El arte de viajar


Viajar es hermoso, ya sea por un fin de semana, veinte días o tres años. No todos lo hacemos de la misma manera y ni decir que exista una forma correcta; podría decirse que hay tantas maneras de viajar como viajeros. Lo que van a leer a continuación es nuestra forma particular de viajar durante los tres años que pasamos fuera de Argentina. No pretende ser ejemplo de nada ni funcionar a modo de guía, apenas es un repaso de esos aspectos secundarios de nuestras travesías que muchas veces no encuentran su lugar en los artículos sobre las experiencias en cada destino.

Para empezar con algo básico, hablemos del equipaje. Cuando nos fuimos de Argentina, en 2013, llevábamos una valija enorme de 23 kilos cada uno. Eran una versión en miniatura de nuestros roperos más algunos accesorios que creíamos necesarios para un periplo que en un principio iba a durar un año. A mediados de 2014 empezamos a achicarnos, compramos dos mochilas de 60 litros —las mochilas se miden en litros, no me pregunten por qué— y cuando mis padres fueron a visitarnos a Nueva Zelanda, a la vuelta mandamos una de las valijas con ellos, llena de ropa y cosas que ya habíamos descubierto que no necesitábamos.

Un año después, cuando Ro vino de visita a Argentina, decidimos dar el gran salto y se trajo la otra valija que nos quedaba, nuevamente llena de cosas prescindibles —más que nada ropa. De esa manera, nos quedamos con una mochila grande cada uno donde llevábamos dos pantalones largos, uno corto, dos buzos, una calza térmica, siete u ocho remeras —una térmica—, la misma cantidad de juegos de ropa interior, un calzado extra y una campera de invierno. Además, teníamos una mochila de mano cada uno donde iban las computadoras, cámaras, cargadores, documentos, lentes y otras cosas más pequeñas. Todo eso, más lo puesto, fue nuestro equipaje el último año y medio, pasando de los 48 grados de Halls Creek, en Australia, a los 27 bajo cero de Vladivostok, en Rusia.

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Preparando la mochila para la travesía antes de dejar Halls Creek

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Un alto en el camino para descansar en Split, Croacia

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Alistándose para enfrentar el invierno japonés

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Equipo completo en Belfast, Irlanda del Norte

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Siguiendo el mapa por las intrincadas calles de Venecia, Italia

Otro tema imposible de soslayar a la hora de hablar de viajes es el dinero. Cuando salimos de Argentina teníamos ahorros, los cuales durante los primeros meses en Nueva Zelanda se fueron acabando bastante rápido. Cuando las cosas mejoraron, con lo que ahorramos en el país de los kiwis viajamos casi dos meses por Asia y llegamos con muy poco resto a Australia. No les voy a mentir, tras no poder conseguir trabajo el primer mes estuvimos más cerca que nunca de volver a Argentina por falta de fondos para seguir. Por suerte, finalmente los dos encontramos empleo y prácticamente no paramos de trabajar hasta el final del año, ahorrando una buena cantidad de dinero, bastante más considerable que en Nueva Zelanda —donde además destinamos mucho presupuesto a viajar dentro del país.

De todas formas, no es sólo el hecho de que los sueldos en Australia y Nueva Zelanda sean altos, sino que nuestro estilo de vida ayudó mucho al ahorro. Compartimos vivienda con otra gente, casi no tomamos alcohol, hicimos pocas salidas y no nos compramos más ropa que la necesaria, entre otras cosas. Una vez que empezamos a viajar seguimos en la misma sintonía para que el dinero rindiera más: no íbamos a hoteles, tratábamos de conseguir alojamientos con cocina para no comer afuera, para trasladarnos priorizábamos los colectivos, buscábamos los supermercados más baratos en cada ciudad, caminábamos mucho y más. Conviene aclarar que todo esto no lo vivíamos como privaciones en absoluto, sino como un modo de vida que nos permitía hacer cosas que valorábamos más. Cuando había que gastar en algo que creíamos que valía la pena lo hacíamos sin dudar. Por eso fuimos a Islandia —uno de los países más caros del mundo—, alquilamos un auto en Gales, Irlanda y Escocia, vimos el Australian Open dos veces, le dimos la vuelta completa a Nueva Zelanda y otras cosas que costaron lo suyo, pero que justificaron cada centavo invertido.

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Ganando el mango en Halls Creek

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Los duros comienzos en Nueva Zelanda

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También había tiempo para descansar

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El cansancio nos agarraba en todos lados

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La salud tampoco es algo que se pueda dejar de lado cuando se pasa tanto tiempo en movimiento. La única alternativa es recurrir al clásico seguro de viaje, buscando una compañía internacional que provea una cobertura por 365 días —es el máximo de tiempo permitido, luego hay que contratar otro—, dando las prestaciones básicas pero sin pagar una fortuna. Es un gasto doloroso, porque estamos hablando de varios cientos de dólares por algo intangible que tal vez ni se vaya a utilizar, pero es realmente necesario en caso de un imprevisto.

