Una cuenta en Suiza


Yo tenía una cuenta en Suiza. No como las de Prat Gay o Lázaro Baez, llenas de dólares de dudosa procedencia, sino una cuenta pendiente, relacionada con un anhelo de juventud. Quizás fuera mi gusto por las montañas, el chocolate y el clima invernal, o tal vez estaba relacionado con el hecho de que era el lugar donde mi ídolo de la infancia Sherlock Holmes moría a manos del profesor Moriarty —después nos enteraríamos que sucedió al revés, pero la historia ya nunca sería la misma. La cuestión es que Suiza me ilusionaba, y mucho.

Después de viajar durante tanto tiempo y conocer nuevos y exóticos destinos la emoción se fue apagando un poco. Entendí que el mundo era algo más que mis sueños de la niñez y que había lugares mucho más excitantes por descubrir que la tierra de los relojes, los banqueros de la mafia y Roger Federer. Pero, mientras viajábamos por Francia llegamos a Estrasburgo, una ciudad cerca del límite con Alemania y… Suiza. Era una pena no darnos una vuelta por los Alpes aunque más no fuera por pocos días, así que decidimos realizar una expeditiva incursión hasta Interlaken, una ciudad rodeada de lagos y montañas en el medio del país.

Tras dos horas de colectivo llegamos a Basilea, una tranquila localidad cerca de la triple frontera franco-suizo-alemana atravesada por el río Rin. Como teníamos algunas horas hasta que saliera el tren a Interlaken nos turnamos para dar una vuelta por el centro y ver qué podía ofrecer la ciudad natal de Federer. Un extraño ayuntamiento de color rojo, una bonita vista sobre el río, unas placas doradas con nombres ilustres en una peatonal a modo de paseo de la fama local —con Roger entre ellos, por supuesto— y poco más.

Basilea

Basilea

Basilea

Placa de Roger Federer en Basilea

Roger hubiese merecido una estatua, como mínimo

Cerca de la hora señalada llegó nuestro tren y nos pusimos en camino a Interlaken. Y recalco esto de “cerca” para desmitificar la idea de que los suizos son puntuales como un reloj. Tampoco es que sean un desastre con los horarios, pero todos los trenes que tomamos durante nuestra estadía salieron entre cinco y quince minutos tarde. Y el colectivo con el que nos fuimos del país se atrasó media hora. Ya sé, no es nada, pero para un país que se jacta de su extrema puntualidad evidentemente demuestra no ser tan así. Al día de hoy, el país más puntual que hemos conocido es —tiembla pequeño burgués estadounidense de clase media— Rusia.

Mientras el tren avanzaba a toda velocidad hacia nuestro destino empezamos a vislumbrar el imponente paisaje suizo, con altas montañas pobladas de bosques, grandes praderas verdes, lagos de color turquesa y picos nevados. Todo lo que Heidi nos mostró durante la infancia, y más. Interlaken no era la excepción: ubicada entre los lagos Thun y Brienz —el nombre Interlaken significa “entre lagos”— era un precioso pueblo enclavado en un valle rodeado por los Alpes.

Interlaken

Interlaken

Interlaken

A pesar de su aspecto de resort de montaña, Interlaken resultó ser más grande de lo que parecía, razón por la cual pudimos encontrar un hostel de precio accesible —lo cual en Suiza significa pagar “apenas” el doble de lo que cuesta un alojamiento similar en los países vecinos. La recepción era un bar abundante en madera, aunque para mi decepción no se veía ni fogata ni chocolate caliente por ningún lado. Un hombre de barba prominente que tiraba cerveza en un enorme vaso nos dio la bienvenida.

—¿A nombre de quién está la reserva? —preguntó.

—Morelli.

—¿Morelli? ¿Son italianos?

—No, argentinos.

—¡Argentinos! Yo soy holandés, y Máxima es nuestra reina. Es una mujer encantadora.

Me contuve de comentarle que el padre de su encantadora reina estaba sospechado de colaboración con la última dictadura militar argentina, razón por la cual tiene prohibida la entrada a Holanda y no pudo asistir al casamiento de su hija. Pero en fin, ¿para qué arruinar el momento? Además, todavía teníamos que pagar, no fuera a ser cosa que el holandés se cabreara y quisiera cobrarnos unos extras.

El barbudo nos dio las llaves y nos acomodamos en una pequeña habitación de seis camas donde las almohadas eran tan duras que hasta un faquir acostumbrado a dormir sobre un colchón de clavos se hubiera negado a usarlas. Como el lugar no invitaba al descanso salimos a dar una vuelta y nos aventuramos en el supermercado local en busca de provisiones para los siguientes tres días.

Los precios eran, cómo decirlo suavemente, irracionales, desmesurados y absurdos. Medio kilo de fideos a más de un euro —en el resto de los países cuestan 40 centavos—, un kilo de manzanas por 4.50 euros y medio kilo de carne picada 8 euros, por citar algunos ejemplos. Todo salía lo mismo o más que en Islandia, una isla remota en medio del Atlántico, con la salvedad de que Suiza está en el centro de Europa, rodeada de países con precios normales. Como si no fuera suficiente con el dinero que obtienen de las turbias y abultada cuentas bancarias que albergan, también consideran necesario exprimir el bolsillo del consumidor.

A propósito de esto, la idea de Suiza como paraíso fiscal comenzó a desarrollarse a partir de 1934, cuando se sancionó una ley que prohibe a los bancos revelar el titular, el contenido o los movimientos de sus cuentas. Sumado a un beneficioso régimen impositivo, el país consiguió atraer mucho capital extranjero que hoy en día representa más del 11% del Producto Bruto Interno. No es ilegal abrir una cuenta en Suiza, siempre y cuando el titular declare esas cuentas en su país de origen y tribute por ellas. Pero si no lo hace, el Estado difícilmente se entere.

