Africa mía


Estaba mareado y con ganas de vomitar. La cuesta era más alta de lo que pensaba y desde mi posición no se vislumbraba la cima, a pesar de que una enorme luna llena definía las sombras de la noche. No había que ser un genio para caer en la cuenta de que intentar subir esa pequeña montaña había sido una mala decisión. Miré al horizonte, en un intento por olvidar el esfuerzo realizado y la considerable altura a la que me encontraba, y fue como si mi cuerpo dejara de lado por un instante todos los males que lo aquejaban. A la luz de la luna, las perfectamente delineadas dunas de arena del desierto del Sahara me obsequiaron una imagen espectacular, de esas que se graban en la retina y lo hacen a uno sentirse orgulloso de estar allí, sabiendo que ha cumplido un sueño. Otro más.

Volver a Africa no estaba en nuestros planes inmediatos después de conocer Egipto. Para que negarlo, en el país de las pirámides vimos algunos de los monumentos más imponentes del mundo pero también nos sentimos agobiados por la fuerte presión sobre los escasos turistas que visitan la región. Fue una de esas experiencias que agradecemos haber tenido, pero que muy probablemente elegiríamos no repetir en el futuro. Por esa razón Marruecos, aunque quedaba tan a mano de España, no contaba con nuestro favoritismo inicial para realizarle una visita.

Sin embargo, nos sobraban días, y conocer el Sahara, el desierto más grande del mundo —ocupa una extensión casi tan grande como China o Estados Unidos—, nos generaba mucha ilusión. Así que planificamos un itinerario de cinco días que nos permitiera llegar a la parte marroquí del desierto, preparamos nuestras mejores estrategias para enfrentarnos a los caranchos y tomamos un vuelo rumbo a Marrakech, una de las ciudades más turísticas de Marruecos y desde donde salen la mayoría de las excursiones al Sahara.

Tras bajar del avión y entrar al aeropuerto un hombre de traje nos preguntó si habíamos ido a la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, y aunque estábamos tentados de decirle que sí y disfrutar de alguno de esos suculentos banquetes de bienvenida, nos contuvimos y nos pusimos a la cola para hacer migraciones con el resto de los mortales. El lugar era un caos de gente y la organización de las filas brillaba por su ausencia, por lo que estuvimos más de una hora esperando para ingresar oficialmente a Marruecos.

A la salida del aeropuerto, sin embargo, nos sucedió algo extraño. O mejor dicho, no nos sucedió nada. Al contrario de lo que esperábamos debido a nuestra experiencia egipcia, nadie se acercó a ofrecernos traslados al centro de ningún tipo ni nada por el estilo, como suele suceder en países, digamos, en vías de desarrollo —que lindo término inventaron los yankis para nosotros. Cruzamos la calle sin mediar palabra con ninguna persona y caminamos tranquilamente a la parada de colectivos, donde un bus urbano ya subía pasajeros rumbo a la ciudad. Dentro, un amable conductor nos vendió los boletos al precio correspondiente y, antes de arrancar, colocó una pequeña alfombra en el piso, cerca de la puerta, se arrodilló y se puso a rezar. Después de unos breves minutos nos pusimos en marcha. La llegada a Marruecos había superado con creces nuestras expectativas.

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Marrakech

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Luego de un trayecto no muy largo el colectivo nos dejó en la bulliciosa plaza Jemaa el-Fna, el centro neurálgico de Marrakech. Un lugar surrealista donde los encantadores de serpientes conviven con los vendedores ambulantes de iPhones, los que alquilan calesas, músicos callejeros, decenas de puestos de comida y mucha, pero mucha gente. La multitud abarrota el rectángulo irregular de la plaza a toda hora pero especialmente a la noche, cuando el ambiente está en su apogeo.

