De catalanes y argentinos


España se siente raro. Después de casi tres años de viajar por países con idiomas desconocidos, llegar a un lugar donde hablan castellano es como un error de guión. Todavía no termino de acostumbrarme a decir “gracias” en vez de “thank you”, “hola” en lugar de “hello” y “sí, entiendo perfectamente” antes que “what???”. El idioma español en la vía pública se me hace tan extraño que ni me llama la atención escuchar que abusan del “joder”, “vale” y “coño”.

La adaptación, sin embargo, es gradual, porque en Barcelona se resisten bastante al español y la mayoría de los carteles en la calle están en catalán. Y sé que lo hacen como una manera de reivindicar su soberanía, pero el asunto me resulta un tanto absurdo, ya que poca gente en la ciudad habla otro idioma que no sea el castellano. Me gusta más lo que hacen los vascos, que mantienen su lenguaje presente pero secundario, entendiendo quizás que el reclamo de autonomía debe discurrir por carriles más importantes que el idiomático.

Pero catalanes o no, Barcelona sigue estando en España —por ahora—, y como tal se asemeja a Argentina en muchas cuestiones. Los bares tienen clientes a toda hora, las medialunas —cuestión fundamental en la idiosincracia de cualquier país para compararlo con mi Argentina querida— tienen un sabor muy similar, la carne ocupa un lugar relevante, los edificios se parecen y la gente se muestra afectuosa, apasionada y gruñona en partes iguales.

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Barcelona desde Montjuic

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Plaza de España

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En esto sí que nos parecemos

He obviado la cuestión del fútbol por dos razones. Primero, porque a diferencia de Argentina, en Barcelona nadie discute a Messi. Y segundo, porque si bien es también aquí el deporte más popular, la manera de entender los clubes es bien distinta. En mí país, los mismos son organizaciones sin fines de lucro —los dirigentes son mercenarios que lucran y mucho, de acuerdo, pero eso es harina de otro costal— que ocupan un lugar fundamental en la construcción de la identidad de mucha gente. El club no se vende, no se cierra, no se presta y se defiende en cualquier ámbito hasta límites casi absurdos. No estoy diciendo que esté ni bien ni mal, pero es esencialmente así.

En Barcelona, en cambio —y en la mayoría de los grandes clubes de Europa—, el club es una empresa. Los estadios suelen llevar nombres de grandes marcas, los jugadores son también actores publicitarios y los partidos son un evento turístico más, como visitar la Sagrada Familia. No es de extrañar que a la salida del Camp Nou un día de partido se escuche hablar en inglés, chino, árabe, japonés y un largo etcétera. En Argentina, donde el amateurismo es visto como un valor en sí mismo, algo de lo que sentirse orgulloso, lo que hacen clubes como Barcelona o Real Madrid nos parece un espanto.

Ahora bien, ¿lo discutiríamos si a cambio pudiéramos tener a los mejores futbolistas del mundo y nuestro equipo ganara la Copa Libertadores todos los años? Cada uno hará su propia evaluación. Personalmente, como hincha argentino, me siento más cerca de clubes como el Athletic de Bilbao, cuya romanticismo casi extremo los llevó a la decisión de sólo contratar jugadores vascos y únicamente aceptar patrocinadores del mismo origen. Y si de valores e identidad se trata, tuvieron al técnico idóneo para defender tales causas: Marcelo Bielsa.

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Esta también la vendían en la tienda oficial del Camp Nou

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Esquinas del barrio Gótico

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Plaza Real

Volviendo a Barcelona, hay que decir que la ciudad es mucho más que fútbol y comida. La arquitectura ocupa un lugar central, con las múltiples obras de Antoni Gaudí a la cabeza, quien con sus proyectos desarrollados a finales del siglo 19 y principios del 20 dotó a la capital catalana de una impronta moderna y novedosa para la época. Desde la mencionada Sagrada Familia —inacabada a pesar de haber pasado más de cien años—, hasta el Park Güell, la Casa Batlló, La Pedrera y otras, el arquitecto español dejó plasmado en sus diseños sus grandes pasiones en la vida: la arquitectura, la naturaleza, la religión y el amor a Cataluña.

Y aunque Gaudí alcanzó la trascendencia en vida, su muerte pasó casi inadvertida. Sucedió que en 1926 fue atropellado por un tranvía y quedó inconsciente, y al no tener documentos encima nadie lo identificó de inmediato, por lo cual lo tomaron por un mendigo y no se preocuparon demasiado en socorrerlo inmediatamente. Recién fue reconocido más de un día después por el capellán de la Sagrada Familia, pero ya era demasiado tarde, Gaudí estaba muerto. Para su entierro sí se congregó una multitud y sus restos descansan actualmente en la cripta de su gran iglesia inacabada.

