La capital del norte


Cuando el avión se deslizó suavemente sobre la pista de aterrizaje del aeropuerto de Keflavík nos invadió una sensación extraña, difícil de poner en palabras. Llevábamos tanto tiempo leyendo sobre Islandia, imaginando cómo sería, que se sentía raro estar finalmente allí, comprobar que efectivamente existía. El sueño de años acababa de hacerse realidad y no sabíamos muy bien cómo reaccionar.

Mientras caminábamos hacia donde debíamos retirar el equipaje recordé todas las influencias que nos habían llevado a visitar esa isla remota. La más lejana, quizás unos veinte años atrás, cuando en una vieja computadora blanco y negro que teníamos en mi casa pasaba horas con un videojuego llamado Carmen San Diego. Se trataba de perseguir a una ladrona internacional por las principales capitales del mundo, y de todas ellas la que más llamaba mi atención era Reikiavik, aunque no podría explicar muy bien por qué. Quizás fuera ese nombre tan extraño, o que estuviera en un país cuyo nombre significa Tierra de Hielo, pero no podía sacarlo de mi mente.

Más acá en el tiempo, mientras desarrollaba mi tesina para la Licenciatura en Comunicación Social —un aburrido e intrascendente análisis sobre la forma en que se hace política en las redes—, me topé con la noticia de que Islandia estaba reformando su Constitución a través de Facebook. Por supuesto que se trataba más que nada de un título grandilocuente sin demasiada relación con la realidad, pero era cierto el hecho de que una asamblea de 25 personas trabajaba en la nueva Carta Magna con propuestas ciudadanas dejadas en Internet.

Pasaron unos años más y, ya instalados en Australia, encontramos “El caso del anillo”, una novela policial que lleva a un rudo detective estadounidense a desentrañar un caso en Islandia relacionado con El Señor de los anillos, lo que renovó nuestro interés en el país. Lo siguiente fue leer el libro de Xavier Moret “La isla secreta”, donde relata su recorrido por Islandia dando cuenta de las múltiples curiosidades que alberga ese pequeño estado europeo. Desde allí ya no pudimos parar: más novelas, películas y la lectura de las sagas islandesas nos convencieron por completo de que no podíamos obviar ese particular destino en nuestro viaje.

Así que ahí estábamos nosotros, en el aeropuerto internacional de Keflavík, que de tan pequeño parece el aeropuerto doméstico de cualquier otro país. La zona del free shop, sin embargo, es la excepción. Un enorme salón de ventas pulcramente ordenado, con gran variedad de bebidas, cigarrillos y chocolates. Antes de preocuparse por retirar sus valijas, los islandeses que llegaron con nosotros en el avión se abalanzaron sobre las estanterías. Los impuestos en la isla son altos, especialmente sobre el alcohol, así que no pierden la oportunidad de abastecerse cada vez que están de paso por el aeropuerto. Además, en Islandia las bebidas alcohólicas son monopolio del estado y sólo se venden en tiendas autorizadas a los mayores de 20 años. De hecho, la cerveza estuvo prohibida en el país hasta 1989, en vista de la desmedida afición por esta bebida de un amplio sector de la población.

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La bahía de Reikiavik

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Del aeropuerto de Keflavík a Reikiavik hay cincuenta kilómetros, trayecto por el cual un colectivo urbano cobra unos 14 dólares. Eramos los únicos esperando en la parada; el grueso de la gente prefiere tomar el más cómodo, rápido y caro shuttle que llega al centro sin detenerse. El colectivo apareció en el horario indicado y el chofer nos habló en un perfecto inglés. Si no se tiene efectivo no importa, el bus urbano se puede pagar con tarjeta. También ofrece wifi gratuito.

Rumbo a la ciudad atravesamos una amplia llanura sin árboles, llena de piedras agrietadas, muy negras y cubiertas de musgo. Es lo que se conoce como campo de lava, los cuales se forman o bien tras la erupción de un volcán o por la emanación de ciertos fluidos volcánicos desde la tierra. Era un paisaje desolador y cautivante a la vez.

Después de recorrer varios kilómetros el colectivo se detuvo en lo que parecía el estacionamiento de un shopping y se llenó de islandeses. No eran tan rubios como hubiéramos imaginado, pero casi todos tenían los ojos de un color celeste intenso, frío y penetrante como el hielo. El bus se puso en marcha nuevamente y una hora y media después llegamos a Reikiavik, la capital ubicada más al norte del mundo. Más de la mitad de las 330 mil personas que habitan Islandia viven en el área urbana de la ciudad.