Por suerte, y aunque siempre hemos tenido seguro contratado, pocas veces tuvimos que utilizarlo. Ro lo usó en algunas ocasiones en Australia y Nueva Zelanda por un problema en el oído y nunca tuvo problemas: la póliza cubrió todos sus gastos y le consiguieron atención enseguida. Por mi parte, la única vez que recurrí al seguro fue en Italia, cuando una molestia en un diente me estaba haciendo ver las estrellas cada vez que comía o tomaba algo. Al principio todo fue bien y me enviaron rápidamente a un dentista cercano en Nápoles —donde estábamos en ese momento— para que me viera. Tras un breve intercambio de palabras en italiano con el odontólogo, de las cuales no entendí ni la mitad, el hombre me metió un torno en la boca, escarbó un poco, puso algunos líquidos y me indicó que concertara otra cita para el día siguiente, aunque el dolor se me había ido por completo.

La compañía aseguradora no quiso saber nada con otra visita. Argumentaban que, según una cláusula de la letra pequeña, no cubrían el 100% de los gastos de un tratamiento dental, y aseguraban que yo tenía que pagar 90 euros por los cinco minutos que había pasado con el dentista. Discutimos por teléfono y la seguimos un poco por mail, pero no hubo caso: los tipos no daban el brazo a torcer. Así que corté por lo sano y no aparecí al día siguiente en la clínica. El diente ya no me molestaba y no tenía razón para volver y que encima me facturaran 90 euros.

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Cocinar siempre ayudaba al presupuesto

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Cortarse el pelo en cualquier lado, también

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Y las muestras gratis nunca se despreciaban

Siguiente cuestión: los destinos. Muchas veces familiares o amigos nos han preguntado cómo elegíamos los lugares a los que íbamos. Básicamente nuestro método consistía en buscar en internet blogs y sitios oficiales sobre los sitios imprescindibles en cada país y ciudad, pasando luego a una búsqueda más exhaustiva donde elegíamos nuestros preferidos e intentábamos encontrar atracciones menos conocidas. Otras fuentes de donde sacábamos ideas para posibles destinos fueron algunos de esos artículos que enumeran lugares maravillosos alrededor del mundo —así llegamos a Hallstatt, en Austria, por ejemplo— y recomendaciones de familiares y amigos que habían viajado antes —a Kamakura, en Japón, llegamos por este medio.

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Investigando próximos destinos

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Escribiendo este blog donde se podía

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Pasando el tiempo en un tren rumbo a Dresde, Alemania

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Hasta en las paradas del Transiberiano en Rusia buscábamos información

¿Y dónde vivían?, es otra consulta recurrente. En un artículo reciente publiqué la cantidad de noches que pasamos en cada tipo de alojamiento. Para ahondar un poco más en el tema valgan algunos comentarios: los alojamientos compartidos se refieren a todos los de Nueva Zelanda, el de Halls Creek en Australia y lugares de Airbnb donde estuvimos con los dueños; las noches solos corresponden al departamento que alquilamos en el centro de Melbourne y los Airbnb en los cuales alquilamos todo el sitio; las guest houses son establecimientos más familiares que un hotel, con menos huéspedes y el dueño o encargado viviendo también dentro; de las noches en tren, siete fueron durante el transiberiano en Rusia y las dos restantes en Egipto; couchsurfing hicimos en Singapur, Tokio e Innsbruck —intentamos otras veces pero sin éxito—; las dos veces en barco fue en el crucero sobre el Nilo, en Egipto; y el único aeropuerto en el que dormimos fue el de Darwin, Australia —si se puede llamar dormir a acostarse en el piso usando la mochila de almohada.

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El auto nos acogió varias noches

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Una noche como cualquier otra en el Transiberiano

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En la van de Islandia comíamos tapados hasta la cabeza

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En Melbourne arrancamos sin muebles

Como verán, nada del otro mundo. Sherlock Holmes solía decirle a Watson que no le gustaba explicar cómo resolvía los crímenes porque luego sus oyentes se mostraban escépticos de sus hazañas. Con nuestros viajes pasa un poco lo mismo, si contamos muchos detalles ya nada parece tan sorprendente. Pero de eso se trata justamente, de animarlos a viajar, a salir, a moverse. No hace falta irse a Tailandia, ni siquiera a otra ciudad. A veces es tan sencillo como ir a la plaza más cercana. Prueben y me dicen.

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2 comentarios en “El arte de viajar

  1. LoPérezRo dijo:

    Comparto muchas cosas de vuestra experiencia.

    Considero que viajar es una pasión que aporta muchas cosas positivas.Ya sea viajando continuamente o de manera puntual siempre habrá cosas nuevas a descubrir, experimentar y compartir. Espero que este sueño y pasión no se acabe nunca. Me encantan vuestras aventuras. Un abrazo!

    • Facu dijo:

      Muchas gracias por tus comentarios. A pesar de que este viaje “largo” haya llegado a su fin, la idea es poder seguir descubriendo y sorprendiéndose día a día. Saludos!

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