A pesar de la muchedumbre no tuvimos ningún problema en cruzar Jemaa el-Fna de lado a lado sin ser molestados y encontrar nuestro hotel en un laberinto de callejuelas cercanas. Un recepcionista muy amable nos dio la bienvenida, gestionó nuestra reserva y nos señaló nuestra habitación. Además, nos ofreció una excursión al desierto a un precio razonable, sin insistir y haciendo hincapié en que lo pensáramos y evaluáramos otras opciones. Al irnos a dormir esa primera noche, ya estábamos absolutamente conformes con nuestra decisión de ir a Marruecos.

Cerca de las cinco de la madrugada nos despertó la llamada del muecín, ese canto cansino tan característico de los países musulmanes que la primera vez que lo escuchamos en Indonesia confundimos con el apocalipsis zombie. Una vez que el orador de la mezquita terminó de repetir a viva voz los versos convocando a la oración —hecho que se lleva a cabo cinco veces al día— pudimos volver a conciliar el sueño.

Al despertarnos, fuimos a conocer el lugar desde donde nos habían hecho madrugar: la mezquita Koutoubia, la más importante de Marrakech, cuyos orígenes se remontan al año 1158. Desde fuera destacaba por su torre/minarete de 69 metros de altura y los arcos de ladrillo que hacían las veces de entrada. Por dentro no podría describirla, ya que en Marruecos está totalmente prohibida la entrada a las mezquitas a todos aquellos que no sean musulmanes. En los alrededores, hombres y mujeres se relajaban en un tranquilo parque con palmeras, alejados del caos de la plaza Jemaa el-Fna.

En general, la mayoría de las mujeres en la vía pública iban utilizando el hiyab —el velo que cubre la cabeza—, unas pocas optaban por el burka —el que sólo deja los ojos al descubierto— y algunas llevaban el pelo suelto, al igual que todas las turistas. Un tema sin dudas complejo para nuestro entendimiento occidental, que no obstante siempre me recuerda a un chiste gráfico que leí alguna vez. Es así: se cruzan dos mujeres, una musulmana llevando el burka y otra con un prominente escote, tacos, lentes de sol y una pollera cortísima. En la viñeta vemos lo que ambas piensan. En el caso de la chica occidental: “Todo cubierto excepto sus ojos. Qué cruel esa cultura dominada por los hombres”. La musulmana, por su parte: “Nada cubierto excepto sus ojos. Qué cruel esa cultura dominada por los hombres”. En fin, un asunto delicado que da para largo.

Cerca de la mezquita Koutoubia, saliendo por uno de los lados de la plaza, nos sumergimos en una serie de calles, callejones y pasadizos abarrotados de negocios y puestos callejeros con artículos de todo tipo, como ropa, productos de cuero, cerámica, platería, comida, especias, relojes y mucho más. Es lo que se conoce como el zoco de Marrakech, un mercado callejero donde compran los locales y turistas, aunque estos últimos tienen que regatear mucho para conseguir un precio más cercano a la realidad.

No es ningún secreto que negociar con caranchos no es nuestro fuerte, pero aun así nos aventuramos en el zoco para realizar algunas compras y poner en práctica todo lo aprendido en lugares como Bali, Kuala Lumpur, Bangkok, Hong Kong y Estambul. Tras un par de horas recorriendo el mercado y comprando cosas llegamos a la conclusión de que lo habíamos hecho bastante bien, aunque seguramente algún viajero más avezado pueda jactarse de conseguir mejores precios que nosotros. La cuestión es que nunca se gana del todo en esos lugares, así que lo importante es quedar conformes y no hacerse mala sangre.

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Palacio de la Bahía, Marrakech

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Mezquita Koutoubia

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Los colores del zoco

Fuera de la medina —nombre que se le da a los barrios antiguos en las ciudades árabes—, Marrakech tenía poco para ofrecer, ya que se parecía bastante a cualquier otro lugar que hubiésemos visitado antes. Grandes avenidas, majestuosas fuentes de agua, edificios residenciales, locales de marcas internacionales y hoteles de lujo; todo muy alejado del color local que lleva a la mayoría de la gente a visitar Marruecos.