Reikiavik contrastaba notablemente con el paisaje de las afueras. Una sucesión de casas bajas desperdigadas por la bahía, rodeada por montañas, con parques llenos de árboles y un centro comercial, aunque pequeño, con una buena selección de bares y restaurantes. En su mayoría, las construcciones estaban revestidas con coloridas chapas corrugadas para protegerse del clima marítimo de la isla, lo cual le daba a todo el conjunto un aire de pueblo en la campiña. Nos gustó de inmediato.

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Esa noche, al tomar una ducha, recibimos una nueva lección en nuestro curso práctico de cultura islandesa. Nada más abrir la canilla salió un suave y delicado olor a podrido, no lo suficiente molesto como para provocar nauseas pero sí para preguntarse seriamente por la calidad del agua. Pero contrariamente a lo que se pueda pensar, el agua islandesa es de las mejores del mundo. El olor se debe al origen geotermal del agua caliente, con gran cantidad de minerales, haciéndola excelente para bañarse. El agua fría, por otra parte, proviene directamente de los manantiales y no contiene ningún aditivo, además de que no tiene el olor de la caliente. Bebiendo una y bañándose con la otra rejuvenece uno diez años.

Quizás por los efectos sanadores del agua, a la mañana siguiente nos despertamos bien temprano y estábamos listos para conocer Reikiavik. El cielo estaba completamente despejado y era de un azul hermoso y claro, por lo que aprovechamos para acercarnos al mar y caminar hacia el centro bordeando la costa. Gracias al buen clima pudimos contemplar a lo lejos la imponente silueta del volcán Snæfellsjökull, donde Julio Verne situó en la ficción la entrada al centro de la tierra. Se dice que es un buen indicio que se deje ver cuando uno recién llega a la isla.

Mientras caminábamos lentamente, llenando nuestros pulmones de ese aire tan puro del norte, un hombre que contemplaba el horizonte sentado en una roca nos señaló un avión que descendía directamente sobre la ciudad.

—Son vuelos nacionales que llegan al aeropuerto doméstico de Reikiavik —nos explicó—. Cada vez son más comunes y conectan muy bien los puntos más alejados de Islandia.

El hombre se presentó como Herbert, un médico islandés de 48 años que disfrutaba de su día libre dando un paseo en bicicleta y sacando algunas fotos. Nos contó que vivía cerca del aeropuerto de la ciudad y que los aviones, lejos de molestarlo, le recordaban que pese a vivir en una isla en el medio del Atlántico no estaba tan aislado.

—Cada vez vienen más turistas a Islandia —explicó—. Ya hay como veinte aerolíneas internacionales que llegan a Keflavík y sólo este año el turismo aumentó un 50%. De hecho, cuando trabajo en la guardia del hospital lo que más atiendo son turistas que se accidentaron en la ruta.

Para sustentar los dichos de Herbert están las estadísticas. En 2006 llegaron a la isla 422 mil turistas; en 2016, un millón setecientos mil. El turismo creció de tal manera que recientemente desbancó a la pesca como el sector que más divisas ingresa al país.

—¿A qué crees que se debe el aumento del turismo? —quisimos saber.

—No sé, supongo que aumentó la publicidad en el extranjero, o el trabajo de muchos fotógrafos que vienen a Islandia, o quizás es por las películas de James Bond (se refiere a Una vista para matar, con Roger Moore, y Otro día para morir, con Pierce Brosnan). Mi hermana y su esposo tienen una pequeña empresa de turismo y les iba muy bien, pero desde el boom del sector surgió una competencia feroz y ahora tienen problemas para mantenerse en el mercado. Hasta hace diez años éramos el secreto mejor guardado, pero ya no.

Su última frase me remitió inmediatamente a Borges, quien en su poema “A Islandia” describe la isla como “fría rosa, isla secreta”. El escritor argentino tenía una especie de obsesión con Islandia desde que su padre le obsequiara en su adolescencia una de las sagas. Tras esa primera lectura, Borges continuó durante el resto de su vida profundizando en ese tipo de literatura, estudiando el idioma islandés e incluso viajó a la isla en tres ocasiones.

