Dos japoneses en Argentina


El funcionamiento de un blog de viajes es bastante simple: el autor conoce un lugar y después escribe una crónica con sus apreciaciones personales más alguna información útil. Pero esta vez voy a romper la estructura, y voy a contar nuestra experiencia recibiendo a dos viajeros en nuestra casa en Argentina.

Miyu y Junya son dos japoneses que recorren América luego de un año trabajando en Canadá con una visa working holiday. A ella la conocimos en Halls Creek, Australia, y luego la visitamos en casa de sus padres en Toyama, Japón. Después de tan agradable visita quedó formalmente invitada a devolvernos la gentileza si algún día viajaba a Sudamérica. Y aunque no lo especificamos, Miyu asumió que en nuestra invitación estaba incluida la posibilidad de traer también a algún amigo que hiciese en el futuro. Fue así como conocimos a Junya.

Una tarde de calor abrasador Miyu y Junya llegaron a Rosario, nuestra ciudad natal. Vinieron en colectivo desde Iguazú, primer lugar que conocieron en Argentina, y arribaron con dos horas de retraso. Intercambiamos los saludos de rigor y buscamos rápidamente el auto en el estacionamiento, que se estaba derritiendo bajo el sol. Salimos de la terminal de ómnibus y, tras recorrer unas diez cuadras, tuve que clavar los frenos en una esquina para no chocar contra un vehículo que circulaba por la calle perpendicular.

—Bienvenidos a Argentina —dije, algo avergonzado. Los japoneses rieron. No sé si de nerviosismo o de miedo.

Llegamos a nuestro departamento sin más contratiempos y parece que les gustó mucho, porque enseguida aseguraron que era “una mansión”. No desconozco que es un inmueble grande y bonito, pero la descripción se me hizo un tanto excesiva. Sin embargo, Miyu se encargó de aclarar que en Japón los departamentos de edificios son tan chicos, que cuando alguno es un poco más grande se le dice “mansión”.

En el Monumento a la Bandera

Después de una noche de descanso en la mansión, al día siguiente empezamos a mostrarles los lugares más interesantes de Rosario. Nosotros le habíamos aclarado a Miyu que, si bien era bienvenida a quedarse cuanto tiempo quisiera, hacer turismo en nuestra ciudad le llevaría máximo unos tres días. Más allá del cariño que le podamos tener, la realidad es que Rosario está muy lejos en belleza y atracciones de otras ciudades argentinas.

El tour incluyó la visita a un ex depósito ferroviario convertido en shopping, la costanera del río, el puente que cruza a la provincia de Entre Ríos, el Monumento Nacional a la Bandera, algunos parques, el microcentro y las dos avenidas más importantes. A ritmo lento, en cinco días ya lo habíamos visto todo, aunque la visita se terminaría extendiendo al doble de tiempo.

Después del episodio de la mansión, quedó de manifiesto que las comparaciones exageradas se les daban bien. Así, recorriendo la ciudad llegaron a decir que el centro parecía Europa, que la costanera semejaba California y que un parque al lado del río era similar a Sídney. En fin…

Miyu le tomó el gusto al mate

Otras de sus reflexiones resultaban más interesantes. Por ejemplo, después de llevarlos al Monumento a la Bandera y explicarles quién era Belgrano, Miyu se sorprendió de lo mucho (según ella) que sabíamos de historia argentina. Al respecto, añadió que en Japón se estudia muy poco la historia del país, y que en su opinión eso se debe a una especie de lavado de cerebro que les hicieron los estadounidenses luego de la Segunda Guerra Mundial. Lo que buscaban sería que los japoneses desconocieran sus orígenes y no generaran sentimientos nacionalistas, que los pondrían peligrosamente en contra de Estados Unidos.

Entre medio de las recorridas hicimos otras cosas, más relacionadas con nuestra cultura (especialmente la parte gastronómica). La noche del primer sábado fuimos a comer una picada a un restaurante, y los japoneses no dejaron de asombrarse de lo tarde que las personas salían a cenar. Nosotros llegamos relativamente “temprano” por ellos, cerca de las nueve, pero cuando terminamos, a eso de las once, todavía había gente esperando para sentarse.

