Una visita relámpago


Hay países a los que les dedicamos meses (Nueva Zelanda, Australia, Reino Unido), otros en los que estamos semanas (Rusia, Italia, Japón), algunos en los que nos quedamos sólo unos días (Dinamarca, Singapur, Hungría) y unos pocos en donde apenas disponemos de unas horas (Montenegro). A veces sentimos que el tiempo alcanza bien, otras que se hizo demasiado largo y en ocasiones que hubiéramos deseado poder destinarle más tiempo. Noruega es uno de esos casos.

Lo sabíamos de antemano, es uno de los países más espectaculares del mundo, lleno de bosques, montañas, fiordos, lagos, cascadas y cuantas maravillas naturales se puedan imaginar. Recorrerlo apropiadamente llevaría tiempo y dinero, ya que además es extremadamente caro. Por eso íbamos a saltearlo por completo en este viaje y dejarlo para otra ocasión, pero terminamos consiguiendo un vuelo hacia otro destino a buen precio, y salía de Oslo. Así que Noruega entró a nuestro itinerario como quien dice, por la ventana.

Con tanta belleza natural disponible, la capital no es uno de los lugares favoritos de nadie que haya viajado por el país, pero aun así está asentada sobre una colina en un largo fiordo y rodeada de bosques. Además, a diferencia de sus vecinas escandinavas (Copenhague y Estocolmo), Oslo apuesta mucho más a la arquitectura moderna, aunque no deje de lado las construcciones tradicionales. La línea costera de la ciudad es una sucesión de edificios contemporáneos e innovadores, de los cuales el que mejor sintetiza la modernidad de la capital es la Opera. Inaugurada en 2008, es un conjunto de formas geométricas entrelazadas que simulan un témpano emergiendo del mar, íntegramente revestido con mármol blanco y cristal.

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Oslo

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La curiosa Opera

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Otro símbolo de Oslo es el Centro Alfred Nobel de la Paz, un museo que recoge la historia del premio internacional otorgado anualmente a todos aquellos que contribuyen de alguna manera a construir una sociedad más pacífica. Recorriendo sus vanguardistas salas pudimos conocer a los ganadores del Nobel año tras año, como los argentinos Carlos Saavedra Lamas (premiado en 1936) y Adolfo Perez Esquivel (1980). Después, hay de todo. Algunos merecidos, como la Madre Teresa, Nelson Mandela y Malala Yousafzai, muchos que no conocíamos, otros que son un fiasco (Obama…), y unos casos en donde pareciera que sólo quisieron ser políticamente correctos. Por ejemplo, en 1978 se lo otorgaron al presidente egipcio Anwar Al-Sadat por sus esfuerzos en lograr la paz con Israel, y al mismo tiempo se lo dieron al primer ministro israelí Menachem Begin.

La visita al museo del Nobel de la Paz fue la única que hicimos en Oslo. Lo dicho, los precios son algo prohibitivos, como por ejemplo el transporte público, que cuesta 32 coronas noruegas el viaje (unos 58 pesos), sin dudas el más caro que hemos pagado jamás. Otros precios: Coca Cola de litro y medio a 54 pesos, un kilo de harina a partir de 18, una cerveza Corona de 335 ml a 61 y el litro de nafta 24.

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Perez Esquivel en el museo del Nobel de la Paz

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Geometría urbana

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Claro que para los noruegos nada de esto representa un gran problema, ya que Noruega tiene uno de los sueldos promedio más altos del mundo: 65 mil dólares al año (unos 5500 USD por mes). Esto suena aún mejor si consideramos que los noruegos trabajan apenas 1424 horas al año (unas seis horas y media por día). En contrapartida, los impuestos son altos: ganancias se lleva el 39% y la compra de algunos artículos como alcohol o tabaco pueden tener recargas de hasta el 50%.

¿Cómo vive una sociedad con un poder adquisitivo tan alto? ¿Usan todos tapados de piel y son una versión escandinava de Ricky Fort? Ya hemos visto en otros lugares que por más dinero que se tenga no necesariamente se refleja en la forma de vida de la gente, pero en Noruega nos pareció que sí lo hace. Las calles están limpias y ordenadas, absolutamente todos hablan inglés —desde un cajero del supermercado hasta la policía— y hay lugares públicos gratuitos donde se pueden cargar los autos eléctricos, los cuales son bastante comunes en Oslo. El gobierno noruego incentiva el uso de este tipo de vehículos mediante deducciones impositivas, estacionamiento sin cargo y la posibilidad de circular por los carriles exclusivos de los colectivos.

Todo da la sensación de funcionar bien y estar organizado, pero no es que sean puntillosos hasta el límite de lo obsesivo y uno quede como Tarzán recién llegado de la selva. La gente todavía cruza la calle aunque el semáforo esté en verde y tiran colillas de cigarrillo al piso en la vía pública, por mencionar algunos ejemplos.

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Estaciones públicas para cargar los autos eléctricos

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Volveremos para explorar esos fiordos

Tres días no es tiempo suficiente para sacar conclusiones sobre una ciudad, y mucho menos sobre un un país, por eso en cuanto nos ganemos la lotería lo primero que haremos será volver a Noruega.

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