En la ciudad de la furia


Belfast, 1969. La escalada de violencia que azota la capital de Irlanda del Norte no conoce límites. Las calles son improvisados campos de batalla donde los habitantes arrojan piedras, granadas de mano y cócteles molotov, queman casas, negocios y autos y la policía se despliega con tanques blindados y ametralladoras buscando contener —aunque sólo logran incrementar— el caos.

Belfast, 2016. Robert, nuestro anfitrión de Airbnb, llega media hora tarde a abrirnos la puerta. Ni se disculpa y pasa directamente a mostrarnos la casa de forma rápida, sólo quiere terminar su jornada laboral, dice. No parece preocupado por el conflicto ideológico que divide a su país, aunque quizás ni siquiera sea su país. Se mudan tantos extranjeros al Reino Unido hoy en día que es difícil saber quién es británico y quién no.

No hace falta ser un gran viajero para darse cuenta que Belfast no es una ciudad linda. Muchos edificios lucen abandonados, todo tiene aspecto descuidado y no hay demasiada gente en ningún lado. Si no fuera por algunos atractivos naturales que popularizó la serie de televisión Game of Thrones los turistas ni se acercarían a Irlanda del Norte. Y no se los puede culpar.

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Belfast

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Belfast, 1921. En el sur de la isla acaba de proclamarse la República de Irlanda, separada definitivamente del Reino Unido. En el norte, donde los protestantes son mayoría, se celebra con júbilo que seguirán siendo británicos. Es el nacimiento de Irlanda del Norte como tal y la división de la isla de Irlanda, unida históricamente bajo el gobierno de la monarquía británica.

En el siglo XVI el rey Enrique VIII, harto de las continuas rebeliones de los católicos irlandeses, implementó una política de reemplazo de población, enviando al norte de Irlanda a numerosos ingleses y escoceses de toda condición social, pero protestantes, la religión oficial del reino. Los antiguos dueños de esas tierras fueron asesinados, esclavizados u obligados a huir hacia el sur de la isla, donde los católicos eran mayoría. Así nació, de facto, la división de Irlanda, aunque políticamente seguía siendo una sola.

Para comienzos del siglo XX la isla estaba superpoblada, quebrada socialmente entre católicos y protestantes y aquejada por la miseria, especialmente los sureños. En 1916, un grupo de rebeldes decidieron que no podían aguantar más y se levantaron en armas en Dublin. El levantamiento fue rápidamente aplastado y castigado por el ejército británico, pero la brutalidad de su accionar terminó de convencer a los indecisos: Irlanda no merecía aquello, Irlanda debía ser independiente.

En 1919 hubo elecciones parlamentarias y los rebeldes, bajo la bandera del partido Sinn Fein, ganaron por amplio margen. Pero en lugar de tomar sus bancas en Londres los elegidos se reunieron en Dublin, proclamaron la República de Irlanda y entraron en guerra contra el Reino Unido. Y aunque eran superados en número y armamento por el ejército británico pusieron a la corona entre la espada y la pared: o cedían o reprimían con violencia, porque esos irlandeses estaban dispuestos a todo.

Cedieron. Admitieron que Irlanda fuese un país libre, con la condición de que seis de los nueve condados que formaban la provincia irlandesa del Ulster en el norte permanecieran en el Reino Unido. Era la zona con mayor predominancia de protestantes, históricamente favorables a seguir siendo británicos, ya que gracias a sus intercambios comerciales con Inglaterra eran prósperos económicamente y temían perder sus privilegios si eran gobernados por los católicos. Los irlandeses del sur estuvieron de acuerdo y así Irlanda del Norte apareció oficialmente en el mapa.

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Murales protestantes que recuerdan atentados del IRA

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“Malditas tus concesiones Inglaterra, queremos nuestro país”, avisan los republicanos, junto a la declaración de la independencia de Irlanda

Belfast, 2016. Caminamos por Shankill Road, la calle principal de la zona protestante de la ciudad. Sí, tan dividida está la gente que se separan por barrios según su religión y afinidad política. Si son protestantes se presume que son unionistas, es decir que defienden que Irlanda del Norte siga siendo una provincia británica. Si son católicos, es casi seguro que sean republicanos, o sea que reclaman abandonar el Reino Unido e incorporarse a la República de Irlanda.

Si uno tiene dudas de en qué parte de la ciudad se encuentra, sólo basta con mirar alguna de las cientos de banderas que adornan las calles, los comercios y las casas. En Shankill Road la bandera británica tiene el predominio absoluto, acompañada en menor medida por el Ulster Banner, bandera oficial del país hasta que el gobierno británico la prohibió en 1972 al suspender la autonomía del Estado. Es la que todavía se utiliza en algunas competiciones deportivas, como el fútbol: blanca, atravesada por la cruz roja de San Jorge —al igual que la bandera inglesa—, con una estrella de seis puntas en el centro que representa el número de condados que pertenecen a Irlanda del Norte, la corona imperial como símbolo de lealtad a la monarquía británica y una mano roja.