Cuando fuimos por un helado de postre, volvieron a sorprenderse de la cantidad de ancianos y niños que estaban en la calle, a una hora que en Japón ya se considera casi madrugada. En lo que respecta a las comidas, tanto la picada como el helado parecieron gustarles, porque se lo terminaron todo sin chistar.

De todas maneras, con el correr de los días nos dimos cuenta de que a la hora de comer no habría inconvenientes. Si bien se encargaban de resaltar que en Japón comían mucho arroz y cosas livianas, siempre degustaron los platos que les ofrecimos con sumo interés. Milanesas, empanadas, pizzas, facturas y asados, entre otros, fueron recibidos con entusiasmo por Miyu y Junya.

Una picada en la avenida

Lo otro que muy pronto quedó claro que les gustaba era el alcohol. El día que llegaron teníamos cuatro cervezas, como para ofrecerles algo fresco, y no sólo se las terminaron rápido sino que barajaron la posibilidad de ir a comprar más. También nos sorprendió que a Miyu le gustara el fernet, una bebida amarga que no suele ser muy amiga de los paladares extranjeros. Pero en cuanto le agarró el gusto, la japonesa se bebió una botella entera que teníamos en casa (tal vez yo ayudé un poco…) e incluso compró otra por su cuenta.

Esta última cualidad de reponer algo que se había terminado la replicaron en otros aspectos. Por ejemplo, luego de cada comida se encargaban de levantar la mesa, lavar los platos y dejar todo ordenado. Por lo general, en Argentina cuando uno va de visita a otra casa suele pasar un poco por vago. Tiene que ver con una cultura que promueve el agasajo a los invitados, y entonces todos solemos quedarnos de brazos cruzados luego de comer, y que limpie el dueño de casa. Pero los japoneses no cedían en este punto, y se encargaban hasta de lavar las tazas en las que apenas terminábamos de tomar un café.

Miyu de asadora

Otro día de extremo calor, Miyu y Junya se fueron con destino a Buenos Aires. Como estábamos un poco cansados después de diez días de convivencia, y además ya no teníamos el auto (préstamo de mi tía), les dijimos que se tomaran un colectivo a la terminal. No tuvieron problemas y nos despedimos… hasta una semana después, cuando volvieron tras conocer la capital.

Resulta que una tarde, Miyu nos había dicho que pronto sería su cumpleaños. Yo dije que era una lástima que fuera a estar sola y comenté, a tono de broma, que debería volver a Rosario y pasarlo con nosotros. Ella se lo tomó muy en serio, y tras algunas averiguaciones se autoextendió la estadía para unos días más luego de visitar Buenos Aires. Esa fue otra de las cosas que aprendimos conviviendo con japoneses: no conocen la ironía ni los comentarios vacíos de contenido (lo que solemos llamar “hablar por hablar”). Cualquier cosa que se diga, ellos se lo van a tomar en serio.

Así que pasamos el cumpleaños número treinta de Miyu en nuestra mansión de Rosario, con abundante alcohol y buenos amigos. Ella estuvo todo el día un poco deprimida, con dilemas existenciales, por lo que un rato antes de que llegara la gente la invité a tomarnos unos fernet para que se anime. Funcionó a las mil maravillas, y tras terminarse tres vasos se convirtió en el alma de la reunión, haciendo reír a todos con sus ocurrencias.

Cumpleaños de Miyu en la “mansión”

Pasaron tres días más y llegó el momento de una nueva despedida, esta vez la definitiva. Le regalamos a Junya la camiseta de Newell’s, uno de los equipos de fútbol de la ciudad, y a Miyu un libro de historietas de Mafalda en inglés. Le dijimos que las enseñanzas del personaje la podrían ayudar a resolver sus problemas emocionales en el futuro. En caso contrario, una botella de fernet no fallaría. Rieron, nos abrazamos y se fueron.

Australia, Japón, Argentina. Una amistad que trasciende las fronteras y que promete escribir nuevos capítulos.

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