La Costa Azul


Es un hecho que si uno piensa en vacaciones en una playa paradisíaca no se imagina precisamente viajando a Europa. El Caribe, Brasil o Tailandia seguramente surgirán como posibles destinos si lo que se busca es tumbarse en la arena a disfrutar del sol y darse ocasionales chapuzones en el mar. Pero esto no siempre fue así. Hasta fines del siglo XX, la línea costera en el sur de Francia era considerada uno de los centros mundiales del turismo, especialmente para los ricos y acomodados de clase alta de los países vecinos.

Tiene su lógica: Tailandia y Brasil no eran tan accesibles antes de 1980 —no es que económicamente no se lo pudieran permitir, pero el viaje era largo y los lujos escasos—, y por eso la aristocracia europea buscaba lugares de veraneo más cercanos. Desde los romanos que recalaban en Marsella hasta los ingleses que se inclinaban por Niza, pasando por los árabes que optaron por Mónaco, todos los millonarios y poderosos de los últimos 2500 años se relajaban unos días al año en la Costa Azul, nombre poético dado a la zona por el escritor francés Stéphen Liégeard en 1887.

Con pretensiones un poco más humildes, nosotros entramos a la Costa Azul por el que podría considerarse uno de sus extremos, Marsella, la segunda ciudad más grande de Francia. Llamada Massilia la Magnífica por los romanos, parecería que todo su esplendor cayó con el César. Edificios viejos con fachadas arruinadas, otros completamente abandonados, postigos de madera cayéndose a pedazos, calles sucias y paredes arruinadas por el grafiti contribuían a rememorar nuestros días en El Cairo más que a pensar que estábamos en la Riviera Francesa.

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Desde arriba, Marsella es otra cosa

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Le Canebière, antaño una avenida señorial flanqueada por grandes palacios, hoteles y cafeterías, es el resumen de la decadencia de Marsella. Las elegantes cafeterías fueron reemplazadas por oscuros “bares de hombres” —denominación personal para definir a esos sitios de poca luz y sillas de plástico donde toda la clientela parece ser hombres mayores de cincuenta años tomando algún tipo de alcohol barato— y los hoteles dejaron espacio para tiendas comerciales de baja calidad —C&A compró el hermoso edificio del antiguo Hotel du Louvre, donde en 1896 tuvo lugar una representación cinematográfica de los hermanos Lumière— o dependencias municipales —el lujoso Hotel Noailles es hoy una comisaría.

Una de las pocas zonas de la ciudad que todavía guarda algún encanto es el barrio de Le Panier, el casco histórico, lleno de estrechos callejones empedrados y escalinatas frecuentadas por los turistas. La Basílica de Notre Dame de la Gare, en lo alto de una colina de 154 metros, también recibe cierta atención, especialmente por las vistas que se obtienen de la ciudad. Es que desde arriba Marsella engaña, y su emplazamiento entre el mar y las colinas disimula su pobreza estructural.

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Le Panier

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Luego de tres olvidables días nos fuimos a Niza, pasando en el camino por otras notables ciudades de la Costa Azul como Cannes y Saint-Tropez, en las que por falta de tiempo no pudimos detenernos en esta ocasión. Considerada la capital de la Costa Azul —algo puramente simbólico, ya que esta región sólo existe como tal en el imaginario popular—, Niza es la quinta ciudad más poblada de Francia, aunque hasta 1860 formó parte del reino piamontés de Italia.

La influencia italiana aún se nota en la parte antigua, donde las plazas, iglesias y edificios tienen un aire indudablemente más parecido a Roma o Venecia que a París o Lyon, por ejemplo. Sin embargo, los que más esplendor aportaron a la ciudad fueron los ingleses, quienes inspirados por las constantes visitas de la reina Victoria usaban a Niza como destino de vacaciones a finales del siglo XIX y principios del XX. Fueron ellos los que financiaron el Paseo de los Ingleses, la avenida más famosa de la localidad balnearia que bordea la costa a lo largo de siete kilómetros.

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Niza

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Niza deja a las claras que las últimas décadas la han tratado mejor que a Marsella. El revoque no se cae de los edificios, las fuentes todavía tienen agua, los turistas siguen llegando en cantidad y sus mejores palacios todavía deslumbran como el primer día. Resulta sorprendente como puede cambiar tanto el paisaje urbano en menos de 200 kilómetros.