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El Viajero del Sol, una llamativa escultura junto al mar que evoca la esperanza, el progreso y la libertad. También se parece sospechosamente a un drakkar (barco) vikingo

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El vanguardista centro de conferencias Harpa

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Herbert nos siguió contando más cosas interesantes. Como que el país se independizó en 1944 de Dinamarca, quien los trataba de forma bastante injusta. Y que en la actualidad, si bien los rencores habían quedado de lado —incluso se sigue aprendiendo danés en las escuelas— todavía persistía una fuerte rivalidad deportiva, especialmente en el handball, el deporte en que los islandeses más se destacan —ganaron la medalla de plata en Beijing 2008—, aunque el favorito de la gente sea el fútbol.

—Lo hicimos increíble en la última Eurocopa —se emocionó Herbert, al recordar como Islandia había alcanzado los cuartos de final—. Le ganamos a Inglaterra y amargamos a la Portugal de Cristiano Ronaldo, que apenas empató con nosotros. Ahora también todos conocen a Islandia por eso.

La charla se fue haciendo cada vez más amena y discurrió por varios tópicos. Argentina, la globalización, la política y los viajes, entre otros. Especialmente gracioso fue cuando Herbert nos contó sobre sus problemas al atravesar un control migratorio en el extranjero con su familia.

—Los oficiales de inmigración miran los pasaportes y no entienden nada. “¿Cómo es que son una familia si ninguno tiene el mismo apellido?”, preguntan.

Es que en Islandia los apellidos no se pasan de padres —o madres— a hijos como en el resto del mundo, sino que cada hijo construye su propio apellido en relación con el nombre de su progenitor. Si el recién nacido es un varón, su apellido estará formado por el nombre del padre más el sufijo son (hijo); si es una mujer, el sufijo que se utiliza es dóttir (hija). Por ejemplo, en Islandia yo no me llamaría Facundo Re, sino Facundo Omarsson (hijo de Omar), y Ro sería Rosario Rubendóttir.

Seguimos hablando un poco más y nos despedimos cerca del mediodía. Antes de reemprender el camino a la ciudad volvimos a contemplar a lo lejos el magnífico Snæfellsjökull.

—Tiene un magnetismo especial —añadió Herbert antes de irse, siguiendo el curso de nuestras miradas—. Acercarse a la montaña equilibra el aura, mejora la circulación, calma los nervios, se descansa mejor…

No tuvimos tiempo de contestar, porque al darnos vuelta lo vimos alejarse en su bicicleta. Hubiese querido profundizar con él sobre el misticismo del volcán, ya que sabíamos que lo sobrenatural no resulta indiferente en Islandia. Según leímos, un 60% de la población cree en la existencia de elfos o seres ocultos, como los llaman a veces para justificar que no puedan ser vistos por el ojo humano.

Parece un tontería, pero los islandeses se lo toman muy en serio. Por caso, en agosto de 2015 el ministerio de obras públicas del país pidió a una constructora que desenterrara una gran roca que había quedado cientos de metro bajo tierra mientras reparaban una carretera cerca del pequeño pueblo de Siglufjörður. Aparentemente, la roca era el hogar de unos elfos, quienes provocaron numerosos incidentes que demoraron la obra, por lo que los lugareños presionaron para que restauraran la piedra y calmar así la ira de los seres ocultos.

El tema de la superstición y los espíritus volvió a salir a la luz cuando nos acercamos a Höfði, una casa de madera blanca de dos plantas junto al mar donde en octubre de 1986 se reunieron Ronald Reagan y Mijail Gorbachov para comenzar a tratar el final de la guerra fría. Entre las razones por la que los mandatarios de Estados Unidos y la Unión Soviética eligieron Islandia como punto de reunión sobresalen el hecho de que era un país neutral y que quedaba prácticamente a mitad de camino de ambas potencias.

Pero la casa Höfði escondía otra historia, mucho más ligada a las creencias islandesas. Desde principios del siglo XX había vivido allí el poeta Einar Benediktsson, quien también era abogado. Años antes de mudarse a Höfði, Benediktsson había intervenido en un caso de una pareja de hermanos acusada de incesto, llegando a probar que incluso habían tenido un hijo. Cuando la madre fue obligada a entregar al niño ella prefirió el suicidio, y ese suceso atormentó a Benediktsson durante el resto de su vida, tanto que desde que se mudó a Höfði en 1914 aseguró que oía extraños ruidos en el sótano. Para el poeta sólo había una explicación posible: el fantasma de la joven muerta lo perseguía.

