Africa mía

Estaba mareado y con ganas de vomitar. La cuesta era más alta de lo que pensaba y desde mi posición no se vislumbraba la cima, a pesar de que una enorme luna llena definía las sombras de la noche. No había que ser un genio para caer en la cuenta de que intentar subir esa pequeña montaña había sido una mala decisión. Miré al horizonte, en un intento por olvidar el esfuerzo realizado y la considerable altura a la que me encontraba, y fue como si mi cuerpo dejara de lado por un instante todos los males que lo aquejaban. A la luz de la luna, las perfectamente delineadas dunas de arena del desierto del Sahara me obsequiaron una imagen espectacular, de esas que se graban en la retina y lo hacen a uno sentirse orgulloso de estar allí, sabiendo que ha cumplido un sueño. Otro más. Seguir leyendo

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