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La Sagrada Familia, todavía en obras

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Por dentro parece otro planeta

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Casa Batlló

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La Pedrera

Barcelona tiene otras construcciones que poco o nada tienen que ver con Gaudí pero que también valen la pena ser destacadas. La Plaza Real, con sus palmeras y grandes arcadas en el barrio Gótico; el Hospital de la Santa Cruz y San Pablo, creado con el aspecto de un pequeño poblado modernista; el Estadio Lluís Companys, sede de los Juegos Olímpicos de 1992, con una clara influencia de la antigua Grecia; y la enorme columna en homenaje a Cristobal Colón, con grabados donde se representa la llegada de los españoles a América. Contemplando las imágenes del famoso explorador vestido con sus mejores pieles y los indios a sus pies se me vino a la cabeza una de las célebres frases del escritor uruguayo Eduardo Galeano: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.

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El extravagante Park Güell de Gaudí

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Finalizada la visita a Barcelona nos tomamos un colectivo para ir a Bilbao, la capital del País Vasco. El vehículo no era ninguna maravilla pero tampoco estaba tan mal, y los pasajeros no llegábamos ni a un tercio de la capacidad. Nosotros éramos los únicos no españoles y casi podría decirse que los únicos menores de 65 años. En general se respiraba un ambiente coloquial, muy de plaza de pueblo un domingo por la mañana, donde todos comentan todo con todos.

Tras realizar algunos kilómetros, una mujer que viajaba en la parte trasera del ómnibus se acercó al chofer visiblemente enojada.

—Hay un hombre allí atrás que está molestando —alcanzamos a oír que le decía la señora al conductor.

—Lo he visto antes durmiendo —contestó el chofer—. ¿Ha hecho algo raro?

—Pues sí, ha hecho muchas cosas raras.

La mujer no dio más detalles, pero por el tono con que pronunció la última frase era evidente que cuando decía “raro” no se refería a nada particularmente inocente. Después de deliberar internamente unos minutos sobre qué hacer, el conductor detuvo el colectivo y fue hacia la parte de atrás para evaluar la situación. A pesar de que algunos curiosos se giraron para ver que sucedía, nadie pudo descifrar gran cosa. Al cabo de un rato el chofer volvió a su puesto y nos pusimos en marcha como si nada.

Pasaron un par de horas más y en determinado momento un hombre de alrededor de treinta años se acercó por el pasillo hasta el chofer. Caminaba tambaleándose, a duras penas se sostenía de los asientos para mantenerse en pie y cuando hablaba arrastraba las palabras de una manera ininteligible.

—¿Ya hemos llegado? —preguntó de forma tal que había que hacer un esfuerzo para aceptar que era castellano.

—Te he dicho que te quedaras quieto y te has parado como quince veces, que te he visto —lo regañó el conductor—. Vuelve a tu asiento y quédate sentado o llamo a la policía.

El muchacho pareció entender la severidad de la amenaza y en tono de disculpa respondió:

—Vale, vale, me quedo tranquilo. Palabra.

Pero evidentemente no cumplió su promesa o el chofer ya estaba harto de él, porque a la primera oportunidad se detuvo en una estación de servicio y llamó a dos policías que pasaban por allí. Los uniformados hicieron bajar al joven y le informaron que no podía seguir viaje, algo que él no llegaba a comprender por qué. Mientras tanto, los septuagenarios pasajeros estiraban sus cuellos lo más que podían para observar la escena desde las ventanas del colectivo, al tiempo que intercambiaban todo tipo de comentarios.

—¿Ha visto que tiene una zapatilla de cada color?

—Pero mira que no está tan sucio.

—Yo creo que está loco o está drogado.

—Pobre chico.

—Pobre madre, eso es lo que yo pienso. Pobre madre.

Mientras el debate seguía, la policía recogía el escaso equipaje del joven del autobús e intentaba infructuosamente sonsacarle alguna información personal para enviarlo a su casa. En cuanto pudo, el conductor del colectivo se despidió de los oficiales, dejó al muchacho con ellos y volvió al ómnibus para reanudar el viaje. Pidió algunas disculpas de rigor por la demora y las molestias y cuando se dispuso a arrancar fue acribillado con todo tipo de preguntas por los jubilados.

—¿A dónde iba el muchacho?

—¿Cómo es que ha logrado comprar un billete?

—¿Y dónde se ha montado en el autobús?

—¿Pero por qué lo han dejado subir?

—Pobre madre, señor mío. Pobre madre.

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