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La casa Höfði

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El centro de Reikiavik desde las alturas

Supersticiosos o no, nos dio un poco de escalofríos pensar en esa historia mientras contemplábamos la casa, así que nos alejamos rápidamente de allí. Por suerte, Reikiavik tenía cosas menos espeluznantes que ofrecernos, y para cuando llegamos a la colina de Arnarhóll ya habíamos olvidado casi por completo el lío de los fantasmas y los elfos. Era un hermoso parque que ocupaba toda una cuadra y en cuyo centro se elevaba una leve colina para culminar en una estatua de Ingólfur Arnarson, el primer colono de Islandia.

Arnarson era un explorador noruego que, cuando en el año 874 llegó a lo que hoy es Reikiavik, decidió ponerle ese nombre —significa “bahía de humo”— por las columnas de humo geotermal que emanaban de la tierra. Tuvieron que pasar algunos años más para que el país tuviera nombre, cortesía del también explorador noruego Hrafna-Flóki Vilgerðarson, quien al ver los numerosos icebergs que flotaban en las costas decidió bautizar la isla como “Tierra de Hielo”.

Otro vikingo destacado ocupa un lugar central en la ciudad, en este caso frente a la imponente y curiosa iglesia Hallgrímskirkja, cuya edificación recuerda a un acantilado de piedra. Se trata de Leifur Eiríksson, quien alrededor del año 1000 descubrió América, mucho antes que Cristobal Colón. Inspirado por los relatos de un comerciante llamado Bjarni Herjólfsson, Eiríksson navegó desde Islandia hacia el oeste y llegó a una tierra abundante en salmones y pastizales a la que denominó Vinland —es la actual isla de Terranova, en Canadá.

Eiríksson y sus hombres fueron los primeros europeos en tener contacto con los indígenas americanos, y su hermano Thorvald fue el primer europeo en ser asesinado por los indios. El campamento de Eiríksson duró sólo unos años antes de ser abandonado por causas que todavía se desconocen, aunque se especula que el continuo hostigamiento que sufrían por parte de los pueblos originarios tuvo mucho que ver.

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La iglesia Hallgrímskirkja

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La estatua de Leifur Eiríksson

Esta historia se narra en la saga de Eirík el Rojo —padre de Leifur—, quién por la misma época descubrió la isla de Groenlandia. Eirík llamó al nuevo territorio Grønland —el nombre original, que significa “tierra verde”— para alentar a la gente a poblar la nueva isla, aunque Groenlandia estaba completamente cubierta de hielo y nieve y el clima era aún más hostil que en Islandia. La saga de Eirík el Rojo es una de las más tradicionales y veraces de los islandeses.

¿Pero qué son exactamente las sagas? Son escritos de alrededor del siglo XIII, mayormente anónimos, que cuentan la historia de un gran jefe, de una familia o de un pueblo. Hay sagas que representan hechos reales y otras que son pura ficción —incluyen muertos que vuelven a la vida, seres sobrenaturales, adivinos—, pero todas coinciden en su estilo narrativo directo, pocas o nulas descripciones, sin metáforas ni adornos literarios y un fuerte hincapié en la enumeración de lugares y el linaje de los personajes. Por su estructura narrativa clara, siguiendo la línea de la acción, se considera a las sagas islandesas el origen de la literatura moderna.

Ayudó a la conservación de las sagas el hecho de que el idioma islandés —el “latín del norte”, según Borges— no ha cambiado casi nada en los últimos siete siglos, por lo que los islandeses de hoy pueden leer esa literatura medieval sin necesidad de una guía o un diccionario —como puede sucedernos a nosotros con el Quijote, por ejemplo. De hecho, para preservar su lenguaje de los neologismos y las expresiones extranjeras, a principios del siglo XX el gobierno creó una comisión encargada de crear palabras para designar cosas nuevas que fueran surgiendo. Los ejemplos son elocuentes:

Pasaporte: Vegabréf (carta de los caminos, en islandés antiguo)

Eco: Bergmál (discurso de la roca)

Rascacielos: Skýjakljúfur (rompe nubes)

Petróleo: Steinolía (aceite de las piedras)