Este último símbolo proviene de una antigua leyenda celta según la cual los habitantes del Reino del Ulster acordaron elegir a su monarca a través de una carrera de embarcaciones capitaneadas por los candidatos a rey. El primero que tocara la orilla con su mano sería coronado. Con cierta astucia, uno de los competidores se cortó una mano en plena carrera y la lanzó a tierra, por lo que ganó la carrera —al fin y al cabo fue el primero en tocar la orilla— y se convirtió en el soberano del Ulster, a la vez que la mano ensangrentada pasaría a ser su emblema.

Cuando llegamos a Falls Road, la principal arteria católica de la ciudad, las banderas que flamean en lo alto cambian radicalmente. Ahora sólo podemos ver la tricolor verde, blanca y naranja de la República de Irlanda y otra con un trébol en el centro rodeado de los escudos de las cuatro provincias históricas de Irlanda. No son los únicos símbolos que marcan pertenencia, los murales también tienen un papel preponderante, recordando tragedias, mártires y glorias de ambos bandos.

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Banderas unionistas en Shankill Road

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En Falls Road recuerdan a un militante del IRA

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Posada “El Rebelde”. “Ejército británico no es bienvenido en esta zona”. ¿Adivinan en qué barrio es?

Belfast, 1972. La batalla en las calles no da respiro, con bajas de católicos, protestantes y del ejército británico, que ha comenzado a enviar tropas para contener, sin éxito, el desmadre. Todo comenzó porque los republicanos estaban hartos de las décadas de injusticia que siguieron a la separación de Irlanda, sin derecho a voto, ni posibilidad de acceder a cargos públicos ni acceso a viviendas estatales. Sus protestas, pacíficas al principio, fueron brutalmente reprimidas por los unionistas y los republicanos no tardaron en responder.

Ya no hubo freno posible. Surgió el IRA como brazo armado de los republicanos-católicos y el UVF contraatacó por el lado de los unionistas-protestantes. A principios de los 70 las bombas explotan por todos lados, hay batallas callejeras, ejecuciones a sangre fría y enfrentamientos con la policía y el ejército. En Londres se niegan a reconocerlo, pero es una guerra hecha y derecha.

En Derry, la segunda ciudad más grande de Irlanda del Norte, los republicanos convocan a una marcha en protesta por la gran cantidad de personas detenidas y torturadas por las autoridades sin mediar cargos ni jueces. Desde Londres ordenan al ejército detener la marcha. Así lo hacen, y disparan indiscriminadamente a civiles desarmados y pacíficos, con un saldo total de catorce muertos. Es el domingo sangriento de la canción de U2 (Sunday bloody sunday). La masacre termina de descontrolar la situación, convirtiendo a Irlanda del Norte en el escenario de una cruenta guerra civil por los siguientes 25 años.

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El muro que divide Belfast

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A la noche los portones se cierran y no pasa nadie

Belfast, 2016. Mientras caminamos desde el barrio protestante al católico nos topamos con una barrera infranqueable. No es una barrera ideológica, sino una muy tangible. Es un muro de ocho metros de alto que se extiende a lo largo de 34 kilómetros dividiendo la ciudad según las creencias de sus habitantes. Las primeras secciones del muro se empezaron a construir en 1969, con el inicio de la escalada de violencia, y en los últimos años su tamaño no ha hecho más que aumentar. En determinadas partes del muro hay portones que se abren para dejar paso a los automovilistas y peatones, pero sólo durante el día. De noche, a las diez, se cierran hasta las seis de la mañana del día siguiente. Es el Muro de Berlín, en Belfast, en pleno siglo XXI.

Desde mediados de los 90 unionistas y republicanos han ido tejiendo un acuerdo que les permitiese formar un gobierno propio y recuperar su autonomía, pero repentinos estallidos de violencia han llevado a que el Reino Unido suprimiera su estatus de nación constitutiva —como Gales y Escocia— una y otra vez. Con el desarme del IRA en 2005 y del UVF en 2007 la cosa pinta mejor, y parece que esta vez un gobierno autónomo —formado por unionistas y republicanos— es posible.

Aunque quizás todavía sea muy pronto para mostrarse optimistas. En 2013, tras la decisión de que la bandera británica no ondearía todos los días en el ayuntamiento de Belfast, estallaron nuevos disturbios que terminaron con más de doscientos policías y civiles heridos. La grieta está muy latente en Irlanda del Norte. Y esta historia aún no ha escrito su último capítulo.

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