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El día siguiente amaneció con un sol hermoso y un cielo completamente despejado, ideal para realizar una caminata y disfrutar del aire puro de la montaña. Como habíamos armado la escapada a Suiza con poca anticipación no teníamos nada planeado, así que fuimos al centro de información turística para que nos recomendaran algunas actividades para hacer durante el día. Ya habíamos ojeado algunos folletos que había en el hostel con excursiones carísimas que incluían alguna variante de lanzarse al vacío: con paracaídas, parapente, ala delta y otros que ni siquiera conocíamos, pero nosotros estábamos más por mantener los pies en la tierra

Una empleada de aspecto aburrido nos vio llegar y con un gran aire de resignación —del tipo “ahí viene otro par de molestos a interrumpir mi descanso en la oficina”— nos preguntó cómo podía ayudarnos. En Suiza tienen cuatro idiomas oficiales —alemán, que es el que todos hablan, francés, italiano y romanche, un dialecto local—, ninguno de los cuales manejamos, así que le respondimos en inglés.

—Buscamos un buen sendero para caminar, en lo posible para tener algunas vistas del paisaje.

—¿Cuánto tiempo tienen? —quiso saber.

—Todo el día.

—¿Y no tienen problema en caminar?

—No, queremos hacerlo.

—Bueno —la mujer dudó un segundo y luego señaló algo en un mapa—, pueden ir hasta este lugar, desde aquí son unos quince minutos, y allí tomar un tren que los sube a un mirador en la montaña. Con la tarjeta de visitantes tienen descuento.

O nos estaba tomando el pelo o algo se había perdido en la traducción. Caminar quince minutos para tomar un tren no era la idea que teníamos para pasar el día en Interlaken. Como vimos que la mujer no se mostraría muy amable para ayudarnos con actividades que no requirieran gastar un puñado de euros decidimos movernos por nuestra cuenta y ver qué encontrábamos. Sin quererlo, terminamos llegando al lugar donde salía el dichoso tren, pero en lugar de pagar para abordarlo vimos un sendero que se internaba en el bosque cuesta arriba en la montaña. Eran más de 800 metros de ascensión en un recorrido estimado de dos horas y media, pero teníamos tiempo y el lugar bien valía el esfuerzo, así que hacia allá fuimos.

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Dejando la vida en la subida

Interlaken

Ni que decir que paramos cada veinte minutos a recuperar el aliento y las piernas. El sendero no daba respiro en ningún momento y lo único que variaba eran los grados de inclinación hacia arriba. Pero con paciencia y esfuerzo llegamos a la cima y disfrutamos de una vista preciosa de la ciudad de Interlaken encajonada entre los dos lagos. También había una plataforma suspendida en el vacío para disfrutar del paisaje y un restaurante donde los valientes como nosotros se premiaban con algún refresco y los que habían llegado con el tren se deleitaban con una suculenta comida que no iban a necesitar digerir para desandar el sendero de regreso.

Después de un rato disfrutando del sol emprendimos la bajada, la cual también conllevó cierta dificultad pero abarcó menos tiempo. Volvimos al hostel con nuestras últimas fuerzas y para celebrar nuestro ascenso pedimos dos chocolates calientes en el bar. Grande fue la sorpresa cuando la joven que atendía nos dio sólo dos tazas de agua caliente y sendos sobres con chocolate en polvo. ¡Una verdadera herejía en el país de los chocolates!

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En la cima del mundo

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Al otro día nos despertamos completamente fundidos por el esfuerzo realizado así que nos limitamos a caminar hasta uno de los lagos y recorrer el pueblo. Dos cosas nos llamaron la atención: una, que pese a ser una localidad rodeada por los lagos, el centro estaba bastante lejos del agua —caminamos más de media hora para llegar, en el hostel nos habían dicho cinco minutos— y dos, la gran cantidad de negocios de comida india —contamos cuatro, en una población de 5500 habitantes.

Finalizada nuestra visita relámpago a Suiza nos dispusimos a volver a Francia, para lo cual teníamos que tomar tres trenes hasta llegar a Berna y de allí un colectivo de seis horas a Lyon. Los trenes estaban a la altura de los estándares suizos: limpios, cómodos y casi —casi— a horario. La sorpresa llegó cuando, una vez en Berna, llegamos a la estación de colectivos de la ciudad, o mejor dicho, la “no estación”.

Las ciudades europeas no se caracterizan por su infraestructura para los colectivos: en Copenhague sólo era una parada en la calle como la de los servicios urbanos, en Londres un galpón gigante venido a menos y en París apenas unas coordenadas para buscar con el GPS, ya que no tenía ni un cartel que indicara el lugar. Pero la de Berna superaba todos los límites. Un descampado de tierra entre ramales de la autopista, sin más servicios que un destartalado baño químico y con unos letreros de chapa corroídos por el óxido que anunciaban los horarios de los buses. Y estamos hablando de la capital de uno de los países más desarrollados del mundo.

Estacion buses Berna

La estación del terror

Por suerte eran las tres de la tarde, porque esperar al anochecer en ese lugar te debe hacer dudar seriamente si el que te va a venir a buscar es un colectivo de línea o los sádicos que disfrutaban descuartizando turistas en la película Hostel. Por suerte el que nos recogió fue el Flixbus que habíamos pagado —empresa de colectivos económicos de Europa—, y mientras en la radio sonaba “Para no verte más” de La Mosca pude cerrar por fin mi cuenta en Suiza.

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