Mientras pensábamos en todas estas cosas, seguimos caminando por Reikiavik y llegamos a un lugar que no esperábamos encontrar en una ciudad tan al norte del mundo: una playa de arena dorada, directamente sacada de un folleto turístico de Brasil. Aunque era verano, la temperatura era de diez grados y por ende no había un alma en los alrededores. Bastaba con tocar el agua para recordar que todavía estábamos en Islandia y que todo aquello no era más que un espejismo. En realidad, la playa de Nauthólsvík es un complejo en el que se construyó una especie de dique en la orilla para aislar una pequeña porción de mar donde bombear agua termal y hacerla soportable para que la gente se bañe. Para completar el idilio, trajeron arena importada desde una parte más cálida del planeta y la desparramaron por allí. Lo que al principio parecía una buena idea no lo fue tanto: el agua seguía estando demasiado fría para poder disfrutarla. De todas maneras, durante los meses de junio y julio algunos valientes todavía se aventuran a jugar a que están en el caribe.

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¿Islandia o Mar del Plata?

Siguiendo con el recorrido a fondo de Reikiavik llegamos a un lugar bastante curioso, lo cual en ese punto de la visita a la capital islandesa ya era mucho decir. Se trataba ni más ni menos que del Museo Falológico de Islandia, una colección de penes en formol de todos los especímenes que habitan la isla, desde ballenas a osos polares, pasando por focas, trolls —era una piedra…— e incluso humanos. Sí, Páll Arason, un islandés que murió a los 95 años, firmó en vida una autorización al museo para que removieran su pene tras fallecer y lo exhibieran al público. Personalmente, debo decir que no se veía demasiado bien, aunque hay que tener en cuenta la avanzada edad del hombre y el hecho de que el propio director de la faloteca admitió que se cometieron errores en la extracción del pene de Arason. De cualquier forma habrá una nueva oportunidad, ya que hay otros tres donantes en espera de pasar a mejor vida.

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Penes para todos los gustos

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Pequeña escultura con estatuillas de los penes de todos los integrantes del equipo masculino de handball que ganó la medalla de plata en los JJOO de Beijing 2008

Necesitados de procesar todo lo que habíamos visto nos dirigimos al centro de la ciudad en busca de algo caliente para reponer fuerzas. Caminamos hasta llegar a la calle Laugavegur, la principal arteria comercial de Reikiavik, donde se concentran la mayoría de las cafeterías, restaurantes, tiendas de ropa y souvenirs. Optamos por entrar al Kaffibarin, uno de los bares más tradicionales de la capital, que de día es un reducto de turistas y algunos locales que buscan refugiarse del frío —tengamos en cuenta que la temperatura media en verano es diez grados—, pero de noche nos han dicho que se pone bastante salvaje, especialmente los fines de semana. Lamentablemente no pudimos comprobarlo porque fuimos un miércoles a las cinco de la tarde.

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Laugavegur, el centro de la movida en Reikiavik

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Y a dos cuadras de allí, un aire de pueblo

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Nos acercamos a la barra por dos capuchinos y nos dejamos tentar por unos muffins cubiertos de chocolate que se veían exquisitos. La joven que atendía nos preguntó si queríamos ponerles crema encima, pero le respondimos que tal vez sería demasiado. Mientras preparaba los cafés nos llamó la atención una botella familiar entre todas las que ocupaban la parte de atrás de la barra: un fernet Branca de 750ml. En Argentina no tendría nada de extraño, quizás en Italia tampoco, pero ¿en Islandia? No pudimos con nuestra curiosidad y le preguntamos a la empleada:

—¿Venden mucho fernet Branca?

—Bastante —contestó.

—Dos o tres botellas por noche —amplió otro empleado, un muchacho de mi edad de pelo y barba tupida.

—¿¡Dos o tres botellas!? ¿Y cómo lo preparan?

—Puro. Ya había oído que en Argentina lo mezclan con Coca Cola y hielo, pero a los islandeses les gusta beberlo en shots, como el tequila. De hecho, se vende incluso más que las cervezas locales. A mí también me gusta, cada navidad me tomo una botella yo solo. Es bueno para el estómago.

—Sí que lo es —admitimos—, pero probablemente no si tomas una botella entera.

El muchacho rió, la chica sirvió los dos cafés y nosotros volvimos a nuestra mesa bastante confundidos. Islandia era un lugar muy extraño. Y nuestro viaje por la “isla secreta” apenas había comenzado.

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4 comentarios en “La capital del norte

    • Facu dijo:

      Sí que es diferente. De todas maneras muchos de los turistas pasan de largo Reikiavik y van directamente a la naturaleza, que por otra parte es espectacular

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