desierto australiano con 50 de sensación térmica, nunca experimentamos un ambiente tan hostil.

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Isla de Skye

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Pasamos una noche en Skye, durante la cual el clima no dio tregua, y al día siguiente volvimos al continente todavía impresionados por la fuerza de la naturaleza. Por suerte llegando a Inverness, el centro administrativo de las Highlands, ya no llovía tanto y pudimos apreciar el famoso lago Ness, uno de los lagos más grandes de Escocia y cuya principal importancia está dada por la leyenda que lo indica como el hogar de Nessie, un enorme monstruo marino legendario.

Los rumores de un presunto animal sobrenatural en el lago vienen de larga data. La primera referencia conocida se encuentra en la Vita Columbae, un texto del siglo VII que cuenta la vida de Columba de Iona, uno de los monjes misioneros gaélicos que reintrodujeron el cristianismo en Escocia a comienzos de la Edad Media. Según el autor, mientras caminaba por la orilla del lago Ness Columba encontró a un grupo de pictos —antigua tribu que habitaba en el norte de Escocia— que estaban enterrando a un hombre que había matado el monstruo, y salvó a otro que estaba en el agua haciendo la señal de la cruz y gritando “no irás más lejos”, lo cual aterrorizó a la bestia y asombró a los pictos, quienes glorificaron al Dios de Columba.

Desde entonces el mito se fue acrecentando con el paso del tiempo, llegando a adquirir especial popularidad a finales del siglo XIX y comienzos del XX con numerosas apariciones en los periódicos, donde supuestos testigos relataban sus experiencias con el monstruo que no tardarían en apodar Nessie. El diario británico Dairy Mail fue incluso más lejos y en 1934 publicó una fotografía que parecía mostrar a una enorme criatura que se asomaba en el agua. Pasaría más de medio siglo hasta que en 1994 el propio diario admitiera que había falsificado la imagen, lo cual de todas maneras no hizo mella en la popularidad de Nessie, ya que la foto había sido difundida como evidencia de su existencia por todo el mundo y su desmentida no tuvo demasiada repercusión.

Lamentablemente, a pesar de que pasamos horas mirando hacia el lago, nosotros no pudimos ver nada. Complotó el hecho de que había vuelto la lluvia, acompañada de una densa bruma que rápidamente transformó el Ness en una masa amorfa de agua de límites difusos. Donde sí pudimos ver a Nessie fue en las tiendas de souvenirs de Inverness, donde el monstruo tenía gran variedad de merchandising, recreado como una especie de dinosaurio, con rostro amable, verde y en ocasiones con un gorro con el típico tartán escocés —el tejido cuadriculado que solemos asociar con Escocia. Tal es la popularidad de Nessie que incluso tiene su propio club de fans, el Loch Ness Monster Fan Club.

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Lago Ness. Nada a la vista

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Inverness

Listos para encarar la recta final volvimos hacia el sur, ya que debíamos devolver a Sir Paul a su hogar en Edimburgo, con tiempo de hacer una última parada en la abadía de Dunfermline, una antigua iglesia que sufrió constantes remodelaciones durante su historia y que en la actualidad guarda uno de los tesoros más preciados de Escocia: la tumba de Robert the Bruce, el rey que liberó a su país del dominio de Inglaterra. Una sencilla lápida de mármol con el rey Robert dibujado y una inscripción en latín señala el lugar donde está enterrado el héroe nacional. Aunque parezca una tontería, pues ni es mi rey ni es mi país, no pude evitar sentir un leve estremecimiento contemplando la tumba de ese hombre. Después de haber dado la vuelta a Escocia, entrando en contacto con su historia y con su cultura, no podíamos terminar el viaje en un lugar mejor.

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La tumba de Robert the Bruce

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