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Paseo de los Ingleses

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Aprovechando la estadía en Niza nos alejamos un poco del mar para conocer Peillon, un encantador pueblo en lo alto de un acantilado de piedra rodeado por montañas. Llegar no resultó fácil, ya que tuvimos que caminar una hora hacia arriba desde la estación de tren por un sendero en malas condiciones debido a la lluvia reciente. Pero el esfuerzo valió absolutamente la pena: con sus casas de piedra y puertas de hierro, pequeños balcones con flores y un entramado de calles y pasadizos no aptos para vehículos, Peillon nos pareció uno de los pueblos más lindos de los que conocimos en Europa.

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Peillon, una maravilla medieval en lo alto de la montaña

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Para terminar de recorrer la Costa Azul fuimos a Mónaco, ese minúsculo territorio independiente que le “roba” unos cuatro kilómetros de costa a Francia. Es el segundo estado más chico del mundo después del Vaticano y está dividido en diez distritos, de los cuales el más famoso es Montecarlo. Desde que fuera ocupado por la familia genovesa Grimaldi en 1215 Mónaco siempre ha sido leal a la corona francesa, y por tal razón su soberano fue siempre considerado un príncipe y no un rey.

Con la caída de la monarquía en Francia y la posterior independencia del principado, Mónaco se desarrolló rápidamente gracias a la legalización del juego —era ilegal en los países cercanos—, la consecuente construcción del lujoso casino de Montecarlo y la eliminación de los impuestos de bienes personales y mobiliarios, lo cual atrajo muchos capitales extranjeros. Tantos, que de las 38 mil personas que residen en Mónaco actualmente apenas 8 mil son monegascos —nacidos o nacionalizados. El resto son inmigrantes.

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Mónaco

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El Casino por fuera…

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…y por dentro

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Almorzando en un túnel para abaratar costos y protegernos de la lluvia

Una de las mayores personalidades extranjeras que se dejó tentar por el lujo y el glamour del principado fue la actriz estadounidense Grace Kelly, famosa por su papel protagónico en la película de Alfred Hitchcock La Ventana Indiscreta, quien en 1956 se casó con el príncipe Raniero III. Durante sus años como princesa de Mónaco, Kelly se convirtió en el rostro internacional del pequeño estado, organizando numerosas galas y eventos que sirvieron para recaudar fondos y construir hospitales y otras dependencias sanitarias en la ciudad. En 1982, Grace Kelly sufrió un accidente de tránsito cuando conducía por una ruta cercana a Mónaco y falleció al día siguiente sin recobrar el conocimiento. Tenía sólo 52 años y el príncipe Raniero quedó tan afectado que nunca volvió a casarse.

Entre todos los famosos que dejaron su huella en el principado hay un argentino. Se trata de Juan Manuel Fangio, quien fue el ganador del primer Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1 en 1950 —también fue campeón del mundo el mismo año—, triunfo que repetiría en 1957. Junto a Carlos Reutemann —en 1980— son los únicos argentinos en la historia que ganaron esta prestigiosa carrera. Gracias a sus proezas automovilísticas en la ciudad, Fangio tiene una estatua de tamaño real muy cerca del principal puerto de la ciudad.

Y ya que mencionamos el puerto, hay que resaltar que es una maravilla en sí mismo por la cantidad y calidad de embarcaciones que alberga. Con sus casi 160 mil metros cuadrados y capacidad para 700 barcos, es el hogar de alguno de los yates más impresionantes del mundo. No hablamos sólo de que sean lujosos y más grandes que cualquier casa en la que hayamos vivido, sino también que cuentan con autos a bordo, todo tipo de personal doméstico y capacidad para organizar fiestas y eventos.

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Eramos tan pobres…

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La tumba de la princesa Grace

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La estatua de Fangio

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Curva de Loews, la más famosa del Gran Premio de Mónaco de Fórmula 1

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Túnel que pasa por debajo de un lujoso hotel, donde los pilotos aceleran a más de 260 kilómetros por hora

Pero más allá del lujo y la ostentación la realidad es que Mónaco no deja de ser una ciudad como cualquier otra. Además de mansiones y carísimos hoteles también se construyen edificios de clase media, hay transporte público a un precio razonable, supermercados y escuelas. Al fin y al cabo, por muy exclusivo que sea el estilo de vida de los acomodados del principado siempre van a necesitar mano de obra a su servicio, y esa mano de obra necesita donde vivir.

Casi nos dejamos tentar y probar suerte en el casino de Montecarlo. ¿Quién sabe? Quizás era nuestro día y al cabo de unas horas estábamos comprando un piso al lado del de Novak Djokovic —uno de los residentes más famosos de la ciudad. Pero la persistente lluvia y los diez euros que había que pagar para entrar al casino nos desalentaron un poco, así que nos fuimos a esperar el colectivo público para volver a Niza. Otra vez será, Novak.

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