Tras otra recorrida por Jemaa el-Fna y concluyendo que la ciudad no tenía nada más que ofrecernos, volvimos al hotel y le contratamos al recepcionista la excursión al desierto para el día siguiente. Después de haber comparado con algunos precios del centro su tarifa nos pareció correcta y además nos ahorrábamos el regateo, que si bien puede ser ventajoso también produce un fuerte cansancio moral si se abusa de él.

Así que al día siguiente nos levantamos a las siete de la mañana para comenzar un viaje de tres días que nos llevaría desde Marrakech hasta Merzouga, un pueblo en el este de Marruecos, desde donde seguiríamos una hora y media montados en camello a través del desierto del Sahara. La puntualidad no es el fuerte marroquí, ya que recién nos pusimos en marcha cerca de las nueve, en un minibús donde además de nosotros iban dieciséis personas más llegadas de todas partes del mundo para conocer esa región tan inhóspita de nuestro planeta. Era un grupo variado, conformado por una argentina que trabajaba las temporadas de verano en España, dos canadienses que soñaban con la separación de Canadá en un lado inglés y otro francés, dos irlandesas jubiladas, un matrimonio vietnamitas con aspecto juvenil, un chino que se escabullía unos días de la Conferencia del Cambio Climático y otros ocho chinos que demostrarían ser insoportables en una larga suma de aspectos.

Una vez que el conductor del minibús sorteó el caótico tráfico de Marrakech nos encontramos en una ruta llena de curvas imposibles a través de altas montañas. Era un paisaje que sin dudas no esperábamos ver en Africa, con cumbres nevadas y laderas cubiertas de bosques. Se trataba ni más ni menos que del Alto Atlas, una cordillera que cuenta con algunos de los picos más altos de todo el continente donde incluso se pueden practicar deportes de invierno. Por sus continuas subidas y bajadas y curvas y contracurvas muy cerradas, no es una carretera apta para estómagos sensibles.

Después de casi dos horas cruzando la cadena montañosa por fin alcanzamos el otro lado, donde el paisaje se hizo mucho más llano y árido. La escasez de agua y vegetación dotaba al entorno de un tono monocromático, ya que hasta las paredes de las casas tenían el mismo color aranjado de la tierra y las montañas. La uniformidad de la escena sólo era interrumpida por la gran cantidad de gente que se veía en las calles de los pueblos que íbamos pasando, donde todo parecía suceder al aire libre.

Esto es una constante de los países árabes que hemos visitado: disfrutan mucho el espacio público. Cocinan, trabajan, comercian, juegan, comen y socializan en la calle a toda hora, marcando un gran contraste con sociedades como la nuestra, donde todos tendemos más al encierro. Al mismo tiempo se advierte una comunidad mucho más solidaria, en la que lo poco o mucho que tienen se comparte, ya sea un trabajo, una comida o una cama. No hay gente sola o aislada y es muy raro ver vagabundos o locos deambulando por allí.

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El Alto Atlas

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Una ruta… difícil

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La banda del desierto en pleno

Al mediodía llegamos a Ait Ben Hadu, una antigua y muy bien conservada ciudad fortificada cuyas construcciones están hechas de arcilla y piedra, materiales ideales para aislar el frío en invierno y el calor en verano, que puede alcanzar temperaturas superiores a los 55 grados. En los últimos años Ait Ben Hadu ha obtenido cierta relevancia internacional por ser el lugar de filmación de muchas películas conocidas, tales como Lawrence de Arabia, La Momia, Gladiador y Alejandro Magno, entre otras.

Luego de la visita a la ciudad fortificada y una parada técnica para almorzar pasamos el resto de la tarde viajando en el minibús, atravesando Marruecos de oeste a este y acercándonos al desierto y a la frontera con Argelia. Al caer la noche llegamos a un hotel a mitad de camino, donde nos detuvimos a cenar y descansar, dando por concluido el primer día. Por su ubicación en el medio de la nada y su clientela formada por turistas de paso realizando excursiones, el hotel nos recordó un poco a nuestro trabajo en Halls Creek.

El segundo día de viaje arrancó bien temprano y avanzó considerablemente más rápido, con pequeñas paradas para sacar fotos, comer y hacer algunas visitas de rigor. Especialmente interesante fue una corta caminata que realizamos en la ciudad de Tinerhir, asentada en un verdadero oasis en el medio de una zona árida. Si bien no era la típica imagen que todos tenemos en mente —un palmeral y una laguna de agua rodeada de arena—, el hecho de que tuviera una vegetación tan tupida y una tierra apta para la agricultura en una región tan seca lo convertía también en un oasis.

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Ait Ben Hadu

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Un oasis en el desierto

A las cuatro de la tarde, con el sol amenazando con comenzar a descender en cualquier momento, llegamos a Merzouga, tomamos sólo lo imprescindible para una noche y fuimos al encuentro de los camellos. En realidad eran dromedarios, que si bien son muy similares en su aspecto no se trata del mismo animal. Los dromedarios tienen una sola joroba, a diferencia de los camellos que tienen dos. Además, soportan temperaturas más altas, tienen un pelaje más corto, son más altos y un poco más agresivos. En síntesis, los dromedarios están mejor preparados para soportar el calor y los camellos el frío.

Cada uno del grupo se subió a un dromedario, los cuales estaban atados en grupos de seis, y llevados por un guía del lugar nos internamos en el desierto del Sahara. Estos guías estaban ataviados con largas túnicas de colores y turbantes en la cabeza, y al preguntarles si eran marroquíes respondían que no, que eran nómades del desierto. Aun así, bajo las sotanas se adivinaba una vestimenta occidental y mientras caminaban por el desierto iban revisando el Facebook en el celular. La globalización deja poco espacio para el nomadismo en estos tiempos.

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Listos para irnos

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A poco de comenzar a movernos a lomo de los dromedarios nos encontramos rodeados por unas impresionantes dunas de arena, las cuales intensificaban sus colores a medida que caía el atardecer. Al mismo tiempo, el cielo adoptaba tonalidades hermosas que mezclaban el azul, el rojo, el violeta, el naranja y el amarillo, dándole a todo el entorno un aire mágico y sobrecogedor. Esa gratificante sensación duró más o menos una hora. Tras ese lapso se hizo de noche, bajó la temperatura y comenzamos a sentir un creciente dolor en la entrepierna, fruto de ir arriba de un dromedario que nos daba un doloroso masaje con cada paso que hacía en las dunas del Sahara. La última hora de marcha se nos hizo eterna, y cuando por fin llegamos al campamento en el desierto y pudimos desmontar nos temblaban las piernas, reacción que no se detuvo hasta bien entrada la noche.

El campamento era un conjunto de tiendas de campaña de cuero que los árabes llaman jaima, dentro de las cuales había seis camastros bastante duros en cada una. La cena se sirvió en una jaima más grande, especialmente preparada con mesas, sillas y velas que hacían las veces de iluminación, y consistía en arroz, pollo y vegetales. Ninguna locura, pero más que suficiente para reponer energías y desandar el camino del desierto bien temprano a la mañana siguiente. Sí, a las seis de la mañana del otro día nos tocaba levantarnos y volver otras dos horas en dromedario hasta el pueblo de Merzouga.

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Amanecer en el Sahara

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Ro y nuestro guía nómade, Omar

Con tanto esfuerzo, no fue de extrañar que esa noche, al intentar subir una enorme duna de arena que había junto al campamento, me mareara y me dieran ganas de vomitar. Sin embargo, ese paisaje curaba todos los males, así que tras un buen descanso junté fuerzas y subí el trecho que me faltaba hasta la cima. Ro y dos de nuestras ocasionales compañeras de viaje me esperaban allí hacía casi media hora, pero llegué con tan poco aire que era incapaz de hablar. De todas maneras, mientras contemplábamos todos juntos ese horizonte de desierto infinito bañado por la tenue luz de la luna, comprendimos que no era necesario decir nada. El Sahara hablaba por todos nosotros.

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